lunes, 7 de agosto de 2017

El oficio del historiador y el archivo. Entrevista a Lila Caimari


Por Osvaldo Aguirre
Revista Ñ
Buenos Aires, 18 de julio de 2017
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/temporada-archivos_0_SJYUDbhB-.html

Según la práctica tradicional, el historiador va al archivo en busca de sus fuentes. Pasa tanto tiempo en la consulta que puede sentirse como en su casa. La rutina, sin embargo, no es la misma con la digitalización de fondos documentales. Al modificar la escena típica de la investigación y allanar el acceso a múltiples repositorios, dice Lila Caimari, el desarrollo tecnológico produce un conjunto de efectos que alcanzan al núcleo del trabajo. El nuevo horizonte de posibilidades permite redescubrir antiguas experiencias y en particular la tarea artesanal que identificó no sin equívocos al oficio, como sostiene la historiadora Lila Caimari en La vida en el archivo (Siglo XXI), su libro reciente.
La negligencia en las políticas de mantenimiento y acceso es una situación que los investigadores padecen, y sobrellevan también con humor, como una historiadora que cita Caimari, según la cual en el trasfondo de las hemerotecas porteñas rige Hefaístos, el dios deforme de los griegos que premia o bien castiga a quienes lo consultan según designios insondables. “No quería un libro enojado, ni la voz de una historiadora quejosa porque el archivo no es como ella quiere. Trato más bien de mostrar cómo funciona ese mundo y sus problemas”, advierte Caimari.

–La vida en el archivo está escrito en un registro muy diferente a sus otros libros. ¿La idea fue contar el detrás de escena de la investigación histórica?

–Había un deseo de hablar y de ensayar maneras de escribir y de decir una práctica y un oficio que es muy intenso y muy rico y que está lleno de vicisitudes. Tengo la sensación de que ese oficio queda muy oculto detrás de la prosa final de los textos de historia. Valía la pena sacarlo a la luz. No es un libro que tenga grandes hipótesis ni que salga a discutir con ideas de historia sino que trata de acompañar una práctica. Doy talleres de tesis desde hace tiempo y son ámbitos muy creativos, donde hay mucho ensayo y error, caminos que se toman y después se desechan, mucho laboratorio de la historia, y me parecía interesante darle un lugar. También hablar sobre cómo es este trabajo, y encontrar maneras de comunicarlo a gente que no está en él, es decir, alejarme un poco y mirarlo con ojos extrañados, desnaturalizarlo. En ese proceso traté de contarles a otros por qué es interesante, por qué es lo contrario de un trabajo gris y rutinario donde solo cuenta la suerte de encontrar algo, cómo se piense. No es un libro exclusivamente sobre los archivos: lo que hice fue elegir la estación del archivo para mirar los procesos y microprocesos de la investigación.

–Uno de los textos está escrito como un diario personal. ¿Lleva registros de sus investigaciones?

–Llevo cuadernos de bitácora donde anoto ideas. Ese diario es un texto muy construido, semificcional pero totalmente verosímil en el sentido de que se apoya en interacciones y conversaciones que he tenido en muchos años de trabajar en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional. Traté de recrear el clima, esa rutina con sus momentos de maravilla, sus momentos de frustración, sus pequeñas conspiraciones y complicidades, reconstruir ese lazo un poco tácito que nos une a los que estamos allí, cada uno muy ensimismado en lo que está buscando, y contar qué tipo de hallazgos se pueden hacer, la cantidad de líneas de investigación que se abren, la riqueza enorme de ese mundo de las publicaciones periódicas.

–También hay memoria personal desde sus tiempos de estudiante, cuando llevaba un cuaderno con anotaciones sobre periodismo policial. Parece una línea persistente en su trabajo.

–Siempre me interesó el periodismo policial. Todos los que hacemos investigaciones tenemos cuadernitos donde hay centenares de caminos no tomados, pequeños elementos que nos producen curiosidad o intriga y uno tiene que desechar porque busca otra cosa. El archivo de publicaciones periódicas es el lugar de todas las tentaciones, y a veces –ese es otro punto que me interesaba– el desvío es lo mejor que puede ocurrir. Encontrar lo que uno no busca, ver desmentidas las intuiciones o en versiones que no son las esperadas, es una manera de ser sensible a lo que el archivo nos dice. Me interesaba mostrar instancias en las que la red de pescar es lo más amplia posible, y permite rescatar cosas distintas, imprevistas. Uno tarda en encontrar el lugar donde se quiere parar en relación a los temas y por eso quería mostrar experiencias de archivo porosas, y diversas, como esos cuadernitos escritos al costado de las investigaciones.

–¿Cuáles son los riesgos de caer en las tentaciones del archivo?

–Los historiadores vamos al archivo soñando con encontrar el fondo de Alí Babá que nos va a dar todos los materiales más ricos y frondosos con los que después trabajar. Pero a veces es tan intenso que toma por asalto la investigación. Y lo que nosotros hacemos no es reproducir archivos, ni curaduría de documentos. Lo que hacemos es usar los documentos más elocuentes o más expresivos dentro de lo que encontramos para decir lo que queremos decir. En parte es un ejercicio de ventriloquismo porque usamos voces de otros para decir las ideas que tenemos sobre un período o un problema en particular. A veces esas voces cambian o corrigen nuestra idea inicial, hay un equilibrio entre ser sensibles a lo que nos dice el archivo y mantener las riendas de la voz y el camino propio. Algunos tipos de archivo, sobre todo los más narrativos, son tan ricos cualitativamente que fascinan y nos dejan un poco afuera en la medida en que es difícil intervenir. Tenemos que hacer un trabajo de ensamblaje, en el cual la cadena del razonamiento y del argumento se entrelaza con esos ejemplos del pasado. Si eso no está bien controlado transformamos al texto en una sucesión de citas. La cuestión es seleccionar bien, y a veces es muy difícil porque uno está muy apegado a lo que recogió y nos parece que todo es indispensable. En general nos quedamos con pocas piezas, las que insertamos en un argumento mayor. Pero ese archivo descartado no está ausente: acompaña, late bajo el texto, porque nos ha convencido de muchas cosas.

–¿Qué cambios produce la disponibilidad actual de los documentos en el trabajo cotidiano del historiador?

–Los historiadores de mi generación, como los de tantas generaciones previas, fuimos formados sobre la idea de la economía de escasez documental y estamos presenciando una transición vertiginosa hacia una economía de superabundancia. De ninguna manera la digitalización viene a remediar los enormes problemas de los archivos que tenemos, pero permite sortear muchas barreras para llegar a materiales que antes eran de acceso muy difícil. Eso cambia radicalmente nuestra concepción de lo que hacemos y efectivamente ha devaluado un valor antes muy importante, que eran lo que llamo las astucias del acceso. Y esa es una muy buena noticia. El acceso más democrático, más sencillo, desdibuja la figura del investigador héroe, o del investigador detective, y pone más valor en las maneras en que tratamos esos materiales, qué hacemos con ellos. El diseño, la manera en que articulamos las piezas y aprendemos a desplazar archivos de una sede a otra, es un valor cada vez más importante. Este momento también trae sus peligros, porque entramos en un territorio en el cual se pueden hacer todo tipo de movimientos y tenemos menos conciencia de las especificidades de los archivos. Todo está en nuestra pantalla, todo es igualmente accesible y entonces hay un riesgo nuevo, la despreocupación por los contextos de origen.

–¿Cuáles son las nuevas preguntas del oficio?

–La pregunta sobre qué destreza requiere hacer el trabajo del historiador está siempre, y la respuesta se está modificando. Es un momento incierto pero también muy excitante porque abre la puerta a una cantidad de operaciones muy creativas. La pregunta sería qué hacemos con las viejas destrezas del oficio. ¿Importa seguir yendo al archivo o es una cuestión de nostálgicos conservadores? Hay un discurso sobre la relación sensual con los materiales, sobre la importancia de leer en papel, de tocar, sobre el valor de la conexión con el pasado a través de la relación táctil con el objeto. En algunos casos es así, y es importante mantener algún tipo de contacto con el archivo físico. No me parece que el acceso ingenuo y acrítico a este nuevo mundo feliz de los archivos digitales sea tampoco la manera. En todo caso, nos debemos una reflexión y un aprendizaje de cómo relacionarnos con estas posibilidades, preguntarnos qué es hoy un archivo aceptable para una investigación. Depende de los temas. A veces no es necesario un festival de fuentes cruzadas sino lecturas más densas de corpus acotados, la destreza del trabajo intenso sobre pocas fuentes. Finalmente lo que importa son las preguntas que le hacemos al archivo, y lo que armamos con lo que nos dice.

–El archivo puede revelar datos a deshora o en el momento oportuno. ¿Tiene su propio tiempo?

–Es un tiempo sincopado. Uno puede adquirir ciertos instintos, saber por dónde buscar, y hay gente que los tiene y además es apasionada de la investigación de archivo. Yo no lo soy ni más ni menos que otros, lo que me interesa es escribir sobre el asunto, hablar de esa práctica. A veces surge la pieza que hace cambiar de dirección pero al cabo de un tiempo uno ya conoce ese universo paralelo como para saber que difícilmente encuentre piezas que pongan todo en cuestión. Ahí el rendimiento decreciente del archivo empieza a hacerse evidente, uno va para encontrar mejores ejemplos de lo que ya sabe, partículas que confirman y vuelven a confirmar la idea que se tiene. Ahí algunos decidimos que ya está y otros siguen yendo y yendo, hay algo adictivo en algunos casos. No me atrae el culto ni el fetiche. Tengo una relación intensa pero vital con el archivo. No me interesa un acomodamiento pasivo sino las operaciones que ese mundo ofrece y todo lo que uno puede hacer con él.

La obligación histórica de hablar siempre del pasado

La publicación de Apenas un delincuente, el libro de Lila Caimari sobre la historia del castigo en la Argentina, fue un poderoso impulso para el desarrollo de un nuevo campo de estudios, el de la cuestión criminal. Un espacio de producción sostenida al que pronto se agregará Historia de la cuestión criminal en América Latina, compilación de Caimari y Máximo Sozzo que reúne artículos de investigadores de Argentina, Brasil, Chile y México. “A partir de la pregunta por el delito uno puede armar reconstrucciones sobre muchísimas dimensiones del pasado. Este campo puede hablar de cuestiones de género, de clase, de raza, de formación del Estado, de élites técnicas estatales, depende cómo uno entre y cómo mire puede ir en direcciones muy distintas. Es una de las razones por las cuales no se ha quedado en un nicho específico”, dice la historiadora.

