domingo, 7 de septiembre de 2014

Lojo: abordaje literario a la historia de los '70 en Argentina

Por: Matías Méndez
Especial para Infobae, publicado el 7 de septiembre de 2014

La novelista María Rosa Lojo habló con Infobae sobre su nuevo libro "Todos éramos hijos", una historia de iniciación que indaga sobre el impacto de los cambios religiosos durante los años previos al golpe de Estado. "No todo fue militancia, había que seguir viviendo", afirmó

La literatura argentina entregó muchas páginas a la década del 70. Sin embargo, no fueron tantas las que eligieron una voz narradora que mire desde una adolescente sin compromiso con la militancia. María Rosa Lojo se para desde ahí y, como lo hizo en Arbol de familia, mira hacia su propio pasado. En esta ocasión, para componer a Frik, una joven introvertida, solitaria y reflexiva que pasa ese momento crítico de la vida que es la adolescencia durante los años previos al Golpe de Estado que abrirá el negro período de la dictadura militar. Frik es la protagonista de la última novela de Lojo, "Todos éramos hijos", que Sudamericana distribuye por estos días.

Frik estudia su último año en un colegio católico de Castelar que sufrirá cambios profundos a la luz del Concilio Vaticano II y la cumbre de Obispos de Medellín de 1968: monjas y curas jóvenes abandonan el Convento para ir a vivir a los barrios, al mismo tiempo que docentes y alumnos se suman a la militancia que en poco tiempo se convertirá para algunos en guerrilla armada.

Las discusiones entre padres antiperonistas e hijos que abrazan la lucha mientras esperan la llegada del viejo líder; la naturalización de la violencia y la vida cotidiana en las familias de clase media que son testigos y actores de cambios vertiginosos en muy pocos años; las dudas de una adolescente que ve a su lado como los cambios políticos se hacen carne en sus amigos mientras conversa con su padre, un militante republicano que llegó de España escapando de Franco y que ve en Perón la misma cara del que lo arrancó de su tierra; son algunas de las escenas que María Rosa Lojo narra con la dulzura de quién escribe algo que durante muchos años mantuvo guardado para esperar el momento preciso de darlo a conocer. Se trata de su propia historia y también de los poemas que abren cada uno de los actos de la novela y que la autora guardaba desde aquellos años en que decidió ser escritora.

En esta entrevista con Infobae, Lojo habla sobre los primeros años de la década del 70, del cambio que produjo en la Iglesia la Teoría de la Liberación y de por qué decidió que su compromiso social estaría dado por la escritura.

-¿Junto con Arbol de familia, este es su libro más personal?

Arbol de familia y esta son novelas de la memoria en las que por supuesto estoy muy involucrada, no sólo como persona sino como sujeto colectivo. El libro está escrito desde ahí pero no para mostrar esa generación o esa familia como bloques monolíticos, sino todo lo contrario: para mostrar la dimensión existencial profunda que tuvieron los conflictos que vivimos y lo que nos costó a muchos llegar a crecer. Algunos quedaron en el camino porque ese proceso de crecimiento les costó la vida.

-El libro tiene la particularidad de abordar algo diferente a lo que escrito acerca de los setenta: la vida cotidiana de alguien que no es militante política pero que tampoco es ajena a ese mundo. ¿Esa fue la intención?

El personaje de Frik, que es la mirada narradora, es un personaje reflexivo por antonomasia, lleno de perplejidades, dudas y vacilaciones y justamente por eso no se puede reflejar como otros en las certezas. No lo digo en un sentido despectivo porque son opciones. Algunos amigos de Frik, a los que ella quiere mucho, toman esas opciones como mucho coraje y, de alguna manera, también son refugios contra la intemperie y la incertidumbre de la vida. Ella duda del sentido mismo de la vida y elige seguir viviendo. En efecto había una vida cotidiana en los 70, era un mundo cruzado por la violencia en donde además había una aceleración histórica impresionante. Del 70 al 76 ocurrió de todo en Argentina.

-Son años en los que pasa de todo.

Pasa de todo y mientras tanto había que seguir viviendo. Eso nos ocurrió a los que transitamos esa época siendo muy jóvenes. Había una vida cotidiana y había que seguir en la lucha por las cosas que construyen la vida común. No todos fueron militantes, no todos fueron militantes armados y muchos se dedicaron a trabajar y estudiar dentro de sus posibilidades, esperando a ver si los tiempos mejoraban y si era posible hacer un cambio que todos querían, aunque no todos eligieran la misma manera.

-¿El repudio a la violencia estaba presente o era algo mal visto?

Estaba naturalizada la violencia. No sé si uno se había acostumbrado a que la violencia política ocurriera diariamente pero en mucha gente había un cansancio. Cuando a la violencia política se suma el desmanejo de la economía y el derrape de la orientación del país, se crea una especie de clima propicio para que se geste el golpe militar. Mucha de la gente adulta lo acepta en un principio. Hoy vemos a la dictadura con el diario del lunes pero antes que eso sucediera y con una figura que había sido tenebrosa como López Rega y otra inoperante como Isabel Perón, hay en una franja importante de la sociedad una cierta aceptación del golpe de Estado.

-En la novela queda planteado y dice: "No se imaginaban que la violencia podía ser aún peor".

