El más prestigioso historiador del siglo XX, Eric
Hobsbawm, analiza el futuro de la democracia, en un mundo imperial. Al cabo de
una vida de intensa militancia, reflexiona sobre la vigencia actual del
marxismo. Su concepción de la Historia, las dificultades de una disciplina
acechada por el escepticismo y el conformismo de la permanente especialización.
Hoy, cuando cumple 90 años, reflexiona sobre el tiempo que pasó y el tiempo por
venir.
Por IVANA COSTA
Revista Ñ / Clarín - 09.06.2007
Cuando cumplió 85 años, el
historiador Eric Hobsbawm, el más reconocido intelectual marxista de la
actualidad, publicó su autobiografía, Años interesantes. Para un especialista,
interesado en sus aportes a la historiografía del siglo XX, quizás este libro
no fuera más que una colorida guía por los modos en que él fue abordando cada
cuestión —el siglo XX, la formación de la clase obrera, la tensión entre
capitalismo y revolución—; una serie de curiosidades biográficas que definieron
ciertos temas y una preferencia filosófica y política. Pero para todo lector
apasionado por el mundo en que vivimos y por los ecos remotos de su pasado
inmediato, la vida de Hobsbawm es una lectura preciosa, prácticamente única, en
la que se conjugan la tragedia familiar y la construcción personal con los
acontecimientos históricos que hicieron del siglo XX un tiempo terrible y
hermoso, una "edad de los extremos". Una pieza comparable, en su
valor literario y testimonial, a la autobiografía de Nina Berberova, a las memorias
de Vladimir Nabokov o al conjunto que forman la novela G, de John Berger, y
algunos de sus relatos breves.
Una importancia central que tiene
la narración de la propia vida, en el caso de un lúcido observador y analista
del siglo XX, es que él "estaba ahí". Nacido "en el año de la
Revolución Rusa", estaba ahí cuando se desintegró el imperio británico —se
desintegraron, al menos, los efectos simbólicos de ostentar el ejercicio del
poder gubernamental en las colonias—, y sobre todo cuando el mundo decimonónico
y sus valores cayeron derrotados a los pies de la "vida moderna" —los
propios padres de Hobsbawm: un ciudadano británico y su joven esposa austríaca,
miembros de la parte más cosmopolita de la comunidad judía de Viena, se vieron
allí hundidos en la miseria—. Hobsbawm estaba ahí cuando subió Hitler al poder
y cuando fue vencido. Cuando se desmoronó el Muro de Berlín y, con él, toda una
era de "socialismo real". Hobsbawm estaba ahí, recorriendo
Latinoamérica y siguiendo el rastro de sus movimientos insurreccionales justo
en los años que van desde la revolución cubana al surgimiento de las guerrillas
setentistas. Y estaba ahí viendo caer las Torres Gemelas de Manhattan, oyendo
cómo Washington se declaraba "único protector de cierto orden
mundial" y decretaba así la clausura del siglo XX. El 11 de septiembre de
2001, Hobsbawm estaba ahí, en una cama de hospital en Londres: "No existe
lugar mejor que ése, lugar por excelencia de una víctima en cautiverio
—escribió—, para reflexionar sobre el aluvión extraordinario de palabras e
imágenes orwellianas que inunda a la prensa escrita y la televisión". Pero
además, Hobsbawm —que hoy cumple 90, y todavía escribe artículos, publica
libros y responde largas entrevistas telefónicas— sigue estando ahí. Desconfía
de la perdurabilidad del imperio americano, señala las ingenuidades de la
utopía altermundista, piensa que es preciso ser "un historiador
escéptico" y, a la vez, esperar lo mejor del proyecto liberador del
marxismo, al que sin dudas reivindica.
—En una entrevista en Libération
decía que "hay que devolverle al marxismo su elemento mesiánico". A
pesar de que el pensamiento político (sobre todo el marxismo) aspira a
"salvar" a grandes porciones de la humanidad, la tendencia secular es
a evitar el mesianismo. ¿La utopía marxista tiene aún una oportunidad mesiánica
en este siglo?
—No en la forma en que creíamos en
ella, es decir la de una economía planificada centralmente que prácticamente
eliminaba el mercado, sino bajo la forma de un sistema deliberadamente
orientado a incrementar la libertad humana y el desarrollo de las habilidades
humanas. Creo que, así, el marxismo todavía tiene un campo de acción
considerable.
—¿Y las utopías altermundistas?
—Lo positivo es que son
anticapitalistas y han vuelto a plantear la cuestión de que el capitalismo en
su totalidad debe ser criticado. Lo negativo es cierta falta de realismo.