–¿Cómo se articulan esos estudios con la demanda social de explicaciones sobre el delito y sus causas?

–No hay un diálogo suficientemente fluido. El campo todavía no ha producido obras de síntesis capaces de hablar con los que no son especialistas. Nos debemos trabajos dirigidos a la opinión pública, que nos permitan dialogar con los que trabajan sobre el presente y sobre el pasado reciente, con los sociólogos y los antropólogos. El pasado es muy largo, pero vamos avanzando. Este es uno de los pocos campos de la historia a los que se les exige que hable sobre el presente. Nosotros producimos saber sobre el pasado y a la vez en perspectiva histórica sobre cuestiones que importan en el presente. En ese sentido es un campo distinto a otros de la historia: a la gente que trabaja historia política del siglo XIX nadie le pide que lo relacione con lo que pasó la semana pasada. A nosotros nos piden eso todo el tiempo y son saltos difíciles de hacer. Hay otro problema: se nos pide que proveamos los antecedentes de lo que pasa hoy, ir hacia atrás y mostrar una línea recta que conduce hasta el presente. Y la historia no hace eso. La idea de causalidad de los historiadores es compleja y en ese sentido nuestras respuestas son frustrantes, y no hay mucho tiempo para considerarlas. Esa obra de síntesis va a ser producto de una maduración.

Pueden hacer aquí sus comentarios

miércoles, 8 de febrero de 2017

Tzvetan Todorov (1939-2017). Su visita a Argentina.

Ha muerto el pensador búlgaro. Filósofo, lingüista, historiador que se destacó por sus estudios sobre el lenguaje, las artes y la sociedad.
Entre sus numerosas obras se encuentra "La conquista de América, la cuestión del otro" (1982), de gran relevancia en nuestra región.
Visitó Argentina y publicó sus reflexiones acerca de la memoria y la historia. Aquí se presenta el artículo que diera a conocer al respecto.


Un viaje a Argentina


Una sociedad necesita conocer la Historia, no solo tener memoria. En el caso argentino, un terrorismo revolucionario precedió al terrorismo de Estado de los militares, y no se puede comprender el uno sin el otro

Publicado en El País, Madrid, 7 de diciembre de 2010

En noviembre de 2010, fui por primera vez a Buenos Aires, donde permanecí una semana. Mis impresiones del país son forzosamente superficiales. Aun así, voy a arriesgarme a transcribirlas aquí, pues sé que, a veces, al contemplar un paisaje desde lejos, divisamos cosas que a los habitantes del lugar se les escapan: es el privilegio efímero del visitante extranjero.

He escrito en varias ocasiones sobre las cuestiones que suscita la memoria de acontecimientos públicos traumatizantes: II Guerra Mundial, regímenes totalitarios, campos de concentración... Esta es sin duda la razón por la que me invitaron a visitar varios lugares vinculados a la historia reciente de Argentina. Así pues, estuve en la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada), un cuartel que, durante los años de la última dictadura militar (1976-1983), fue transformado en centro de detención y tortura. Alrededor de 5.000 personas pasaron por este lugar, el más importante en su género, pero no el único: el número total de víctimas no se conoce con precisión, pero se estima en unas 30.000. También fui al Parque de la Memoria, a orillas del Río de la Plata, donde se ha erigido una larga estela destinada a portar los nombres de todas las víctimas de la represión (unas 10.000, por ahora). La estela representa una enorme herida que nunca se cierra.

El término "terrorismo de Estado", empleado para designar el proceso que conmemoran estos lugares, es muy apropiado. Las personas detenidas eran maltratadas en ausencia de todo marco legal. Primero, las sometían a unas torturas destinadas a arrancarles informaciones que permitieran otros arrestos. A los detenidos, les colocaban un capuchón en la cabeza para impedirles ver y oír; o, por el contrario, los mantenían en una sala con una luz cegadora y una música ensordecedora. Luego, eran ejecutados sin juicio: a menudo narcotizados y arrojados al río desde un helicóptero; así es como se convertían en "desaparecidos". Un crimen específico de la dictadura argentina fue el robo de niños: las mujeres embarazadas detenidas eran custodiadas hasta que nacían sus hijos; luego, sufrían la misma suerte que el resto de los presos. En cuanto a los niños, eran entregados en adopción a las familias de los militares o a las de sus amigos. El drama de estos niños, hoy adultos, cuyos padres adoptivos son indirectamente responsables de la muerte de sus padres biológicos, es particularmente conmovedor.

En el Catálogo institucional del parque de la Memoria, publicado hace algunos meses, se puede leer: "Indudablemente, hoy la Argentina es un país ejemplar en relación con la búsqueda de la Memoria, Verdad y Justicia". Pese a la emoción experimentada ante las huellas de la violencia pasada, no consigo suscribir esta afirmación.

En ninguno de los dos lugares que visité vi el menor signo que remitiese al contexto en el cual, en 1976, se instauró la dictadura, ni a lo que la precedió y la siguió. Ahora bien, como todos sabemos, el periodo 1973-1976 fue el de las tensiones extremas que condujeron al país al borde de la guerra civil. Los Montoneros y otros grupos de extrema izquierda organizaban asesinatos de personalidades políticas y militares, que a veces incluían a toda su familia, tomaban rehenes con el fin de obtener un rescate, volaban edificios públicos y atracaban bancos. Tras la instauración de la dictadura, obedeciendo a sus dirigentes, a menudo refugiados en el extranjero, esos mismos grupúsculos pasaron a la clandestinidad y continuaron la lucha armada. Tampoco se puede silenciar la ideología que inspiraba a esta guerrilla de extrema izquierda y al régimen que tanto anhelaba.

Como fue vencida y eliminada, no se pueden calibrar las consecuencias que hubiera tenido su victoria. Pero, a título de comparación, podemos recordar que, más o menos en el mismo momento (entre 1975 y 1979), una guerrilla de extrema izquierda se hizo con el poder en Camboya. El genocidio que desencadenó causó la muerte de alrededor de un millón y medio de personas, el 25% de la población del país. Las víctimas de la represión del terrorismo de Estado en Argentina, demasiado numerosas, representan el 0,01% de la población.

Claro está que no se puede asimilar a las víctimas reales con las víctimas potenciales. Tampoco estoy sugiriendo que la violencia de la guerrilla sea equiparable a la de la dictadura. No solo las cifras son, una vez más, desproporcionadas, sino que además los crímenes de la dictadura son particularmente graves por el hecho de ser promovidos por el aparato del Estado, garante teórico de la legalidad. No solo destruyen las vidas de los individuos, sino las mismas bases de la vida común. Sin embargo, no deja de ser cierto que un terrorismo revolucionario precedió y convivió al principio con el terrorismo de Estado, y que no se puede comprender el uno sin el otro.

En su introducción, el Catálogo del parque de la Memoria define así la ambición de este lugar: "Solo de esta manera se puede realmente entender la tragedia de hombres y mujeres y el papel que cada uno tuvo en la historia". Pero no se puede comprender el destino de esas personas sin saber por qué ideal combatían ni de qué medios se servían. El visitante ignora todo lo relativo a su vida anterior a la detención: han sido reducidas al papel de víctimas meramente pasivas que nunca tuvieron voluntad propia ni llevaron a cabo ningún acto. Se nos ofrece la oportunidad de compararlas, no de comprenderlas. Sin embargo, su tragedia va más allá de la derrota y la muerte: luchaban en nombre de una ideología que, si hubiera salido victoriosa, probablemente habría provocado tantas víctimas, si no más, como sus enemigos. En todo caso, en su mayoría, eran combatientes que sabían que asumían ciertos riesgos.

La manera de presentar el pasado en estos lugares seguramente ilustra la memoria de uno de los actores del drama, el grupo de los reprimidos; pero no se puede decir que defienda eficazmente la Verdad, ya que omite parcelas enteras de la Historia. En cuanto a la Justicia, si entendemos por tal un juicio que no se limita a los tribunales, sino que atañe a nuestras vidas, sigue siendo imperfecta: el juicio equitativo es aquel que tiene en cuenta el contexto en el que se produce un acontecimiento, sus antecedentes y sus consecuencias. En este caso, la represión ejercida por la dictadura se nos presenta aislada del resto.

La cuestión que me preocupa no tiene que ver con la evaluación de las dos ideologías que se enfrentaron y siguen teniendo sus partidarios; es la de la comprensión histórica. Pues una sociedad necesita conocer la Historia, no solamente tener memoria. La memoria colectiva es subjetiva: refleja las vivencias de uno de los grupos constitutivos de la sociedad; por eso puede ser utilizada por ese grupo como un medio para adquirir o reforzar una posición política. Por su parte, la Historia no se hace con un objetivo político (o si no, es una mala Historia), sino con la verdad y la justicia como únicos imperativos. Aspira a la objetividad y establece los hechos con precisión; para los juicios que formula, se basa en la intersubjetividad, en otras palabras, intenta tener en cuenta la pluralidad de puntos de vista que se expresan en el seno de una sociedad.

La Historia nos ayuda a salir de la ilusión maniquea en la que a menudo nos encierra la memoria: la división de la humanidad en dos compartimentos estancos, buenos y malos, víctimas y verdugos, inocentes y culpables. Si no conseguimos acceder a la Historia, ¿cómo podría verse coronado por el éxito el llamamiento al "¡Nunca más!"? Cuando uno atribuye todos los errores a los otros y se cree irreprochable, está preparando el retorno de la violencia, revestida de un vocabulario nuevo, adaptada a unas circunstancias inéditas. Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él. No hay que olvidar que la inmensa mayoría de los crímenes colectivos fueron cometidos en nombre del bien, la justicia y la felicidad para todos. Las causas nobles no disculpan los actos innobles.

En Argentina, varios libros debaten sobre estas cuestiones; varios encuentros han tenido lugar también entre hijos o padres de las víctimas de uno u otro terrorismo. Su impacto global sobre la sociedad es a menudo limitado, pues, por el momento, el debate está sometido a las estrategias de los partidos. Sería más conveniente que quedara en manos de la sociedad civil y que aquellos cuya palabra tiene algún prestigio, hombres y mujeres de la política, antiguos militantes de una u otra causa, sabios y escritores reconocidos, contribuyan al advenimiento de una visión más exacta y más compleja del pasado común.