Eso fue una sorpresa atroz para la Argentina. El tipo de violencia que practicó el llamado Proceso fue inédita, fue algo que excedía todo el imaginario de la violencia en Argentina.

-El escenario es el Sagrado Corazón de Castelar en donde usted se educó. ¿Esa educación religiosa estaba muy influenciada por el clima del Concilio Vaticano II? ¿Cómo repercutía eso en los religiosos y en los alumnos?

Fue un giro muy importante. Era un colegio ceremonioso con monjas que en sus cofias tenían canutillos como en el siglo de oro y en donde había un rito de premios semanales y cosas muy graciosas vistas desde ahora. Ese mundo desaparece con el Concilio, que instala la urgencia de ocuparse de los más necesitados. Miembros de la congregación abandonan la morada conventual que estaba dentro mismo del colegio y se van a las zonas periféricas a convivir con la gente común. Algo similar hacen seminaristas y curas jesuitas que pasaron por mi escuela.

-Es un compromiso muy fuerte y que se expresa en cuestiones concretas.

Se comprometen de una manera práctica y concreta con la vida cotidiana de los pobres. Los cambios eran tan grandes, por ejemplo la misa se deja de decir en latín. Hay en sacerdotes, seminaristas y en la gente joven la percepción de que ese cambio se hará carne en la sociedad. Que va a dejar de haber pobres en un futuro inmediato. Cuando el retorno de Perón no parece colmar estas expectativas y se ve la distancia entre realidad y deseo, es cuando parte de esta generación que se ha comprometido profundamente opta por pasar a una acción clandestina porque ven que no lo pueden lograr de otra manera. Muchos lo hacen desde la fe católica.

-¿En ese clima de la Iglesia se estaba gestando el Papa que iría a asumir cuarenta años después?

Sí. No conozco al Papa personalmente, pero sé que algunos de los jesuitas que traté en aquella época sí lo conocieron. Es más, uno de ellos, Leandro Pastor, a quién menciono especialmente porque le estoy muy agradecida por el material que me acercó, fue compañero del Papa en el seminario y ahora lo fue a ver a Roma. Fueron momentos muy complicados, en el que finalmente la teología de la liberación terminó dando un paso atrás porque no fue la tendencia dominante en la Iglesia posterior, pero la semilla quedó. Eso fructifica en manifestaciones como por ejemplo el movimiento de curas villeros y el trabajo que hacen hoy en los sectores más desposeídos.

-¿Hay alguna relación entre ese compromiso de fe y el hecho de que parece no importar si en la lucha se pierde la vida? Lo digo pensando en el valor cristiano de la trascendencia después de la muerte.

La cercanía la veo en la imitación de Cristo, que se había inmolado por los demás. Incluso en el revolucionario ateo está esta idea de que el buen revolucionario se inmola por la comunidad y que no importa si su generación recoge sus frutos porque la próxima lo hará. Esa idea estaba y en algunos casos la han dejado escrita. Recuerdo las palabras de alguien a quién conocí que llega a decir en una carta a su mujer y su hija que era chiquita, "que importa que pierda la vida si todavía hay chicos en el mundo que pasan hambre, mi vida no tiene ningún valor frente a esto". Son palabras que se asumieron.

-Sobre el final del libro, uno de los protagonistas dice "ninguna sociedad cambiaría sin las personas comunes". ¿Es esa una de las claves de su novela?

Sí, creo en los cambios paulatinos, continuados y sostenidos en el tiempo. Si todas las personas comunes nos comprometiéramos desde la acción civil pacífica para lograr un cambio en la sociedad, el cambio se daría. Es muy difícil conseguir este consenso. Si todos nos comprometiéramos a hacer lo que podemos en nuestro lugar y en un sentido hacia la misma dirección, por ejemplo terminar con la inequidad y lograr una mejor educación, seguro la sociedad cambiaría. Esa fuerza no se puede comprar ni reemplazar por nada.

-Usted también expone otra discusión de la vida cotidiana de los setenta que es el debate entre lo hijos seducidos por el peronismo y sus padres de clase media antiperonistas. ¿Usted también lo vivió?

Lo viví desde otro lado, un poco en como lo vive la protagonista Frik con su padre, un republicano que había combatido en la guerra civil española, que ha perdido su país y la tierra propia, pero nunca la identidad. Para el padre de Frik, Perón es una figura más cercana al fascismo y a Franco que al socialismo por el cuál él había luchado. Intenta transmitirle esa desconfianza que la inspira la figura de Perón a uno de los amigos de Frik, Esteban Milovich, que es el que se compromete con la militancia armada. La clase media argentina de los padres de aquel tiempo eran en buena parte antiperonistas.

-Usted alguna vez se definió como "exiliada hija". ¿En la relación de la protagonista con el padre está reconstruida su propia relación?