Respecto de la globalización, por ejemplo: se la puede controlar en parte pero
no se puede decir que se la va a revertir. Veo varias utopías en el movimiento
altermundista pero, por ahora, ninguna que sea universalmente aplicable como
las aspiraciones socialistas de los siglos XIX y XX. Mucho del utopismo
altermundista está más cerca de los viejos anarquistas, que decían: Acabemos
con el capitalismo, acabemos con el régimen malvado y después, de alguna
manera, todo resultará bien. Hay versiones políticamente más útiles: algunas
ONG aprendieron a actuar globalmente y pueden ejercer verdadera presión en
campos importantes como el ambiental.
—En su último libro, "Guerra
y paz en el siglo XXI", afirma que la democracia está rodeada de
retórica vacía: se ha convertido en un concepto incuestionable que, sin
embargo, enmascara situaciones inaceptables de injusticia. ¿Sería posible
recuperar un sentido auténtico de democracia? ¿Tendría sentido?
—La retórica vacía de la democracia
sirve de justificación a las conquistas imperiales, pero la crítica principal a
la democracia como retórica de propaganda es más amplia. En general se la usa
para justificar las estructuras existentes de clase y poder: "Ustedes son
el pueblo y su soberanía consiste en tener elecciones cada cuatro o seis años.
Y eso significa que nosotros, el gobierno, somos legítimos aun para los que no
nos votaron. Hasta la próxima elección no es mucho lo que pueden hacer por sí
mismos. Entretanto, nosotros los gobernamos porque representamos al pueblo y lo
que hacemos es para bien de la nación". Una crítica: la democracia queda
reducida a una participación ocasional en las elecciones, porque oficialmente
en una democracia uno no está autorizado a emprender otras acciones políticas
que no sean las legítimas y pacíficas.
—Varios politólogos franceses
piensan mejorar la democracia fortaleciendo el debate institucional.
—Sí, pero mi objeción es mucho más
amplia: no digo únicamente que la democracia no puede quedar reducida sólo a
las elecciones, tampoco puede quedar reducida al debate. Lo que el pueblo hace
y es debe influir en el gobierno, de formas variadas. Su influencia no puede
quedar reducida a una forma particular de constitución. Por otra parte, muchos
problemas del siglo XXI escapan al marco de los estados nacionales. La
democracia existe sólo dentro de los estados nacionales así que, nos guste o
no, tenemos que encontrar otras formas de abordar problemas globales. Es
difícil de saber cuáles van a ser porque, hasta ahora, nada reemplazó a los
estados.
—Cuando habla de "pueblo"
piensa en movimientos sociales, los de Argentina, por ejemplo.
—Por supuesto. Cualquier movimiento es sumamente importante, siempre que el
gobierno tome en cuenta la opinión del pueblo.
—Usted estudió la forma en que,
históricamente, muchos movimientos perdieron eficacia al convertirse en usinas
de clientelismo, usados por el populismo.
—"Populismo" es un término que se usa en sentido demasiado general.
La mayoría piensa que el populismo está asociado a la derecha política pero
también puede estar asociado a la izquierda o al centro. "Populismo"
simplemente quiere decir gobiernos que tratan de hablar directamente con la
gente; lo pueden hacer con diferentes propósitos. Perón era populista en un
sentido y Chávez, en otro. No diría que necesariamente el populismo como tal
debe ser aceptado por completo o rechazado. La esencia de la democracia es que
el gobierno tiene que tomar en cuenta lo que el pueblo quiere y no quiere. No
hay ningún mecanismo eficaz para hacerlo: el gobierno representativo no es muy
eficaz. A veces funcionan mejor la prensa o los movimientos directos.
—¿Tiene futuro la
"multitud" entendida como sujeto político, tal como piensa Toni
Negri?
—Debo decirle que no soy un gran admirador de él. No tengo muy buena opinión de
Negri. Y creo que el término "multitud" es demasiado general. Hay que
definir qué se entiende por "multitud". Se la podría estructurar por
clases, por nacionalidad o de otras formas, pero decir "multitud" no
nos lleva muy lejos.
—El concepto de "clase
social" también fue objetado (Philip Furbank lo atacó sociológica e
históricamente). ¿En qué cifraría la importancia política del concepto de
clase?