Tzvetan Todorov es semiólogo, filósofo e historiador de origen búlgaro y nacionalidad francesa. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de diciembre de 2010


Podés hacer aquí tus comentarios

miércoles, 11 de enero de 2017

Octavio Paz: discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1990



La búsqueda del presente

Comienzo con una palabra que todos los hombres, desde que el hombre es hombre, han proferido: gracias. Es una palabra que tiene equivalentes en todas las lenguas. Y en todas es rica la gama de significados. En las lenguas romances va de lo espiritual a lo físico, de la gracia que concede Dios a los hombres para salvarlos del error y la muerte a la gracia corporal de la muchacha que baila o a la del felino que salta en la maleza. Gracia es perdón, indulto, favor, beneficio, nombre, inspiración, felicidad en el estilo de hablar o de pintar, ademán que revela las buenas maneras y, en fin, acto que expresa bondad de alma. La gracia es gratuita, es un don; aquel que lo recibe, el agraciado, si no es un mal nacido, lo agradece: da las gracias. Es lo que yo hago ahora con estas palabras de poco peso. Espero que mi emoción compense su levedad. Si cada una fuese una gota de agua, ustedes podrían ver, a través de ellas, lo que siento: gratitud, reconocimiento. Y también una indefinible mezcla de temor, respeto y sorpresa al verme ante ustedes, en este recinto que es, simultáneamente, el hogar de las letras suecas y la casa de la literatura universal.

Las lenguas son realidades más vastas que las entidades políticas e históricas que llamamos naciones. Un ejemplo de esto son las lenguas europeas que hablamos en América. La situación peculiar de nuestras literaturas frente a las de Inglaterra, España, Portugal y Francia depende precisamente de este hecho básico: son literaturas escritas en lenguas transplantadas. Las lenguas nacen y crecen en un suelo; las alimenta una historia común. Arrancadas de su suelo natal y de su tradición propia, plantadas en un mundo desconocido y por nombrar, las lenguas europeas arraigaron en las tierras nuevas, crecieron con las sociedades americanas y se transformaron. Son la misma planta y son una planta distinta. Nuestras literaturas no vivieron pasivamente las vicisitudes de las lenguas transplantadas: participaron en el proceso y lo apresuraron. Muy pronto dejaron de ser meros reflejos transatlánticos; a veces han sido la negación de las literaturas europeas y otras, con más frecuencia, su réplica.

A despecho de estos vaivenes, la relación nunca se ha roto. Mis clásicos son los de mi lengua y me siento descendiente de Lope y de Quevedo como cualquier escritor español ... pero no soy español. Creo que lo mismo podrían decir la mayoría de los escritores hispanoamericanos y también los de los Estados Unidos, Brasil y Canadá frente a la tradición inglesa, portuguesa y francesa. Para entender más claramente la peculiar posición de los escritores americanos, basta con pensar en el diálogo que sostiene el escritor japonés, chino o árabe con esta o aquella literatura europea: es un diálogo a través de lenguas y de civilizaciones distintas. En cambio, nuestro diálogo se realiza en el interior de la misma lengua. Somos y no somos europeos. ¿Qué somos entonces? Es difícil definir lo que somos pero nuestras obras hablan por nosotros.

La gran novedad de este siglo, en materia literaria, ha sido la aparición de las literaturas de América. Primero surgió la angloamericana y después, en la segunda mitad del siglo XX, la de América Latina en sus dos grandes ramas, la hispanoamericana y la brasileña. Aunque son muy distintas, las tres literaturas tienen un rasgo en común: la pugna, más ideológica que literaria, entre las tendencias cosmopolitas y las nativistas, el europeísmo y el americanismo. ¿Qué ha quedado de esa disputa? Las polémicas se disipan; quedan las obras. Aparte de este parecido general, las diferencias entre las tres son numerosas y profundas. Una es de orden histórico más que literario: el desarrollo de la literatura angloamericana coincide con el ascenso histórico de los Estados Unidos como potencia mundial; el de la nuestra con las desventuras y convulsiones políticas y sociales de nuestros pueblos. Nueva prueba de los límites de los determinismos sociales e históricos; los crepúsculos de los imperios y las perturbaciones de las sociedades coexisten a veces con obras y momentos de esplendor en las artes y las letras: Li-Po y Tu Fu fueron testigos de la caída de los Tang, Velázquez fue el pintor de Felipe IV, Séneca y Lucano fueron contemporáneos y víctimas de Nerón. Otras diferencias son de orden literario y se refieren más a las obras en particular que al carácter de cada literatura. ¿Pero tienen carácter las literaturas, poseen un conjunto de rasgos comunes que las distingue unas de otras? No lo creo. Una literatura no se define por un quimérico, inasible carácter. Es una sociedad de obras únicas unidas por relaciones de oposición y afinidad.

La primera y básica diferencia entre la literatura latinoamericana y la angloamericana reside en la diversidad de sus orígenes. Unos y otros comenzamos por ser una proyección europea. Ellos de una isla y nosotros de una península. Dos regiones excéntricas por la geografía, la historia y la cultura. Ellos vienen de Inglaterra y la Reforma; nosotros de España, Portugal y la Contrarreforma. Apenas si debo mencionar, en el caso de los hispanoamericanos, lo que distingue a España de las otras naciones europeas y le otorga una notable y original fisonomía histórica. España no es menos excéntrica que Inglaterra aunque lo es de manera distinta. La excentricidad inglesa es insular y se caracteriza por el aislamiento: una excentricidad por exclusión. La hispana es peninsular y consiste en la coexistencia de diferentes civilizaciones y pasados: una excentricidad por inclusión. En lo que sería la católica España los visigodos profesaron la herejía de Arriano, para no hablar de los siglos de dominación de la civilización árabe, de la influencia del pensamiento judío, de la Reconquista y de otras peculiaridades.

En América la excentricidad hispánica se reproduce y se multiplica, sobre todo en países con antiguas y brillantes civilizaciones como México y Perú. Los españoles encontraron en México no sólo una geografía sino una historia. Esa historia está viva todavía: no es un pasado sino un presente. El México precolombino, con sus templos y sus dioses, es un montón de ruinas pero el espíritu que animó ese mundo no ha muerto. Nos habla en el lenguaje cifrado de los mitos, las leyendas, las formas de convivencia, las artes populares, las costumbres. Ser escritor mexicano significa oír lo que nos dice ese presente - esa presencia. Oírla, hablar con ella, descifrarla: decirla... Tal vez después de esta breve digresión sea posible entrever la extraña relación que, al mismo tiempo, nos une y separa de la tradición europea.

La conciencia de la separación es una nota constante de nuestra historia espiritual. A veces sentimos la separación como una herida y entonces se transforma en escisión interna, conciencia desgarrada que nos invita al examen de nosotros mismos; otras aparece como un reto, espuela que nos incita a la acción, a salir al encuentro de los otros y del mundo. Cierto, el sentimiento de la separación es universal y no es privativo de los hispanoamericanos. Nace en el momento mismo de nuestro nacimiento: desprendidos del todo caemos en un suelo extraño. Esta experiencia se convierte en una llaga que nunca cicatriza. Es el fondo insondable de cada hombre; todas nuestras empresas y acciones, todo lo que hacemos y soñamos, son puentes para romper la separación y unirnos al mundo y a nuestros semejantes. Desde esta perspectiva, la vida de cada hombre y la historia colectiva de los hombres pueden verse como tentativas destinadas a reconstruir la situación original. Inacabada e inacabable cura de la escisión. Pero no me propongo hacer otra descripción, una más, de este sentimiento. Subrayo que entre nosotros se manifiesta sobre todo en términos históricos. Así, se convierte en conciencia de nuestra historia. ¿Cuando y cómo aparece este sentimiento y cómo se transforma en conciencia? La respuesta a esta doble pregunta puede consistir en una teoría o en un testimonio personal. Prefiero lo segundo: hay muchas teorías y ninguna del todo confiable.

El sentimiento de separación se confunde con mis recuerdos más antiguos y confusos: con el primer llanto, con el primer miedo. Como todos los niños, construí puentes imaginarios y afectivos que me unían al mundo y a los otros. Vivía en un pueblo de las afueras de la ciudad de México, en una vieja casa ruinosa con un jardín selvático y una gran habitación llena de libros. Primeros juegos, primeros aprendizajes. El jardín se convirtió en el centro del mundo y la biblioteca en caverna encantada. Leía y jugaba con mis primos y mis compañeros de escuela. Había una higuera, templo vegetal, cuatro pinos, tres fresnos, un huele-de-noche, un granado, herbazales, plantas espinosas que producían rozaduras moradas. Muros de adobe. El tiempo era elástico; el espacio, giratorio. Mejor dicho: todos los tiempos, reales o imaginarios, eran ahora mismo; el espacio, a su vez, se transformaba sin cesar: allá era aquí: todo era aquí: un valle, una montaña, un país lejano, el patio de los vecinos. Los libros de estampas, particularmente los de historia, hojeados con avidez, nos proveían de imágenes: desiertos y selvas, palacios y cabañas, guerreros y princesas, mendigos y monarcas. Naufragamos con Simbad y con Robinson, nos batimos con Artagnan, tomamos Valencia con el Cid. ¡Cómo me hubiera gustado quedarme para siempre en la isla de Calipso! En verano la higuera mecía todas sus ramas verdes como si fuesen las velas de una carabela o de un barco pirata; desde su alto mástil, batido por el viento, descubrí islas y continentes - tierras que apenas se desvanecían. El mundo era ilimitado y, no obstante, siempre al alcance de la mano; el tiempo era una substancia maleable y un presente sin fisuras.

¿Cuando se rompió el encanto? No de golpe: poco a poco. Nos cuesta trabajo aceptar que el amigo nos traiciona, que la mujer querida nos engaña, que la idea libertaria es la máscara del tirano. Lo que se llama "caer en la cuenta" es un proceso lento y sinuoso porque nosotros mismos somos cómplices de nuestros errores y engaños. Sin embargo, puedo recordar con cierta claridad un incidente que, aunque pronto olvidado, fue la primera señal. Tendría unos seis años y una de mis primas, un poco mayor que yo, me enseñó una revista norteamericana con una fotografía de soldados desfilando por una gran avenida, probablemente de Nueva York. "Vuelven de la guerra", me dijo. Esas pocas palabras me turbaron como si anunciasen el fin del mundo o el segundo advenimiento de Cristo. Sabía, vagamente, que allá lejos, unos años antes, había terminado una guerra y que los soldados desfilaban para celebrar su victoria; para mí aquella guerra había pasado en otro tiempo, no ahora ni aquí. La foto me desmentía. Me sentí, literalmente, desalojado del presente.