Sí, fue así en mi vida. Mi papá era una persona bastante solitaria en la vida que llevó en Argentina. Trabajaba como un burro de sol a sol y se dedicó a su familia. No siguió con su militancia pero no había abandonado sus ideas. Creo que encontró en mi a alguien con quién podía hablar de esas ideas porque con la familia de mi mamá era más complicado discutir de este tipo de cosas. Toda esa carga de haber sufrido la pérdida de la tierra mis padres la vivieron cada uno a su manera. Ninguno de ellos renunciaba al sueño de volver a España, a tal punto que yo durante mucho tiempo no me terminaba de sentir argentina, era como que la vida había quedado en suspenso y estábamos en una sala de espera. Todo eso está en esta novela, esa sensación de pérdida y de añoranza. También de pesimismo y de soterrado temor hacia todo lo que oliera a autoinmolación. Creo que es una de las razones, aparte de mi carácter y mi personalidad, por las cuáles eso no me tentó. De alguna forma era como si la generación de mis padres ya lo hubiera agotado. Se habían quemado en ese fuego. No sin culpa que la siento hasta hoy, la culpa de los sobrevivientes que es una culpa social muy fuerte. Sobreviviente de una familia que había sido diezmada por una guerra civil y también sobreviviente de una generación que fue diezmada por otro tipo de conflicto en Argentina. No sin esa culpa, finalmente acepté que mi manera de servicio a la sociedad era escribir los libros que escribo.

-En la historia de la inmigración del siglo XX en Argentina está la sensación de historias no cerradas y que están simbolizadas en los viajes de nietos y bisnietos para buscar la casa de sus abuelos en Europa.

Sí, totalmente, porque las familias no acaban con la generación que está viva. Tienen raíces profundas en el tiempo y uno es un eslabón de la cadena y necesitamos sentirnos en la cadena para poder reanudar nuestra historia y ordenar también la cadena.

-Usted hablaba de su compromiso y en la novela hay una línea en donde creo queda plasmada su convicción. Es cuando dice de Frik "ahí supo que el pensamiento siempre se escribía mejor bajo el modo de la ficción".


Estuve dudando entre Filosofía y Letras y después pensé que nunca iba a poder hacer pensamiento puro, sistemático, aunque no necesariamente la filosofía tiene que ser sistemática. Lo mío era otra cosa: la vida encarnada. Y que en esa vida, en situaciones concretas y mediante una imaginación creadora, era lo que podía desplegar y desarrollar y que también estaba cargado de pensamiento. Los referentes que tengo son autores que han creado obras cargadas de pensamiento y de poder simbólico. Esa capacidad del golpe simbólico que tiene la literatura es admirable y no es reemplazable por otra cosa.