—Es un concepto que de hecho se mantiene. Cualquiera que analice resultados
electorales verá que se los descompone por clase, sección y nivel de educación
(hoy día esto también significa clase). Hoy la política no está dominada por
movimientos conscientes de que representen una clase, pero eso no significa que
la clase haya dejado de ser importante. Algunas clases son hoy menos relevantes
(la clase industrial trabajadora) pero eso no quiere decir que las clases hayan
dejado de existir. Es un gran error subestimar la importancia de la clase. Y es
un gran error suponer que una clase representa a las otras.
"El 8 de febrero de 1929, a
última hora de la tarde, al regresar de una de sus cada vez más desesperadas
idas y vueltas a la ciudad en busca de dinero, fruto de su trabajo o de algún
préstamo, mi padre cayó fulminado delante de la puerta principal de casa". Así narra Eric Hobsbawm el más directo impacto
de la Depresión en su memoria de 12 años. Dos años después iba a morir su
madre. Pero hasta entonces, la extrema vulnerabilidad en que se hallaba su
familia le había resultado casi inadvertida. El primer indicio de "lo
dura que era la situación"
lo había tenido —cuenta— luego de mostrar la lista de libros que pedían sus
profesores del secundario: entre ellos el costoso Atlas Kozenn. "¿Es absolutamente
imprescindible que lo tengas?", se había alarmado su madre. El libro
finalmente se compró, pero —escribe Hobsbawm—: "la sensación de
que en esa ocasión se había hecho un sacrificio importante siempre me
acompañó". En su biblioteca, Hobsbawm conserva el viejo Atlas
Kozenn un poco maltrecho y lleno de dibujitos en los márgenes. Dice que todavía
lo consulta. Su obra, que abarcó el mundo entero en transformaciones sucesivas,
quizás haya sido una forma de reconocer el valor de aquel sacrificio.
Ese mundo, que de nuevo se
transforma mientras avanza la globalización capitalista, no verá desaparecer
las unidades políticas reconocibles. Por ahora, al menos —afirma Hobsbawm—, no
verá desaparecer los Estados nacionales. "La globalización
debilitó muchos poderes del Estado. Hay una tendencia a globalizar la economía,
la ciencia, las comunicaciones, pero no a crear grandes organizaciones
supranacionales. Muchos Estados son irrelevantes o existen en función de la
globalización (viven del turismo o como paraísos fiscales), pero hay cinco o
seis que determinan lo que pasa en el mundo, y otros, más chicos, son
importantes porque imponen límites a la globalización. La globalización
capitalista, por ejemplo, insistía en el libre movimiento de todos los factores
de la producción —dinero, bienes—, sin restricción y por todo el mundo. Pero la
mano de obra es un factor de la producción que no ha instaurado el libre
movimiento, y una de las razones es política (los Estados no lo permiten porque
podría crear enormes problemas políticos a nivel nacional). El Estado no está
desapareciendo; coexiste con la globalización, o sea, con un puñado de
corporaciones, pero no desaparece."
—El proyecto de Unión Europea,
dice, es todavía dudoso. ¿Cuáles son los aspectos más dudosos?
—No hay una identidad europea. En la UE, las decisiones las toman los gobiernos
nacionales; las elecciones, incluso las europeas, se llevan a cabo en términos
de política nacional. La expansión de la UE a 27 Estados lo hace aún más
evidente: no creo que tenga futuro como Estado federal único y, hasta que no lo
tenga, no tendrá un electorado efectivo ni será la base efectiva de la
democracia. Eso no quiere decir que sea una mala organización. Al contrario,
parece buena.
—Una grandeza económica.
—Económica y algo más: ha logrado establecer ciertos patrones comunes en
materia de leyes aceptadas como superiores a las leyes nacionales de los
Estados. Quizá lo más cercano a una federación.
—La UE acaba de sancionar una ley
que castiga a quien niegue el Holocausto. Usted estuvo en contra del juicio al
historiador David Irving (acusado de negar la "solución final"):
"La misma expresión —dijo— pertenece a una era en la que la condena moral
reemplazó a la historiografía". ¿Qué opina de esta ley?
—No creo que se pueda establecer o negar la verdad histórica por medio de la
legislación. Fue un error sancionar leyes que consideren un delito negar el
Holocausto, y es un error de los franceses tratar de promulgar una ley sobre el
genocidio de los armenios, y fue un error del gobierno de Chirac insistir en
que hay que enseñar que el imperio francés fue positivo. Es la opinión general
de los historiadores profesionales no hace falta aclarar que difícilmente
tengamos simpatía alguna por los nazis o la masacre de los armenios por los
turcos. Sólo que ésa no es la manera de establecer la verdad.
—Usa un ejemplo futbolístico para
señalar diferencias entre los EE.UU. y el antiguo imperio británico. ¿Le gusta
el fútbol?