Desde entonces el tiempo comenzó a fracturarse más y más. Y el espacio, los espacios. La experiencia se repitió una y otra vez. Una noticia cualquiera, una frase anodina, el titular de un diario, una canción de moda: pruebas de la existencia del mundo de afuera y revelaciones de mi irrealidad. Sentí que el mundo se escindía: yo no estaba en el presente. Mi ahora se disgregó: el verdadero tiempo estaba en otra parte. Mi tiempo, el tiempo del jardín, la higuera, los juegos con los amigos, el sopor bajo el sol de las tres de la tarde entre las yerbas, el higo entreabierto - negro y rojizo como un ascua pero un ascua dulce y fresca - era un tiempo ficticio. A pesar del testimonio de mis sentidos, el tiempo de allá, el de los otros, era el verdadero, el tiempo del presente real. Acepté lo inaceptable: fui adulto. Así comenzó mi expulsión del presente.

Decir que hemos sido expulsados del presente puede parecer una paradoja. No: es una experiencia que todos hemos sentido alguna vez; algunos la hemos vivido primero como una condena y después transformada en conciencia y acción. La búsqueda del presente no es la búsqueda del edén terrestre ni de la eternidad sin fechas: es la búsqueda de la realidad real. Para nosotros, hispanoamericanos, ese presente real no estaba en nuestros países: era el tiempo que vivían los otros, los ingleses, los franceses, los alemanes. El tiempo de Nueva York, París, Londres. Había que salir en su busca y traerlo a nuestras tierras. Esos años fueron también los de mi descubrimiento de la literatura. Comencé a escribir poemas. No sabía qué me llevaba a escribirlos: estaba movido por una necesidad interior difícilmente definible. Apenas ahora he comprendido que entre lo que he llamado mi expulsión del presente y escribir poemas había una relación secreta. La poesía está enamorada del instante y quiere revivirlo en un poema; lo aparta de la sucesión y lo convierte en presente fijo. Pero en aquella época yo escribía sin preguntarme por qué lo hacía. Buscaba la puerta de entrada al presente: quería ser de mi tiempo y de mi siglo. Un poco después esta obsesión se volvió idea fija: quise ser un poeta moderno. Comenzó mi búsqueda de la modernidad.

¿Qué es la modernidad? Ante todo, es un término equívoco: hay tantas modernidades como sociedades. Cada una tiene la suya. Su significado es incierto y arbitrario, como el del período que la precede, la Edad Media. Si somos modernos frente al medievo, ¿seremos acaso la Edad Media de una futura modernidad? Un nombre que cambia con el tiempo, ¿es un verdadero nombre? La modernidad es una palabra en busca de su significado: ¿es una idea, un espejismo o un momento de la historia? ¿Somos hijos de la modernidad o ella es nuestra creación? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Poco importa: la seguimos, la perseguimos. Para mí, en aquellos años, la modernidad se confundía con el presente o, más bien, lo producía: el presente era su flor extrema y última. Mi caso no es único ni excepcional: todos los poetas de nuestra época, desde el período simbolista, fascinados por esa figura a un tiempo magnética y elusiva, han corrido tras ella. El primero fue Baudelaire. El primero también que logró tocarla y así descubrir que no es sino tiempo que se deshace entre las manos. No referiré mis aventuras en la persecución de la modernidad: son las de casi todos los poetas de nuestro siglo. La modernidad ha sido una pasión universal. Desde 1850 ha sido nuestra diosa y nuestro demonio. En los últimos años se ha pretendido exorcizarla y se habla mucho de la "postmodernidad". ¿Pero qué es la postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?

Para nosotros, latinoamericanos, la búsqueda de la modernidad poética tiene un paralelo histórico en las repetidas y diversas tentativas de modernización de nuestras naciones. Es una tendencia que nace a fines del siglo XVIII y que abarca a la misma España. Los Estados Unidos nacieron con la modernidad y ya para 1830, como lo vio Tocqueville, eran la matriz del futuro; nosotros nacimos en el momento en que España y Portugal se apartaban de la modernidad. De ahí que a veces se hablase de "europeizar" a nuestros países: lo moderno estaba afuera y teníamos que importarlo. En la historia de México el proceso comienza un poco antes de las guerras de Independencia; más tarde se convierte en un gran debate ideológico y político que divide y apasiona a los mexicanos durante el siglo XIX. Un episodio puso en entredicho no tanto la legitimidad del proyecto reformador como la manera en que se había intentado realizarlo: la Revolución mexicana. A diferencia de las otras revoluciones del siglo XX, la de México no fue tanto la expresión de una ideología más o menos utópica como la explosión de una realidad histórica y psíquica oprimida. No fue la obra de un grupo de ideólogos decididos a implantar unos principios derivados de una teoría política; fue un sacudimiento popular que mostró a la luz lo que estaba escondido. Por esto mismo fue, tanto o más que una revolución, una revelación. México buscaba al presente afuera y lo encontró adentro, enterrado pero vivo. La búsqueda de la modernidad nos llevó a descubrir nuestra antigüedad, el rostro oculto de la nación. Inesperada lección histórica que no sé si todos han aprendido: entre tradición y modernidad hay un puente. Aisladas, las tradiciones se petrifican y las modernidades se volatilizan; en conjunción, una anima a la otra y la otra le responde dándole peso y gravedad.

La búsqueda de la modernidad poética fue una verdadera quéte, en el sentido alegórico y caballeresco que tenía esa palabra en el siglo XII. No rescaté ningún Grial, aunque recorrí varias waste lands, visité castillos de espejos y acampé entre tribus fantasmales. Pero descubrí a la tradición moderna. Porque la modernidad no es una escuela poética sino un linaje, una familia esparcida en varios continentes y que durante dos siglos ha sobrevivido a muchas vicisitudes y desdichas: la indiferencia pública, la soledad y los tribunales de las ortodoxias religiosas, políticas, académicas y sexuales. Ser una tradición y no una doctrina le ha permitido, simultáneamente, permanecer y cambiar. También le ha dado diversidad: cada aventura poética es distinta y cada poeta ha plantado un árbol diferente en este prodigioso bosque parlante. Si las obras son diversas y los caminos distintos, ¿qué une a todos estos poetas? No una estética sino la búsqueda. Mi búsqueda no fue quimérica, aunque la idea de modernidad sea un espejismo, un haz de reflejos. Un día descubrí que no avanzaba sino que volvía al punto de partida: la búsqueda de la modernidad era un descenso a los orígenes. La modernidad me condujo a mi comienzo, a mi antigüedad. La ruptura se volvió reconciliación. Supe así que el poeta es un latido en el río de las generaciones.

La idea de modernidad es un sub-producto de la concepción de la historia como un proceso sucesivo, lineal e irrepetible. Aunque sus orígenes están en el judeocristianismo, es una ruptura con la doctrina cristiana. El cristianismo desplazó al tiempo cíclico de los paganos: la historia no se repite, tuvo un principio y tendrá un fin; el tiempo sucesivo fue el tiempo profano de la historia, teatro de las acciones de los hombres caídos, pero sometido al tiempo sagrado, sin principio ni fin. Después del Juicio Final, lo mismo en el cielo que en el infierno, no habrá futuro. En la Eternidad no sucede nada porque todo es. Triunfo del ser sobre el devenir. El tiempo nuevo, el nuestro, es lineal como el cristiano pero abierto al infinito y sin referencia a la Eternidad. Nuestro tiempo es el de la historia profana. Tiempo irreversible y perpetuamente inacabado, en marcha no hacia su fin sino hacia el porvenir. El sol de la historia se llama futuro y el nombre del movimiento hacia el futuro es Progreso.

Para el cristiano, el mundo - o como antes se decía: el siglo, la vida terrenal - es un lugar de prueba: las almas se pierden o se salvan en este mundo. Para la nueva concepción, el sujeto histórico no es el alma individual sino el género humano, a veces concebido como un todo y otras a través de un grupo escogido que lo representa: las naciones adelantadas de Occidente, el proletariado, la raza blanca o cualquier otro ente. La tradición filosófica pagana y cristiana había exaltado al Ser, plenitud henchida, perfección que no cambia nunca; nosotros adoramos al Cambio, motor del progreso y modelo de nuestras sociedades. El Cambio tiene dos modos privilegiados de manifestación: la evolución y la revolución, el trote y el salto. La modernidad es la punta del movimiento histórico, la encarnación de la evolución o de la revolución, las dos caras del progreso. Por último, el progreso se realiza gracias a la doble acción de la ciencia y de la técnica, aplicadas al dominio de la naturaleza y a la utilización de sus inmensos recursos.

El hombre moderno se ha definido como un ser histórico. Otras sociedades prefirieron definirse por valores e ideas distintas al cambio: los griegos veneraron a la Polis y al círculo pero ignoraron al progreso, a Séneca le desvelaba, como a todos los estoicos, el eterno retorno, San Agustín creía que el fin del mundo era inminente, Santo Tomás construyó una escala - los grados del ser - de la criatura al Creador y así sucesivamente. Una tras otra esas ideas y creencias fueron abandonadas. Me parece que comienza a ocurrir lo mismo con la idea del Progreso y, en consecuencia, con nuestra visión del tiempo, de la historia y de nosotros mismos. Asistimos al crepúsculo del futuro. La baja de la idea de modernidad, y la boga de una noción tan dudosa como "postmodernidad", no son fenómenos que afecten únicamente a las artes y a la literatura: vivimos la crisis de las ideas y creencias básicas que han movido a los hombres desde hace más de dos siglos. En otras ocasiones me he referido con cierta extensión al tema. Aquí sólo puedo hacer un brevísimo resumen.

En primer término: está en entredicho la concepción de un proceso abierto hacia el infinito y sinónimo de progreso continuo. Apenas si debo mencionar lo que todos sabemos: los recursos naturales son finitos y un día se acabarán. Además, hemos causado daños tal vez irreparables al medio natural y la especie misma está amenazada. Por otra parte, los instrumentos del progreso - la ciencia y la técnica - han mostrado con terrible claridad que pueden convertirse fácilmente en agentes de destrucción. Finalmente, la existencia de armas nucleares es una refutación de la idea de progreso inherente a la historia. Una refutación, añado, que no hay más remedio que llamar devastadora.