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lunes, 28 de julio de 2014

El principio del fin de toda una época

A cien años de la gran guerra.
El 28 de julio de 1914, con el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo,se encendía la mecha de un conflicto bélico en el que la humanidad perdió las ilusiones de un progreso ineluctable.
Por Andrés Reggiani
publicado en La Nación, 28 de julio de 2014.
Ninguna otra guerra puso fin a toda una época de una manera tan abrupta y profunda.
En la primavera de 1914, la mayoría de los líderes políticos de Europa buscaron de manera deliberada o se resignaron a una solución militar que pusiera fin a la tensión acumulada por las sucesivas crisis internacionales que se habían sucedido de modo intermitente desde fines del siglo XIX. Ninguno, sin embargo, supo prever las repercusiones de las decisiones fatídicas tomadas en las semanas que siguieron al atentado de Sarajevo. Todos daban por descontada una guerra entre el imperio austro-húngaro y el reino de Serbia, lugar donde se concibió el plan y organizó la logística para asesinar al archiduque Francisco Fernando. Pero habida cuenta del sistema de alianzas y de la voluntad expresada por algunos líderes de honrar los compromisos adquiridos con sus respectivos aliados -la garantía del presidente francés Poincaré al zar Nicolás II, el "cheque en blanco" del emperador alemán Guillermo II a su par austríaco- pocos se hacían ilusiones de que el conflicto quedaría limitado a su órbita regional.
Churchill dijo una vez que los Balcanes producían más historia de la que podían consumir. Tras dos cruentas guerras (1912-1913), esta región montañosa (ése es el significado del término balkan en turco) arrastró al resto del continente a una conflagración sin precedentes. Cuando las armas se silenciaron a las 11 de la mañana del 11 de noviembre de 1918, Europa era apenas reconocible: los imperios ruso, austro-húngaro y otomano -los Estados más antiguos de la época- se habían derrumbado como castillos de naipes. En su lugar había surgido una madeja de Estados sostenidos por los vencedores como un "cordón sanitario" capaz de contener el revanchismo alemán y el comunismo ruso. Sin embargo, el nuevo orden mundial que resultó del intento de conciliar las consideraciones estratégicas de las potencias y el principio de autodeterminación nacional de los nuevos Estados llevaba las semillas de su propia destrucción. Los tratados de paz impusieron condiciones severas -aunque no irrazonables- a los vencidos, pero no previeron los mecanismos para que éstos las cumplieran. En Medio Oriente, el reparto de las antiguas posesiones otomanas entre Francia y Gran Bretaña abonó el terreno para las discordias étnicas que asolarían la región hasta el día de hoy. Lejos de apaciguar los nacionalismos, la guerra los exacerbó. En los países vencidos, como Alemania -y en los vencedores que se consideraron injustamente tratados, como Italia y Japón- el resentimiento alimentó un espíritu de desquite que socavó las frágiles democracias y condujo a una nueva guerra.
En 1914 se inició una "era de los extremos", para usar la expresión de Eric Hobsbawm. Los beligerantes se lanzaron a una guerra total e ilimitada cuyo único resultado posible era la sumisión del adversario. Al fracasar todos los intentos de poner fin a la guerra asestándole al enemigo un golpe devastador, el equilibrio militar obligó a sustituir la doctrina suicida de la ofensiva (la guerra de movimiento) por la estrategia del desgaste (la guerra de posiciones y la asfixia económica). Esta estrategia prolongó la contienda e hizo necesaria la movilización de toda la sociedad. Estado e industria forjaron una alianza que ya no se disolvería y que más tarde se conocería como el "complejo militar-industrial".
La "guerra total" fue una innovación alemana, hija de la necesidad. Aunque el concepto fue acuñado por el general Eric Ludendorff después del conflicto, la idea de coordinar la producción y suministro de recursos estratégicos ya se había puesta en práctica con la creación de la Oficina de Materiales de Guerra (1916), a cuyo frente fue designado el sagaz director de la Sociedad General de Electricidad (AEG), Walther Rathenau. Fue el primer experimento moderno de dirección centralizada de la economía.
Todos los gobiernos recurrieron a la desinformación y el engaño a fin de mantener una moral que la prolongación de la guerra comenzaba a minar. La demonización del adversario transformó la guerra en una cruzada ideológica del bien contra el mal, la civilización -o la cultura- contra la barbarie. Las consecuencias de la propaganda antialemana se hicieron sentir de manera perversa durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los servicios de espionaje angloamericanos descartaron las primeras informaciones sobre los asesinatos en masa de judíos como puras fabricaciones de la resistencia antinazi. Al mismo tiempo se introdujeron mecanismos de censura que dieron a los gobiernos facultades ilimitadas para controlar la información y las ideas, y cuyas repercusiones se harían sentir hasta la actualidad: el año pasado el gobierno norteamericano sacó a relucir una antigua ley de 1917 para justificar su política en los casos de Chelsea Manning y Edward Snowden.
La guerra total alteró el carácter cuasi artesanal que hasta entonces había tenido la tecnología bélica. Hizo a las armas convencionales (la artillería) más devastadoras, y estimuló el desarrollo de otras nuevas. Algunas fueron inicialmente recibidas con escepticismo (el tanque), otras con curiosidad (el aeroplano). Hubo una cuya sola mención generaba terror. La tarde del 22 de abril de 1915 los alemanes escribieron una nueva página en la historia de la guerra al lanzar sobre las tropas enemigas, desplegadas en el frente belga de Langemark , 170 toneladas de cloro gaseoso. Esta sustancia actuaba como un poderoso irritante de los ojos y las vías respiratorias, y en altas concentraciones provocaba la muerte por asfixia. El ataque dejó un saldo de 1200 muertos y 3000 heridos, pero su efecto principal fue psicológico: al ser más pesado que el aire, el gas se depositó en las trincheras y los soldados las abandonaron presas del pánico, exponiéndose al fuego enemigo. Aunque sólo el 4% de las bajas de toda la guerra fue obra de las armas químicas, la ciencia (el Instituto Kaiser-Wilhelm, antecesor del actual Max Planck) y la industria (las empresas BASF, Bayer y Hoetsch) habían dado un salto cualitativo al desarrollar un agente químico que atacaba la atmósfera -en lugar de los cuerpos, como las armas convencionales- privando al adversario del medio esencial para la vida. El filósofo Peter Sloterdijk llamó a esta nueva metodología bélica "atmoterrorismo". La movilización de todos los estratos de la sociedad aceleró cambios que se venían anunciando desde fines del siglo anterior, muchos de ellos auspiciosos. Con el colapso de los imperios continentales -alemán, austro-húngaro, ruso y otomano- los pueblos de Europa central y suroriental iniciaron su primera experiencia democratizadora. Éste es uno de los motivos que hicieron difícil una conmemoración colectiva que reuniese a todos los miembros de la Unión Europea: en algunos de ellos -especialmente en el Este y Sudeste- la contienda es recordada como el acontecimiento que hizo posible la autodeterminación nacional; en cambio, en otros, como Francia y Gran Bretaña, la contienda es sinónimo de un gran trauma colectivo. El efecto emancipador de la guerra también se hizo sentir en otras esferas: la extensión del sufragio a las mujeres en los países donde ya existía un movimiento sufragista de importancia y la erosión del orden colonial en el mundo árabe y Asia.
Pero en 1914 también murieron las ilusiones sobre el progreso como destino ineluctable de la especie humana. Las grandes matanzas en los campos de batalla y las atrocidades contra poblaciones civiles, aun cuando fueron una pálida muestra de catástrofes por venir, revirtieron una tendenciahacia la generalización de pautas asociadas con lo que llamamos una sociedad "civilizada". Los "cañones de agosto", para citar la ya clásica obra de la historiadora norteamericana Barbara Tuchman, marcaron el retorno de la barbarie, es decir, de la ruptura de los sistemas de normas y conducta moral a través de los cuales las sociedades regulan las relaciones entre sus miembros, y entre éstos y los de otras sociedades. En 1914, Europa cruzó un Rubicón, un umbral del cual ya no habría retorno, porque el fin de la guerra en 1918 no trajo la paz, sino una larga tregua tras la cual aguardaban desgracias aún peores.