—No soy fanático pero todos somos parte de una cultura futbolística. Lo que
digo es que hay un conflicto básico entre la lógica del mercado, una lógica
global, y el hecho de que las emociones de la gente están atadas al equipo
nacional. Por un lado, los clubes y la competencia entre los principales clubes
de los principales países europeos son los que dan el dinero. Pero allí no hay
nada nacional (como sabe, hubo un momento en que mi equipo, el Arsenal, no
tenía prácticamente ningún jugador nacido en Inglaterra). Para estos grandes
clubes, las selecciones nacionales son una distracción. No les gusta prestar a
sus jugadores para que entrenen con sus selecciones. Pero las selecciones
nacionales tienen que entrenar. Por lo tanto, para los clubes —empresas capitalistas,
naturalmente— la selección nacional es una distracción y sin embargo no pueden
prescindir de ella porque lo que mantiene al fútbol en funcionamiento es la
competencia internacional.
—Esa distracción y las tensiones
que plantea son un atractivo mayor. Los partidos no serían tan intensos si no
estuvieran esas emociones en juego.
—Sí. Y en muchos sentidos, muchos países que antes no tenían identidad, como
algunos de Africa, adquieren identidad a través de esto. Porque es más fácil
imaginarse como parte de una gran unidad a través de once personas en una
cancha que a través de abstracciones.
—¿Cómo influyen las emociones en su
oficio de historiador?
—El historiador tiene que ser infinitamente curioso; tiene que poder imaginar
las emociones de personas que no se le parecen. No se puede llegar al fondo de
un período histórico si no se trata de averiguar cómo era. Alguien dijo una
vez, muy acertadamente, que el pasado es otro país. Los historiadores son, de
alguna manera, escritores, novelistas: tienen que imaginar pero no pueden
inventar, deben guiarse por los hechos. Y el historiador tiene sus propios
sentimientos pero ellos no deben interferir con las pruebas. En este sentido,
el gran modelo es el francés Marc Bloch. No sólo era un maravilloso
historiador: en su primer gran libro también imaginó una sociedad que creía que
el rey estaba en contacto directo con el Cielo y que, por eso, la mano del rey
podía curar sus males. Bloch tenía sus propias emociones, se unió a la
Resistencia y murió a manos de los alemanes durante la Guerra. No era en
absoluto una persona neutral.
—El historiador no inventa los
hechos, pero descubre —en los textos, en los documentos, en el análisis— cosas
que estaban allí y nadie había visto. "Descubrir" e
"inventar" son palabras muy próximas, aun etimológicamente. Descubrir
o inventar el Big Bang ¿no es lo mismo?
—Creo que los historiadores comienzan con ciertos problemas que surgen de cómo
han sido criados, cómo piensan, etc. No llegan a la historia como cámaras que
sólo filman (hasta las cámaras deben ser dirigidas hacia algo). Y además, los
historiadores producen algo definitivo, permanente. No se pueden discutir las
pruebas; sí las interpretaciones. Alguno cree que Elvis Presley no murió: está
equivocado. Quien niega el Holocausto está equivocado. De allí partimos. Qué
piense usted de Elvis, cómo interpreta el Holocausto, hay infinitas discusiones
posibles.
—¿Su concepción de la historia
cambió en todos estos años?
—Básicamente no ha cambiado.
—Trabaja con el tiempo: ¿alguna vez
pensó qué es el tiempo?
—Bueno, ahora pienso que tenemos que expandir nuestros horizontes por fuera de
la vida humana. La humanidad abarca una pequeña porción de la historia del
mundo, siguiendo patrones astronómicos o incluso geológicos. La agricultura se
inventó hace quizá 10.000 años. Pero uno debe tratar de ver el cuadro completo.
Uno de los grandes aciertos de Marx fue tratar de ver el desarrollo completo de
la raza humana en perspectiva, desde que salió de las cavernas hasta el
desarrollo de las sociedades. Eso no significa que uno no se pueda concentrar
en períodos más breves. De hecho, uno debe hacerlo: los antropólogos solían
entrenarse haciendo trabajo de campo sobre un determinado pueblo, y los
historiadores se entrenan eligiendo determinado tema. Pero hoy el gran peligro
de la historia es la excesiva especialización y que se enseñe la historia no
como un progreso general de la especie humana sino como una serie de retazos
elegidos según un criterio cualquiera. Y es muy importante que los
historiadores se comuniquen, que escriban para que se los pueda entender, no
sólo para otros especialistas.