En segundo término: la suerte del sujeto histórico, es decir, de la colectividad humana, en el siglo XX. Muy pocas veces los pueblos y los individuos habían sufrido tanto: dos guerras mundiales, despotismos en los cinco continentes, la bomba atómica y, en fin, la multiplicación de una de las instituciones más crueles y mortíferas que han conocido los hombres, el campo de concentración. Los beneficios de la técnica moderna son incontables pero es imposible cerrar los ojos ante las matanzas, torturas, humillaciones, degradaciones y otros daños que han sufrido millones de inocentes en nuestro siglo.

En tercer término: la creencia en el progreso necesario. Para nuestros abuelos y nuestros padres las ruinas de la historia - cadáveres, campos de batalla desolados, ciudades demolidas - no negaban la bondad esencial del proceso histórico. Los cadalsos y las tiranías, las guerras y la barbarie de las luchas civiles eran el precio del progreso, el rescate de sangre que había que pagar al dios de la historia. ¿Un dios? Si, la razón misma, divinizada y rica en crueles astucias, según Hegel. La supuesta racionalidad de la historia se ha evaporado. En el dominio mismo del orden, la regularidad y la coherencia - en las ciencias exactas y en la física - han reaparecido las viejas nociones de accidente y de catástrofe. Inquietante resurrección que me hace pensar en los terrores del Año Mil y en la angustia de los aztecas al fin de cada ciclo cósmico.

Y para terminar esta apresurada enumeración: la ruina de todas esas hipótesis filosóficas e históricas que pretendían conocer las leyes de desarrollo histórico. Sus creyentes, confiados en que eran dueños de las llaves de la historia, edificaron poderosos estados sobre pirámides de cadáveres. Esas orgullosas construcciones, destinadas en teoría a liberar a los hombres, se convirtieron muy pronto en cárceles gigantescas. Hoy las hemos visto caer; las echaron abajo no los enemigos ideológicos sino el cansancio y el afán libertario de las nuevas generaciones. ¿Fin de las utopías? Más bien: fin de la idea de la historia como un fenómeno cuyo desarrollo se conoce de antemano. El determinismo histórico ha sido una costosa y sangrienta fantasía. La historia es imprevisible porque su agente, el hombre, es la indeterminación en persona.

Este pequeño repaso muestra que, muy probablemente, estamos al fin de un período histórico y al comienzo de otro. ¿Fin o mutación de la Edad Moderna? Es difícil saberlo. De todos modos, el derrumbe de las utopías ha dejado un gran vacío, no en los países en donde esa ideología ha hecho sus pruebas y ha fallado sino en aquellos en los que muchos la abrazaron con entusiasmo y esperanza. Por primera vez en la historia los hombres viven en una suerte de intemperie espiritual y no, como antes, a la sombra de esos sistemas religiosos y políticos que, simultáneamente, nos oprimían y nos consolaban. Las sociedades son históricas pero todas han vivido guiadas e inspiradas por un conjunto de creencias e ideas metahistóricas. La nuestra es la primera que se apresta a vivir sin una doctrina metahistórica; nuestros absolutos - religiosos o filosóficos, éticos o estéticos - no son colectivos sino privados. La experiencia es arriesgada. Es imposible saber si las tensiones y conflictos de esta privatización de ideas, prácticas y creencias que tradicionalmente pertenecían a la vida pública no terminará por quebrantar la fábrica social. Los hombres podrían ser poseídos nuevamente por las antiguas furias religiosas y por los fanatismos nacionalistas. Sería terrible que la caída del ídolo abstracto de la ideología anunciase la resurrección de las pasiones enterradas de las tribus, las sectas y las iglesias. Por desgracia, los signos son inquietantes.

La declinación de las ideologías que he llamado metahistóricas, es decir, que asignan un fin y una dirección a la historia, implica el tácito abandono de soluciones globales. Nos inclinamos más y más, con buen sentido, por remedios limitados para resolver problemas concretos. Es cuerdo abstenerse de legislar sobre el porvenir. Pero el presente require no solamente atender a sus necesidades inmediatas: también nos pide una reflexión global y más rigurosa. Desde hace mucho creo, y lo creo firmemente, que el ocaso del futuro anuncia el advenimiento del hoy. Pensar el hoy significa, ante todo, recobrar la mirada critica. Por ejemplo, el triunfo de la economía de mercado - un triunfo por default del adversario - no puede ser únicamente motivo de regocijo. El mercado es un mecanismo eficaz pero, como todos los mecanismos, no tiene conciencia y tampoco misericordia. Hay que encontrar la manera de insertarlo en la sociedad para que sea la expresión del pacto social y un instrumento de justicia y equidad. Las sociedades democráticas desarrolladas han alcanzado una prosperidad envidiable; asimismo, son islas de abundancia en el océano de la miseria universal. El tema del mercado tiene una relación muy estrecha con el deterioro del medio ambiente. La contaminación no sólo infesta al aire, a los ríos y a los bosques sino a las almas. Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo. Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales.

La reflexión sobre el ahora no implica renuncia al futuro ni olvido del pasado: el presente es el sitio de encuentro de los tres tiempos. Tampoco puede confundirse con un fácil hedonismo. El árbol del placer no crece en el pasado o en el futuro sino en el ahora mismo. También la muerte es un fruto del presente. No podemos rechazarla: es parte de la vida. Vivir bien exige morir bien. Tenemos que aprender a mirar de frente a la muerte. Alternativamente luminoso y sombrío, el presente es una esfera donde se unen las dos mitades, la acción y la contemplación. Así como hemos tenido filosofías del pasado y del futuro, de la eternidad y de la nada, mañana tendremos una filosofía del presente. La experiencia poética puede ser una de sus bases. ¿Qué sabemos del presente? Nada o casi nada. Pero los poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias.

En mi peregrinación en busca de la modernidad me perdí y me encontré muchas veces. Volví a mi origen y descubrí que la modernidad no está afuera sino adentro de nosotros. Es hoy y es la antigüedad más antigua, es mañana y es el comienzo del mundo, tiene mil años y acaba de nacer. Habla en náhuatl, traza ideogramas chinos del siglo IX y aparece en la pantalla de televisión. Presente intacto, recién desenterrado, que se sacude el polvo de siglos, sonríe y, de pronto, se echa a volar y desaparece por la ventana. Simultaneidad de tiempos y de presencias: la modernidad rompe con el pasado inmediato sólo para rescatar al pasado milenario y convertir a una figurilla de fertilidad del neolítico en nuestra contemporánea. Perseguimos a la modernidad en sus incesantes metamorfosis y nunca logramos asirla. Se escapa siempre: cada encuentro es una fuga. La abrazamos y al punto se disipa: sólo era un poco de aire. Es el instante, ese pájaro que está en todas partes y en ninguna. Queremos asirlo vivo pero abre las alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas. Nos quedamos con las manos vacías. Entonces las puertas de la percepción se entreabren y aparece el otro tiempo, el verdadero, el que buscábamos sin saberlo: el presente, la presencia.





Puedes hacer aquí tus comentarios

martes, 7 de junio de 2016

Entrevista a Halperin Donghi

Publicado en Ñ, abril 2010

Por: Alejandra Rodríguez Ballester y Héctor Pavón

Para Tulio Halperín Donghi, el origen de la Revolución de Mayo se halla en la reacción a las Invasiones Inglesas. En esta entrevista, también se refiere al estado de la historiografía argentina. Según  el entrevistado, el problema del neorrevisionismo es identificar el pasado con el presente.

Arrojado al mundo académico extranjero por la dictadura de Onganía en 1966, Tulio Halperín Donghi construyó su propio espacio de la Historia lejos de la barbarie que tuvo como epicentro a La noche de los bastones largos. Aterrizó primero en Oxford, y a partir de 1972 enseña en Berkeley y desde allí proyectó su trabajo como historiador argentino. Aunque sus principales obras las escribió en bibliotecas norteamericanas, es uno de los más importantes historiadores argentinos. En esta entrevista, que respondió por e-mail, se refiere a hechos y personajes de la Revolución de Mayo. También traza un diagnóstico de la investigación histórica en la Argentina.

-¿Cuándo arranca el proceso revolucionario de Mayo, con qué hechos? Usted ha señalado la importancia de las milicias urbanas en el proceso revolucionario, ¿cómo surgieron y por qué son clave en este proceso?

-Cuándo comienza un proceso como el que desembocó en los sucesos ocurridos en Buenos Aires entre el 17 y el 25 de mayo de 1810 depende de la visión que tenga quien los estudia y del desenvolvimiento de los procesos históricos. Para Mitre, que tanto en cuanto al pasado como al futuro prefería las perspectivas largas, el proceso comenzó cuando el primer europeo pisó las costas del Río de la Plata. Aun para otros menos atraídos por las preguntas que pretende responder la filosofía de la historia, la respuesta depende del rasgo del contexto, en que esos sucesos se desenvolvieron, que más les han interesado. Si ven en esos sucesos el capítulo rioplatense de la reacción de la América española al derrumbe de la resistencia contra la invasión francesa en la metrópoli, concluirán que comenzó cuando la noticia de ese derrumbe llegó a Montevideo: los esfuerzos del virrey Cisneros por evitar la difusión de esa noticia sugieren que fue él el primero en verlos en esos términos. Si les interesan, en cambio, las razones por las cuales el foco revolucionario establecido en Buenos Aires fue el único de los que estallaron en 1810 que no fue sofocado por la contraofensiva realista, lo buscarán donde también lo busqué yo, entre muchos otros: en la reacción frente a las Invasiones Inglesas. El contraste entre la ineptitud que desplegaron en la ocasión los funcionarios regios y la eficacia con que las iniciativas espontáneas de sus gobernados disiparon la amenaza británica hizo perder a esos funcionarios mucho de su legitimidad a los ojos de éstos. Pero, sobre todo, las peculiaridades de la movilización militar de la población urbana pusieron a disposición del sector criollo de la elite colonial una fuerza armada pagada con los recursos del fisco regio y localmente demasiado poderosa para pensar en desmovilizarla. Apenas la crisis de la metrópoli distanció a ese sector del que estaba decidido a defender a todo trance el lazo colonial, puso en sus manos una decisiva arma de triunfo. Tal como lamentaba más de un funcionario regio, el tesoro virreinal no podía enviar socorros a la España resistente porque se desangraba sosteniendo una fuerza armada que era ya la de una facción con cuya lealtad no podía contar en absoluto.