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domingo, 13 de abril de 2014

Entrevista a Laclau


Página 12, Buenos Aires
Por Martín Granovsky
Vive en el Reino Unido, donde despliega su vida académica desde los años ’60, pero viaja cada vez con mayor frecuencia a la Argentina. Esta vez presentará un nuevo número de la revista que dirige, Debates y combates, y el martes dará una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras. Nacido en Buenos Aires en 1935, Ernesto Laclau contó a este diario algunas claves de su formación y accedió a una entrevista donde dejó en claro sus antipatías, sus afinidades y sus indiferencias.
Con ocasión de su fallecimiento en abril de 2014, ponemos a disposición de los lectores del blog esta entrevista.
–Mi padre era radical yrigoyenista –relató Ernesto Laclau sobre Ernesto Laclau–. Fue el jefe civil de la sublevación radical frustrada contra (el presidente de facto) José Félix Uriburu en 1931 y tuvo que exiliarse en Uruguay. Volvió a ingresar al país para participar del levantamiento de (el ex edecán de Yrigoyen, Gregorio) Pomar en Corrientes, que también fracasó. Volvió a escapar. Los periódicos lo llamaban Doctor Polvorosa. Regresó al país en el ’32 cuando volvió el régimen constitucional. Estuvo muy cerca del forjismo y mantuvo una gran amistad con varias de sus figuras. Fue íntimo amigo hasta el final de su vida de Arturo Jauretche.
–¿Su padre se hizo peronista después, como otros dirigentes de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina?
–Nunca se hizo peronista. Pero mi padre tampoco era un gorila al que se le salieran los pelos por las orejas. Siguió manteniendo sus relaciones con muchos del forjismo que entraron al peronismo. Para mí eso resultó muy formativo.
–¿Qué fue lo formativo?
–Mi padre era un hombre de una gran cultura. Podía hablar sobre muchísimos temas y tenía una gran amplitud de espíritu para hablar con personas de orientaciones diferentes. Y eso en loa años formativos de uno es muy importante. Recuerdo haberlo acompañado a Jorge Abelardo Ramos a conversar con él y se llevaron muy bien. No había ya, evidentemente, afinidades ideológicas. Pero se dio una continua relación intelectual y de intercambio de ideas.
–¿La suya era una casa con mucha discusión política?
–Sí. Me acuerdo siempre de una historia. Cuando éramos adolescentes, un día durante un almuerzo mis hermanos y yo discutíamos con mi padre sobre todo lo humano y lo divino. Y se escucha la voz de mi madre: “En esta casa las ideas sobran. Lo que falta es plata”. Mi padre era abogado. Durante el gobierno de Arturo Illia fue embajador en Dinamarca. Militante en el radicalismo toda su vida.
–Usted no se hizo radical.
–No. Entré en 1958 al Partido Socialista Argentino, que a comienzos de los ’60 empezó a dividirse en varias fracciones. Entonces quedé en el Partido Socialista Argentino de Vanguardia y estuve allí durante el poco tiempo que duró unido. Me fui por desacuerdos políticos a fines del ’62 y formamos en la Facultad de Filosofía y Letras el Frente de Acción Universitaria. A fines del ’63 hubo una confluencia de nuestro movimiento con el Partido Socialista de la Izquierda Nacional que había fundado Jorge Abelardo Ramos. Entré al PSIN, que consiguió una especie de cooptación. También entró conmigo Ana Lía Payró, que como yo pasó a formar parte de la mesa nacional del PSIN. Durante varios años fui director de Lucha Obrera, el semanario del partido. En el ’68 varios nos separamos no tanto por la ideología sino por la forma en que el partido operaba. Sobre eso yo tenía crecientes desacuerdos.
–¿A qué se debían los desacuerdos?
–El partido era sumamente leninista en sus formas de organización. Recuerdo haber tenido una conversación con Ramos cuando me estaba yendo. Le dije: “Abelardo, el partido está dentro en un clima histórico en que se está dando una centralidad creciente de lo nacional popular. Es un proceso imparable. Lo que no está claro es quién va a ocupar el lugar central en ese proceso. Lo peor que le puede ocurrir al país es que esa centralidad sea ocupada por la guerrilla, porque eso va a llevar a un baño de sangre”. Claro, nunca pensé que iba a ocurrir a tal punto lo que ocurrió después. También le dije a Ramos que había que descargar al partido de determinantes ideológicos no esenciales, porque si no íbamos a terminar siendo una especie de secta separada de las orientaciones generales que llevan a la gente a tomar decisiones simples, más simples que las elaboradas después de discusiones sobre lo que ocurrió en cada etapa de la Revolución Rusa.
–¿Qué le contestó Ramos?
–Lo recuerdo: “Somos la vanguardia del proletariado argentino y tenemos que educar a la clase obrera con la mano peluda del marxismo-leninismo”. Nos fuimos del partido convencidos de que lo nacional popular era y sería absolutamente central. Por eso mi afinidad con Arturo Jauretche, más allá de que fuese amigo de mi padre. Lo frecuenté todo el resto de su vida.
–Se murió en 1974 y a su velatorio fueron muy pocos. ¿Por qué?
–Jauretche murió en el ’74. Yo ya estaba en Inglaterra.
–¿Qué motivó que fuera a Inglaterra?
–Algo completamente casual. En el ’66 yo había sido nombrado profesor universitario en la Universidad de Tucumán. Pero a los seis meses vino el golpe de Juan Carlos Onganía. Expulsó de la universidad a cerca de mil profesores. Después de seis meses perdí mi cargo y me fui a trabajar al Instituto Di Tella en una investigación cuyo asesor externo era Eric Hobsbawn. Le gustó mucho mi trabajo.
–¿Sobre qué tema?