-Al poderío militar se suma el económico...

-Como suele ocurrir en el trabajo del historiador, al elegir una respuesta uno elige, ya sin saberlo, las nuevas preguntas que ella va a suscitar. En mi caso, me llevó a vincular esa peculiaridad del proceso porteño con la implantación, al crearse el Virreinato, de un gran centro militar, administrativo, judicial, eclesiástico y mercantil que cada año inyectaba un millón y medio de pesos del tesoro regio en las escasamente pobladas llanuras de la región pampeana y el litoral. Allí, las exportaciones pocas veces superaban el millón por año, lo que permite entender mejor el papel central que el control de esos recursos tuvo en el conflicto que alcanzó su punto resolutivo en aquellos días de mayo.

-La participación popular en los sucesos de Mayo ha sido largamente discutida. En un extremo se sostiene que fue una revolución patricia sin contenido democrático. Otros analizan formas de movilización y participación política existentes en la época. ¿Cuál es su postura al respecto?

-Esas conclusiones dependen tanto de los aspectos de esos sucesos que interesaron al historiador como de los supuestos que éste llevó a su examen. Entre los que ven en ellos una revolución patricia sin contenido democrático hubo quienes, como Roberto Marfany, reconocieron en esos sucesos la obra de un ejército alineado tras de sus mandos naturales, cuya misión histórica seguía siendo en el presente guiar los avances de la nación surgida de su acción en esas jornadas, pero hubo también quienes consideraban que la entonces conocida como Gran Revolución Socialista de Octubre marcaba el destino hacia el que se encaminaba la entera historia universal, y comenzaban a dudar de que –como antes había creído firmemente Aníbal Ponce– la de Mayo hubiera puesto a la Argentina en camino hacia esa meta. Por mi parte, confieso que me interesé menos en esos planteos que llegaban a la misma conclusión partiendo de premisas opuestas que en las peculiaridades más específicas de la movilización política que acompañó a esos sucesos.

-En relación con los protagonistas de los días de Mayo, como Cornelio Saavedra, Juan José Castelli, Juan José Paso, Manuel Belgrano, Mariano Moreno, ¿cree que la Historia ha sido injusta con alguno de ellos?

-Confieso que no ambicioné constituirme en el oráculo por cuya boca la Historia (con mayúscula) hiciera adecuada justicia a cada una de esas figuras, sino entender un poco mejor el proceso en que todos ellos habían participado. Esto hace que, frente a Cornelio Saavedra, me interese menos en coincidir o no con su futuro adversario y víctima Manuel Belgrano, quien en esas jornadas desplegó una deslumbrante destreza táctica sin la cual no se hubiera alcanzado el desenlace positivo que efectivamente vino a coronarlas, que en adquirir una imagen más precisa de lo que hizo que, apenas el coronel Saavedra informara al virrey Cisneros que no estaba en condiciones de garantizar que las tropas bajo su mando podrían contener con éxito a la muchedumbre que, como preveía, se preparaba a protestar contra la composición de la Junta designada el 22 de mayo, éste se apresurara a renunciar al cargo de Presidente. Y esto hace que frente a la figura de Moreno me interesase más en explorar las razones que hicieron de su actuación en esos días el punto de llegada de una trayectoria que hasta poco antes no era claro que se orientara en esa dirección, y en lo que esa trayectoria individual pudiera sugerir acerca de las ambigüedades del proceso colectivo del que fue parte, que en averiguar si esa actuación contribuye o no a asegurar para Moreno un lugar eminente en el cuadro de honor de los héroes de esas jornadas.

-Yendo al escenario actual, ¿cómo evalúa los avances de la investigación histórica en la Argentina?

-Creo que lo que hemos vivido desde hace ya décadas en la Argentina es la plena profesionalización de la tarea de investigación histórica en un marco institucional creado a partir de 1955. Este marco fue consolidado con propósitos muy distintos por los regímenes militares de 1966-73 y de 1976-83 y devuelto a su propósito primero a partir de esa última fecha, en una tarea en la que tuvieron un papel central no sólo el Departamento de Historia de la UBA, que en rigor retomaba un proyecto interrumpido en 1966, sino también los de universidades del interior que la encaraban por primera vez. Todo eso se reflejó en un mayor rigor en las exigencias metodológicas y un mayor dominio de la problemática en los distintos campos temáticos, apoyada en una relación cada vez menos distante con los avances del trabajo histórico fuera de la Argentina. Esto ha permitido a algunos de nuestros historiadores participar de modo muy creativo en el esfuerzo para buscar enfoques y criterios de análisis adecuados para abordar las preguntas que, acerca del pasado, les propone un tiempo presente marcado por trasformaciones muy profundas en un marco de extrema incertidumbre.

-¿Y cuál es la situación de la historiografía argentina en el escenario global?

-La historiografía argentina ha alcanzado al abrirse el siglo XXI el objetivo fijado para ella por la Nueva Escuela Histórica. Quienes la sirven son integrantes de una comunidad de estudiosos que tanto en el viejo como en los nuevos mundos tienen a su cargo fijar el rumbo de nuestra disciplina. Pero eso, que no podría ser más positivo, la obliga a confrontar los problemas que los avances de la profesionalización plantean aquí como en todas partes. Esa profesionalización impulsa la expansión constante de un aparato institucional cada vez más complejo, que incluye, en nuestro caso, a las universidades que ofrecen el ámbito primario para el trabajo de los historiadores, desde el Conicet y la Agencia de Promoción Científica hasta las fundaciones e instituciones internacionales de las que provienen los recursos que sostienen los nexos de esa comunidad más amplia.

-¿Cuáles son los problemas de los avances de la profesionalización?

-En todas esas instituciones, en mayor o menor medida, se hacen sentir los efectos de la ley de hierro de la oligarquía, anticipada por Robert Michels en su análisis de los partidos socialdemócratas de comienzos de siglo XX que, llevada al límite, hace que quienes controlan esas instituciones las usen en su favor más que en provecho de los servidos por ellas. Así se refleja, por ejemplo, en el porcentaje creciente de puntajes asignados tanto por el Conicet, como, muy frecuentemente, por las universidades que reconocen los puntajes obtenidos en tareas de gestion, en detrimento de los de investigación y enseñanza. De este modo se agrava en sus consecuencias cuando, en esta etapa, teóricamente gobernada por criterios meritocráticos, siguen gravitando otros decididamente particularistas que intentan adquirir una espuria objetividad expresándose en cifras numéricas. Pero aun cuando ello no ocurre, la obligación de probar cada año que lo investigado en ese período ha fructificado en presentaciones, simposios y artículos aceptados en publicaciones con referato lleva a menudo a renunciar a proyectos de mayor aliento o en el mejor de los casos significa un serio obstáculo para los esfuerzos por llevarlos a término. Cuando se recuerda todo eso, es a la vez sorprendente y reconfortante descubrir que en cada promoción de estudiantes hay siempre más de uno (o una) que une a su agudeza de mente y rica imaginación histórica la seguridad de que no puede escapar a su destino de hacer historia, y es ésa la mejor razón para esperar que el futuro depare cosas buenas para la historiografía argentina.

-Usted se ha mostrado crítico con respecto a ciertas versiones "neorrevisionistas" de divulgación histórica. ¿Cree que estas lecturas pueden ser un primer paso que luego derive en lecturas más consistentes de la historia o las considera poco útiles?

-Desde luego puede ser lo segundo; antes de que ganara popularidad ese género era usual que el interés por el pasado se despertara en la primera adolescencia a partir de la lectura de una novela histórica de Alejandro Dumas o de Walter Scott, y sólo quienes, aunque no lo sabían, llevaban ya dentro de sí ese interés sentían la necesidad de pasar luego a esas "lecturas más consistentes". Mi problema más serio con el neorrevisionismo no es ése, sino que para hacer más comprensible el pasado lo identifique con el presente. Para poner un ejemplo: con ese método podría presentarse a Cornelio Saavedra como la dirigente jujeña Milagro Sala de las jornadas de mayo. O, habida cuenta de la prodigiosa destreza táctica que le ganó la admiración de Belgrano, podríamos verlo como el precursor, en esas jornadas, de Juan Domingo Perón. O quizá algún retrospectivo militante de la facción morenista podría equiparar su papel con el desempeñado el 4 de junio de 1943 por el general Pedro Pablo Ramírez, ministro de guerra del presidente Castillo. En la reunión de gabinete convocada por Castillo para organizar la resistencia a la revolución que había estallado ese día Ramírez pidió la venia para retirarse invocando su carácter de jefe de esa revolución. Produjo efectos parecidos a los que la advertencia de Saavedra tuvo sobre el virrey: Castillo abandonó toda idea de resistencia tras una breve excursión fluvial en un guardacostas de nuestra Marina de Guerra. Para entonces, ya reemplazado en el cargo por Ramírez, tal como el virrey lo había sido en Mayo de 1810 por Saavedra, se volvió a su casa, igual que sus ministros.

-¿Pueden ser comparaciones con una función didáctica?

Es verdad que comparaciones como éstas pueden ofrecer una primera aproximación a un personaje del pasado que, en otros aspectos no menos importantes, no tenía nada en común ni con Sala, ni con Perón, ni con Ramírez, pero ocurre que ese neorrevisionismo no se limita a usarlas con esa intención pedagógica, sino que proclama descubrir en un supuesto pasado –que es sólo una alegoría del presente– lecciones válidas para ese mismo presente, ignorando que para que la historia del pasado pueda ofrecer esas lecciones necesita ser de veras historia del pasado, mientras que lo que se confecciona de esa manera no lo es en absoluto.


Puedes hacer aquí tu comentario

viernes, 21 de noviembre de 2014

Halperin Donghi (1926-2014).

 

Ofrecemos aquí cuatro textos publicados en periódicos de Buenos Aires a raíz del fallecimiento del gran historiador. Una forma de reflexionar sobre su obra, valorar sus aportes y honrar su memoria con gratitud.



Tulio Halperin Donghi. Nos hará falta

Por Beatriz Sarlo

Investigadora y ensayista

Publicado en Perfil, 15 de noviembre de 2014
 

Ayer, 14 de noviembre, a la una de la madrugada, murió en Berkeley el más grande historiador argentino, Tulio Halperin Donghi. Hace menos de un mes, durante toda la tarde, leí su último libro, El enigma de Belgrano. Este hombre, nacido en 1926, me sorprendió una vez más con una especie de Idiota de la familia rioplatense cuyo protagonista, a diferencia del Flaubert de Sartre, fue formado por sus padres para ocupar precisamente un lugar distinguido en la historia de la Nación. La ironía, como siempre en Tulio Halperin, gobierna el despliegue de azares y contingencias. Cerré el libro con ánimo feliz, preguntándome cómo era posible que un hombre de casi noventa años hubiera escrito esa prosa tan precisa y, sobre todo, tan facetada, tan bifronte, donde la ironía encuentra su perfección formal.

La prosa de Halperin fue legendaria entre admiradores y críticos. Hijo de un profesor de lenguas clásicas y de una profesora de literatura italiana, encontró la forma más adecuada a un pensamiento que jamás era lineal ni se sostenía en una sola idea. Cada frase mantiene un diálogo imaginario con las posibles objeciones; cada frase mira lo que dice y lo que se podría decir.

Halperin estableció una vasta y compleja arquitectura de ideas e hipótesis sobre la historia argentina en libros como Revolución y guerra, Argentina en el callejón, Una nación para el desierto argentino y decenas de monografías sobre intelectuales y políticos. Nunca tuvo supersticiones nacionales frente a la historia y sus próceres. Al escribir esta vida de Belgrano, que según nos cuenta, habría debido formar parte de su último libro de historia intelectual Letrados y pensadores, Halperin seguía siendo un hombre de inteligencia indómita, frente a la muerte que se aproximaba. Lo imagino con la seguridad de alguien que sabe que la obra escrita durante más de medio siglo tiene la fuerza de las grandes interpretaciones. Se había ganado el derecho de mirar a Belgrano con ironía benevolente. Este último libro parece escrito por un hombre mucho más joven. O quizás debería invertirse la afirmación: desde joven, sus libros parecen escritos por un historiador completamente maduro, a quien la madurez no ha quitado la audacia. Publicó Revolución y guerra, obra grande y original, a los 45 años.

En Son memorias, Halperin se definió como un “pesimista agnóstico”. Esa definición es la divisa de su estandarte. Como historiador, no sucumbió a ninguna ilusión gratificante, ni moralizante, ni aleccionadora. No buscaba establecer una verdad que prestara servicios en el campo político. Juzgaba que los esfuerzos del revisionismo eran intentos de “militancia retrospectiva”. Pero su trabajo contradijo también las versiones canónicas de la llamada historia liberal, aunque no les dedicara un librito tan perspicaz como el que dedicó a los revisionistas. La obra de Halperin era la crítica práctica de los historiadores que lo precedieron. De todos modos reconoció en algunos de ellos la búsqueda de documentos y, como en el caso de Mitre, el gran relato de historia militar y política. Un revisionista como Eduardo Astesano mereció su respeto. A otros simplemente no los tomó en serio.

La “militancia retrospectiva” se opone, por cierto, al “pesimismo agnóstico” con que Halperin define su ética de historiador. El pesimista se resiste a identificar, en el pasado que investiga, las huellas y signos de un inevitable progreso. La historia política argentina del siglo XX le dio pruebas suficientes de que el pesimismo no era una perspectiva equivocada si se tienen en cuenta los golpes militares y la imperfección institucional. No creo, en cambio, que fuera un “pesimista” frente a la historia del siglo XIX.

Habría sido difícil preguntárselo, ya que Halperin tenía una capacidad infernal para no colocarse en la perspectiva de ese interrogante. Como un vanguardista, siempre se desmarcaba. Borges se desmarcaba con una frase; Halperin podía ofrecer una interpretación extensa, en la que de a poco, iba cambiando los términos del interrogante que, al final, siempre quedaba como prueba de una inquietud equivocada o de una objeción sin base. Su talento brillaba en el desmarque.

Por supuesto, Halperin no podía ser otra cosa que agnóstico: no creía en los fines inevitables, ni en los orígenes que imponen recorridos futuros. No creía en ningún Ser o Destino que diera fundamento a la Nación. Conocía demasiado de la historia argentina y latinoamericana para cultivar esa fe consoladora. Era un espíritu radicalmente laico, precavido por el escepticismo. Todo eso fundido en un temperamento irónico: incluso formalmente irónico, porque en cada frase dejaba al descubierto el deslizamiento inevitable del sentido hacia otros sentidos, de una hipótesis hacia otra.

Escuchaba con generosidad y atención, pero le incomodaban los acuerdos en las discusiones, como si un acuerdo mostrara que alguno de los interlocutores no hubiera avanzado lo suficiente en sus argumentos. Por supuesto, era casi imposible ganarle una discusión, aunque no renunció al acuerdo para condenar la monstruosidad del régimen militar o la inconsistencia del populismo y sus dirigentes.

La Argentina lo obsesionaba. Hasta los últimos días, en su casa de Berkeley, leyó todos los diarios, todas las noches. No puedo callar una anécdota rara en un hombre que practicaba una cortesía casi pasada de moda. En 1989, en un bar de Berkeley, frente a la Universidad, lo esperábamos dos o tres argentinos y el historiador y cientista social mexicano Enrique Semo, a quien le habíamos preguntado sobre su país. Cuando llegó Halperin, no bien se sentó y comprobó que esos argentinos estábamos hablando sobre México con su amigo Semo, dijo, como si propusiera el más natural cambio de tema: “Bueno, hablemos un rato de Argentina, que es tanto más interesante”. Y la conversación viró, si mal no recuerdo, hacia Juárez Celman.

En Berkeley, hasta el fin, su gran amiga fue la crítica cultural Francine Masiello, especializada, por supuesto, en Argentina. Hace unos meses, ella me envió la última fotografía que tengo de Halperin: pantalón claro, saco azul, un hermoso bastón sostenido en el puño izquierdo, y el brazo derecho levantado como si estuviera en medio de un argumento. La última vez que nos vimos fue en mi casa. Estaba también Graciela Fernández Meijide. Sin pensarlo mucho, quise que se conocieran esa noche. Conversamos hasta las tres de la mañana.

Lo extrañaremos y nos hará falta. Hace poco escribí una frase que él consideró ridícula. Escribí: “Halperin Donghi es un genio”. La inteligencia era una parte de su fascinación. La otra, más compleja, era la rarísima mezcla de mordacidad y benevolencia, una mezcla que parece imposible. A medida que fue envejeciendo no abandonó la ironía, pero se volvió más bondadoso. Cuando terminó la dictadura y nos visitó en los tempranos 80, dejamos de temerle y, más tranquilos, pasamos simplemente a admirarlo.


Halperin Donghi como intelectual argentino

Por Horacio González

Director de la Biblioteca Nacional, Buenos Aires

Publicado en Página 12, 19 de noviembre de 2014.       


Pertenecía al mismo tipo de problemas que afrontaban los grandes historiadores: ¿dónde poner la “muerte del rey”? Un suceso que es conmovedor en el momento en que ocurre y luego es sometido al olvido que se va despilfarrando en placas, conmemoraciones y el propio afán ceniciento de los historiadores. Ese es el tema clásico que suscitó siempre el mayor libro de renovación de la historiografía del siglo XX, El Mediterráneo en la época de Felipe II, donde Braudel coloca al final de su voluminosa investigación y escritura el fallecimiento del monarca, pues si tanto había interesado a sus contemporáneos, ahora era apenas un manojo de papeles o una lápida perdida ante lo que realmente importaba, los grandes ciclos en los que la historia amasa su tiempo real, material. Su tiempo somnoliento, en que la cultura que producen los hombres se asienta sobre moldes perezosos al cambio, pero las pasiones políticas hacen subir y caer constantemente a sus fugaces figuras. El pensamiento real que las abrigaba se ha perdido, y el historiador tiene que tratarlo como si fueran losas hundidas en la tierra, que sólo revelan un fragmento de su secreto. Se tienta con esos despojos, juega a descifrarlos y descubre que eran pequeñas criaturas que vivían en un mundo de simulaciones, finalidades frustradas, lucimientos usurpados, inútiles pasiones.

Halperin se declaró impresionado por Braudel, pero su manera historiográfica consistió en la creación de una escritura que debía fusionarse con la imposibilidad de captar el tiempo pasado, por lo tanto ella tenía que poseer los mismos arabescos, hilachas e incertezas del tiempo. Todo debía ser paradójico, contingente y cómico, pero transfigurado en una arcilla irónica que mostrara que cada momento histórico y cada personaje no tenía modo de saber lo que hacía y en qué consistía. Para llegar a esta exquisita noción tuvo que escuchar –pero pasando de largo– a sus contemporáneas compañías intelectuales, los estructuralistas, existencialistas, fenomenólogos, gramscianos, marxistas, luckascianos, semiólogos, etc., que sólo dejaban en él alguna astilla perdida, alguna palabra que reutilizaba en silencio y con cierta mordacidad, prefiriendo el concepto de “estilización” para describir algún momento erróneo en que las cosas parecían fijarse inopinadamente, pero para marchar luego a su propia agonía.

Quizá su mayor fracaso, pero ilustre fracaso, fue su escrito sobre José Hernández: en el intento de explicar por qué lo que llama un “periodista del montón” se convierte en el autor del Martín Fierro, no consigue llegar al corazón del problema artístico, aunque atina a llamar misterio y enigma a esa transformación de una escritura periodística en una indescifrable poética, resistente a su reducción a los vericuetos, aun los tan hondos, que practicó con su historia social. Más difícil es penetrar en las razones últimas de su acritud hacia notorios episodios históricos actuales o pretéritos, que se complacía en describir con ácidas viñetas, con una mortificación que –a diferencia de Martínez Estrada, al que de alguna manera se le parece– parecía una toma de partido desafiante, destinada a provocar el enojo de los que consideraba escritores presos de una demonología o de las esfinges míticas que toda historia nacional contiene. A diferencia del prudente Braudel, no puso al final de sus obras “el fallecimiento del rey”, considerando el pasado como el anticipo irónico del presente, lo que le permitió su inclemente ejercicio de prevenciones y denuestos.