–Aproximaciones históricas a la cuestión de la marginalidad social. Me preguntó si quería que él me consiguiera una beca de Oxford. Le dije que sí porque no tenía ninguna perspectiva en la Argentina. Así fue que viajé, sin haber pensado jamás en hacerlo con anterioridad. En el ’73 estuve casi por volver pero acababa de ganar mi cargo de profesor universitario en Essex y pensé que iba a quedar muy mal si a los dos meses de haber sido nombrado volvía a la Argentina. Decidí dejar pasar un par de años. Claro, en ese tiempo vino el golpe. Ya había hecho mi vida allá. Después del ’83 empecé a venir con mayor frecuencia a la Argentina.
–¿Y cómo resultó Inglaterra para una persona definida como nacional popular? ¿Le hacía algún ruido?
–No. Había una gran proporción de estudiantes latinoamericanos y había una gran receptividad para lo que yo planteaba. Me veían como un intelectual latinoamericano.
–Dejó de ser un militante, por lo menos en el sentido tradicional.
–Después de que me fui del PSIN, la cuestión de la militancia... Mire, yo participaba dando entrevistas y con una serie de actividades periodísticas y eso lo seguí haciendo en Inglaterra. Estaba a favor del espíritu de los años ’70 pero muy en contra del militarismo. Esa sigue siendo mi posición actual. De alguna manera una posibilidad histórica se perdió a través del giro militarista. Participé en muchos foros. En los años del horror no desarrollé ninguna militancia específica pero sí participé en actividades respecto de los derechos humanos en los años duros. Después de eso, cuando se abrió la posibilidad de una acción política, empecé a desarrollar mis ideas de una manera más sistemática. A partir del 2003 se abrió una nueva realidad, con la asunción de Néstor Kirchner, y aquí estoy. No me siento a mí mismo como argentino sino como latinoamericano. Las ideas que aprendí en la izquierda nacional las sigo sosteniendo. La latinoamericanidad de nuestro proyecto es una de las fuentes de nuestra identidad política.
–Hay visiones distintas sobre los procesos políticos de los últimos años en la región. Unos análisis hacen hincapié en las diferencias entre, por ejemplo, Venezuela, Ecuador y Bolivia por un lado y Brasil, Uruguay y la Argentina, por otro, y otros análisis prefieren hablar de distintos caminos nacionales dentro de un mismo proceso general.
–Yo a la Argentina la pondría más en el eje de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Pero creo que el clivaje que se da en América latina tiene sus raíces históricas. Hay que ver cuál fue la experiencia de la democracia en el continente. A diferencia de Europa, la región nunca experimentó el parlamentarismo como movimiento progresivo. Allá los parlamentos representaron la defensa del Tercer Estado frente al absolutismo real. En América latina, en la segunda mitad del siglo XIX, se trató de la consolidación de las oligarquías locales, y el Ejecutivo fue muchas veces la fuente de los cambios. Pasó en Chile. A comienzos de la década de 1890 el Parlamento chileno se opuso a los proyectos nacionalistas del presidente (José Manuel) Balmaceda.
–Quería terminar con el monopolio extranjero sobre el salitre.
–Sí. Por eso digo que en América latina se da una especie de divisoria en la experiencia democrática de las masas. Por un lado la democracia liberal y por otro la democracia nacional popular. La segunda se encarnó en regímenes como el varguismo en Brasil, como el primer aprismo, como el peronismo, como el primer ibañismo en Chile, como el Movimiento Nacionalista Revolucionario en Bolivia. Esa división entre la democracia liberal y la democracia nacional popular está siendo superada al presente. Si bien los regímenes latinoamericanos son parte de esa matriz histórica, hoy ya no entran en colisión con las formas del Estado liberal democrático sino que las integran: elecciones, división de poderes, etcétera. O sea que estamos quizás en el mejor momento democrático de los últimos 150 años. La evaluación de un régimen hay que hacerla desde el punto de vista del significado global de un movimiento y del cauce histórico que un movimiento organiza. Así es en toda América latina.
–¿No menciona poco a Brasil en su descripción regional?
–Brasil es un componente esencial de todo este proceso. Pero allí el movimiento jacobino de lo nacional popular tuvo que ser paliado por una serie de otras consideraciones. Nunca tuvo un populismo histórico de las características del peronismo. Brasil era un país enormemente regionalizado y Getúlio Vargas tuvo que ser el articulador de movimientos regionales sumamente diversos. Juan Perón, en cambio, fue el representante de un movimiento cuya base política y social estaba unificada. A través de interpelar al triángulo industrial de Buenos Aires, Córdoba y Rosario Perón apelaba a un movimiento homogéneo. En Brasil no se dio. El único que se lanzó a tener un tipo de discurso cuasi peronista fue Joao Goulart, y así le fue. Ese tipo de discontinuidad se ha dado en Brasil hasta el presente. Un fenómeno como el de Lula muestra ese tipo de ambigüedad.
–¿De verdad le parece ambiguo el fenómeno de Lula?
–De todos modos, debo decirle que en los momentos decisivos tomó una posición definitivamente cercana a lo nacional popular. Por ejemplo en Mar del Plata en el 2005 se opuso a la propuesta de formar el Area de Libre Comercio de las Américas. Gracias a la oposición de Brasil es que el ALCA no funcionó. El punto es que Lula debió establecer compromisos con fuerzas sociales, expresadas a través de formas políticas, en un marco más difícil, por ejemplo, que el afrontado por Rafael Correa. Si hubiera que hacer una caracterización gruesa diría que Brasil se ubica en el eje nacional popular. Chile, en cambio, vivió una transición mediante el pacto con las fuerzas del pasado. Solo ahora, a través del movimiento estudiantil y una protesta más fuerte, hay un realineamiento hacia la izquierda. En Uruguay todo está en la balanza. Teníamos antes a Tabaré Vázquez. Después del ALCA se fue a los Estados Unidos a tratar de establecer un acuerdo comercial, que no consiguió. Era incompatible con las reglas del Mercosur. Encontró oposición interna de su partido en la persona de Reinaldo Gargano, el canciller que era un dirigente histórico del Partido Socialista en la tradición de Vivian Trías. Con Pepe Mujica las cosas han mejorado, pero igual Uruguay sigue siendo un país que está un poco en la balanza.