Su combate por la historia, sin duda inspirado en el de Lucien Febvre, no se privó de un fino desprecio hacia leyendas que no siempre eran vanidosas o ridículas, pero lo sublimó en un tipo de narración histórica en la que se solazó con su capacidad satírica, la que sólo producen los escritores bien dotados. A su manera, fue un ensayista, y lo fue a la manera argentina, pero cambiando los modos de la estridencia por un esteticismo vitriólico, que hacía latir entre las conmociones visibles de las sociedades que estudiaba. Eso le permitió crear su estilo, donde el libelo sutil convivía con las quebradizas temporalidades del relato. Halperin participaba por igual de la tradicional historia de las ideas, de la aristocrática malevolencia de un Montaigne o del rigor para combinar vida económica y orden moral, tomado de José Luis Romero, aunque dándole si cabe un empujón más hacia el abismo, donde ya se encontraba el 18 Brumario de Marx, su modelo secreto de narratividad histórica.

Pero como hombre ligado profundamente al conservadurismo del alto linaje nacional de las academias, desdeñosas pero dolientes, se refugió finalmente en una gran melancolía de combate. Fue un intelectual argentino que todo lo tomó de una inspiración profunda para revestir tal condición: el que veía que un mundo anhelado e indefinible se iba escurriendo. Quizás un mundo imposible, donde las palabras coincidieran con los hechos. Y en ese desvanecimiento de lo argentino, se tornaba un representante ejemplar de la vida intelectual argentina caracterizada por su disconformidad con esas mismas singularidades que el país había producido. Y lo hizo en pliegos de escritura de gran suntuosidad. En ese sentido, Tulio Halperin Donghi es uno de los grandes intelectuales argentinos –como se diría hoy: un gran disidente– que mucho hereda de actitudes similares habidas en nuestro pasado nacional. No en lo ideológico de la política, no en los modos políticos de acción, pero sí en lo que lo lleva a la escritura desesperante, situada entre lo que alarma y lo que apena. Y allí podemos verlo en espejo en ciertos tramos de un Sarmiento o de un Vicente Fidel López, que llevan ese mismo sello. En Halperin no costaba descubrirlos en los tejidos internos de su labor de historiador, donde refugió su raro recelo argentino por la Argentina.

  

Tulio Halperin Donghi en la historia argentina

Por Federico Finchelstein

Director del departamento de Historia de la New School for Social Research

Publicado en La Nación, 21 de noviembre de 2014.

Nueva York.- Escribo estas líneas con profunda melancolía. La Argentina ha perdido a su pensador histórico más brillante. Aquel cuyas ideas fijaron, durante muchas décadas, los marcos de debate y producción histórica.

Tulio Halperín Donghi es el autor del libro de historia general más relevante que se ha escrito sobre América latina, y también tiene obras sobre historia europea e historiografía latinoamericana. Sin embargo, su legado más amplio es su trabajo sobre la historia de nuestro país.

Sus investigaciones sobre la independencia y la genealogía de la Argentina a través de la revolución, el faccionalismo y la guerra interna son esenciales para entender los comienzos de nuestra patria. Sus lecturas y sus obras sobre los siglos XIX y XX establecieron los paradigmas principales para pensar nuestra problemática histórica. Por ejemplo, sus incisivos análisis de los ocasos y renacimientos peronistas permiten entender con claridad este fenómeno político que para otros es difícil de explicar. Para Halperín, el peronismo se explica de forma compleja, como un universo de ideas y prácticas provenientes del mundo de entreguerras que creó una forma autoritaria y vertical de democracia con múltiples espacios de acción por derecha e izquierda. El peronismo era un elemento cambiante y no una esencia de la historia nacional. No lo concibió nunca como un factor extraño, pero tampoco como una realidad necesariamente permanente.

Su obra ha influido en todos los historiadores profesionales que trabajan sobre nuestro país. Recuerdo que cuando yo era estudiante en la carrera de Historia de la UBA en la década del noventa, todos (profesores y estudiantes) planteaban recurrentemente la necesidad de decir algo distinto que Halperín y pocos podían hacerlo. Por ejemplo, dar una nueva visión sobre la relevancia del faccionalismo en la Argentina del siglo XIX o discutir en serio su idea de que la Argentina nació como un país liberal. De todas formas, discutir a Halperín era, y es, muchas veces un ejercicio retórico más que práctico. Eso se debía, y se debe, a varias razones. Quizá la principal, más allá de sus brillantes ideas y argumentos, sea que, como ha notado hace unos días Beatriz Sarlo, sus libros presentan distintos argumentos convergentes y a veces mutuamente excluyentes. Sus hipótesis se presentan y se discuten primero en sus propios libros. Su prosa, difícil pero riquísima, no es fácil de leer, pero para los lectores los premios intelectuales son impresionantes.

En lo personal tuve la suerte de conocer bien a Tulio Halperín. Primero, como estudiante en la UBA era fácil encontrar a Tulio solo leyendo en las bibliotecas y archivos (a diferencia de muchos de nuestros profesores de entonces). A pesar de que vivía gran parte del año en Estados Unidos, cuando visitaba Buenos Aires parecía estar en todos lados (conferencias, encuentros, clases y centros de documentación). Su generosidad con los estudiantes y su jovialidad e ironía eran ejemplares. Recuerdo que en un curso semestral que dio en la calle Puán en la Facultad de Filosofía y Letras Tulio siempre insistía en no terminar la clase si los estudiantes no le hacían preguntas. Luego, como colega y amigo en Estados Unidos, pude apreciar también la generosidad de Tulio, su profundo interés en establecer diálogos con las generaciones de jóvenes historiadores. Cuando, irónico y risueño, hablaba de las fuentes, parecía como si imposiblemente los hubiera conocido y escuchado a todos, de Sarmiento a Mitre. Con el paso de los años, ya dedicado al estudio de la historia intelectual y la política del siglo XX, éste fue muchas veces el caso, desde los intelectuales argentinos que conoció o escuchó en el periodo de entreguerras a Cristina Fernández de Kirchner.

El encuentro con Tulio en el café Tolón, en la avenida Santa Fe y Coronel Díaz, su preferido, fue un ritual que compartí con muchos otros colegas de mi generación a quienes él criticaba con elevada ironía, y también aconsejaba.

Después de una invitación que le hice para una conferencia magistral en Nueva York, que se publicó este año en Buenos Aires como libro, Halperín me pidió que, si escribía el prólogo (cosa que hice), por favor fuera breve y que no lo elogiara. Esta pequeña anécdota textual es testimonio de su humildad con los lectores, pero también su humildad para pensarse históricamente en el maelstrom de la historia de la que fue "un observador participante". En aparente contradicción, durante su paso por Nueva York, Halperín dijo con ironía que la humildad nunca fue una de sus virtudes. En mi opinión, y aunque él mismo no estuviera de acuerdo, Tulio era humilde en un sentido amplio, en su forma de pensar la historia y su propio lugar en ella. Una posición para leer el pasado que a veces era testimonial y siempre era profundamente analítica. Sorprendentemente, en aquella conferencia de Nueva York también describió su propia trayectoria como típica. Lo que quería decir es que él también era producto y efecto de sus contextos, de la Argentina peronista al exilio y la vida itinerante entre la Argentina y Estados Unidos.

Tulio tenía una idea muy clara de su lugar en la historiografía, pero nunca fue ni se pensó como el dueño de la verdad. Era más bien un poderosísimo intérprete de verdades, fuentes y saberes. No tuvo aprendices, no pedía a sus colegas que aceptaran automáticamente sus hipótesis, pero sí que pensaran con él a través de su obra y su palabra. Para casi todos los historiadores profesionales fue un gran maestro. Su estilo de escritura que vincula una fina ironía con una narrativa abigarrada y llena de reflexiones de largo alcance es simplemente inigualable. Halperín no deja discípulos, pero si infinidad de lectores y amigos agradecidos.


Formas de leer a un historiador punzante

Por José Carlos Chiaramonte

Instituto Ravignani, UBA/CONICET

Publicado en Clarín, 15 de noviembre de 2014

Ha muerto un gran historiador latinoamericanista y un agudo observador de la política argentina. Su influencia en la formación de historiadores ha sido invalorable, tanto en Argentina como en el resto de Iberoamérica. Convendría aclarar que esa influencia no sólo se produjo por su labor en la docencia universitaria sino sobre todo por la calidad de su obra escrita y de las colecciones que dirigió.

Además de su estatura intelectual, de su destacada erudición, de la agudeza de su juicio crítico, de la increíble rapidez mental, poseía sólidos puntos de partida para evadir el camino fácil proveniente de solidaridades ideológicas. Esto se reflejaba en su polémica con interpretaciones dogmáticas del pasado. Sobresalía así su rechazo de visiones ingenuas que suelen interpretarlo como un conflicto entre los buenos y los malos y su incisiva crítica a la inclinación a establecer relaciones directas entre grupos económicos y tendencias políticas.

En este sentido, es reveladora una temprana declaración de principios en uno de sus primeros libros: “Los hechos históricos no serán ya explicados por una realidad esencial, sea ella natural o metafísica, sino –más modesta pero también más seguramente– por la historia misma.”

Era asimismo notable su capacidad de reunir una información actualizada sobre la historia de los diversos países latinoamericanos, compararla, y juzgar la validez de las diversas interpretaciones existentes. Y fue esa atención al conjunto de la historiografía latinoamericana la que también le permitía ahondar en la historia nacional argentina, evadiendo las limitaciones provenientes del nacionalismo historiográfico.

Es cierto que el estilo de Halperín suele complicar la lectura de algunos de sus trabajos. Como expuse en un homenaje en abril de este año, “recuerdo haber afrontado el reclamo de un alumno por lo difícil que le resultaban algunos párrafos de Revolución y Guerra, recordándole el viejo precepto de que todo autor que vale la pena merece más de una lectura … Con un padre que fue destacado latinista en la enseñanza superior en Buenos Aires, y por el hecho de haber sido bautizado como Tulio, podríamos inferir que debe haberle sido tentador inclinarse más hacia el autor de las Catilinarias que al de la Guerra de las Galias. Sin embargo, es de advertir que esa modalidad de su escritura no expresa otra cosa que la vivacidad de un pensamiento esquivo de los esquemas y ansioso de reflejar en un solo párrafo la complejidad de los acontecimientos históricos, riesgoso objetivo que algunas veces puede haberle sido difícil de obtener apropiadamente, sin por eso malograr la calidad del trabajo.”

Es este un homenaje personal proveniente de mi larga amistad con Halperín, uno de los mayores talentos de la cultura argentina de los últimos tiempos.

 Podés hacer aquí tus aportes.