–¿Qué tipo de intelectual es usted?
–Un intelectual tradicional sería incompatible con el tipo de posición política que siempre mantuve. No defiendo cosas en las que no creo. Y como un intelectual orgánico participo en el quehacer público. Por ejemplo, al dar una entrevista y opinar sobre lo que pasa. Yo pongo juntos el quehacer intelectual y la actividad política. Antonio Gramsci decía que un intelectual orgánico tiene la práctica de la articulación. Un periodista y un organizador sindical podían serlo. Finalmente, el intelectual orgánico y el militante son una misma cosa para Gramsci.
–Y, como intelectual orgánico tal cual se define, ¿cuáles son en su opinión los principales desafíos regionales de aquí en adelante?
–En temas más globales el desafío fundamental para América latina en los próximos años es cómo conectar dos ideas que en principio son difíciles de combinar: el principio de la autonomía y el principio de la hegemonía. No hay expansión de un sistema democrático sin un sistema de proliferación de cadenas que amplían las demandas. Eso es lo que implica la autonomía. Pero, al mismo tiempo, si esas formas autónomas de la voluntad de las masas no son unificadas en torno de ciertos significantes centrales, no habrá acción a largo plazo. Una de las cosas que me preocupa de los movimientos libertarios en Europa es que ellos enfatizan casi exclusivamente el momento de la autonomía. Pero sin voluntad de construir un Estado alternativo, las voluntades tenderán a diluirse. Y del otro lado, insistir exclusivamente en el momento de la hegemonía negando el momento de la autonomía es pecar de un hiperpoliticismo que niega a los movimientos sociales en su autonomía. Ese es el dilema: cómo unificar la dimensión horizontal y la dimensión vertical. Me parece que no lo están haciendo mal el chavismo en Venezuela, la revolución ciudadana en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y hasta cierto punto el kirchnerismo en la Argentina.
–¿Por qué dice “hasta cierto punto”?
–En la Argentina todavía no se logró una confluencia completa entre el momento autónomo de la voluntad de los sectores populares y el momento de la construcción del Estado. Está en proceso. Faltaría todavía la confluencia de las dos dimensiones. Desde el 2001 se dio una enorme expansión horizontal de la protesta social: las fábricas recuperadas, los piqueteros, etcétera... Por otro lado, el kirchnerismo intenta construir un Estado popular. La confluencia en cualquier régimen es difícil. En el caso argentino se dieron avances decisivos aunque no se plasmó en fórmulas.
–¿Qué retardaría esa confluencia?
–Lo que puede retardarlas es una tendencia de los movimientos sociales a afirmarse como completamente independientes del Estado, tal cual ocurre con los indignados en España. Y lo que puede retardar la confluencia a nivel del momento hegemónico sería una tendencia centralizante que ignore la autonomía. En Grecia hay una confluencia de las dos dimensiones. Jean-Luc Mélenchon trata de hacerlo en Francia.
–¿Cómo juegan los conflictos en esa confluencia que usted preconiza?
–Por un lado está el institucionalismo. La idea de que toda demanda puede ser vehiculizada a través de los aparatos del Estado. Por otro el populismo: la ruptura frente al poder. Las dos tendencias consideradas a fondo y en términos absolutos son incompatibles. Hay que encontrar un intermedio. El conflicto no debe ser erradicado con la concepción de que toda demanda puede ser absorbida por el sistema, como lo pensaba (el primer ministro británico entre 1874 y 1880) Benjamin Disraeli con la idea de One nation, una nación. El proyecto del populismo sería que las demandas se aglutinen alrededor de un punto ruptural y que entonces exista un conflicto que no pueda ser obturado por nada. El institucionalismo puro lleva a la ausencia de política, porque busca que toda demanda pueda ser mediada administrativamente. El populismo puro también lleva a la ruptura de la política, porque no habría ninguna mediación. La idea gramsciana es la construcción de una mediación política. En eso estamos. Jorge Abelardo Ramos decía que la sociedad nunca está polarizada entre el manicomio y el cementerio. El jacobinismo extremo fue una forma de manicomio de lo político. El pueblo era definido de una forma cada vez más aberrante y no había ninguna posibilidad de construcción política institucional. El institucionalismo es la sustitución de la política por la administración. Julio Argentino Roca pedía paz y administración. En la bandera brasileña esa verdadera iglesia de Brasil que fue el positivismo de Augusto Comte puso “Ordem e progreso”. Si la realidad avanza solo por lo institucional, se consolidará el poder corporativo. Si solo avanza el populismo, no habrá un marco institucional para lo social.
–¿Cuál sería hoy la situación de la Argentina al respecto?
–No estamos mal. Existen fuerzas autónomas y existe un Estado que tiene capacidad de respuesta frente a las pulsiones sociales.
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martes, 10 de diciembre de 2013

30 años de Democracia en Argentina 1983-2013

Democracia y Derechos Humanos
Luis Alberto Romero
Publicado en La Nación
10 de diciembre de 2013
La democracia que hoy tenemos nació junto con el movimiento de derechos humanos. En 1982, luego de la Guerra de Malvinas, la revelación de los crímenes de la dictadura marchó a la par del crecimiento de la civilidad, movilizada por una ilusión democrática. Espanto e ilusión se potenciaron recíprocamente. La Marcha por la Vida se fundió con la gran movilización de la civilidad del 16 de diciembre de 1982, y ambas fueron reprimidas por la policía. Por entonces, los partidos políticos se llenaron de afiliados y la protesta social estalló con fuerza. En 1983, la democracia y los derechos humanos llenaron periódicamente las avenidas y las plazas, hasta el clímax del 10 de diciembre, cuando asumió el presidente electo. La lucha por los derechos humanos legitimó la nueva democracia y reforzó su novedoso carácter: republicana y pluralista, fundada en la libertad y en la ley. Toda una novedad en un país habituado a las dictaduras o a las democracias autoritarias de líder. Desde su origen, las organizaciones de derechos humanos se ubicaron por encima de la política y convocaron a todos a defender una causa esencialmente ética. En las elecciones, no tomaron partido, pero no fueron ajenas a su resultado. Alfonsín había participado de su lucha en la época dura y, a diferencia de Luder, declaró su intención de juzgar a los principales responsables de la represión.
Pero desde entonces los caminos de la democracia y de los derechos humanos se bifurcaron. En cuanto a la democracia, la ilusión inicial se fue tornando en desilusión a medida que se revelaban los límites de un gobierno sin recursos, endeudado y con un Estado deteriorado, que no podía satisfacer sus promesas mínimas de pan, salud y educación. El compacto respaldo civil que tuvo no alcanzó para subordinar ni a los sindicatos ni a los militares, alzados en la Semana Santa de 1987. En 1989, cuando la hiperinflación y los saqueos evocaron el precipicio, el nuevo gobierno obtuvo del Congreso amplios poderes. Nunca fueron devueltos, con el falaz argumento de la "emergencia permanente". Así, a la desilusión ciudadana se sumó la crisis de la institucionalidad republicana, que desde entonces fue en avance.
La pobreza -la gran novedad de la sociedad argentina- agregó otro factor al deterioro democrático. La precariedad de la existencia cotidiana, las falencias de la escuela, la policía y la Justicia conspiraron contra la formación de ciudadanos conscientes, respetuosos de la ley y preocupados por el interés general. Comenzó entonces a fructificar un nuevo modo de hacer política. Sus protagonistas fueron las autoridades gubernamentales, del presidente a los intendentes, quienes aprendieron el arte de transformar modestas ayudas estatales en paquetes de votos. De ese modo, el sufragio, orgullo de la democracia de 1983, fue tomando un sentido más instrumental que ciudadano. Finalmente, la crisis de 2001, que hasta llegó a afectar la autoridad presidencial, barrió con los partidos políticos y aun con la idea de la representación legítima, otro de los pilares de aquella democracia.
Por su parte, las organizaciones de derechos humanos se encontraron desde el principio algo descolocadas con la nueva democracia. Acostumbradas a un mundo dividido entre malos y buenos, se encontraron con una política diversa, que postulaba el pluralismo. Esta desubicación puede explicar el predominio del sector más intransigente, el de Hebe de Bonafini, convertida en vocero e ícono de la causa. Los intransigentes de los derechos humanos se colocaron en la vereda de enfrente de Alfonsín, desconfiaron de la Conadep, no valoraron los juicios a las Juntas y, sobre todo, objetaron que se pusiera en el mismo banquillo a militares y guerrilleros. Tras la crítica a la llamada "teoría de los dos demonios" comenzó a reaparecer la distinción, común en los años 60, entre la injusta violencia del Estado terrorista y aquella otra que se suponía legitimada por los ideales de sus perpetradores.
La intransigencia se consolidó con la ley de obediencia debida y con los indultos de Menem. Los "derechohumanistas" eran un colectivo complejo, y en sus voces se mezclaron registros diferentes. Junto a la de los doloridos familiares estaban los militantes de la democracia y la libertad, y también quienes habían simpatizado con las organizaciones armadas o participado en ellas. Algunos de ellos adoptaron con sinceridad el nuevo credo democrático, pero otros lo vieron sólo como un período de tregua y de recomposición de fuerzas.
En muchos, estas ideas coexistían en tensión. En los años 90, en el amplio espacio de oposición al menemismo, la balanza se fue inclinando hacia un setentismo nostálgico y corrosivo. Las nuevas generaciones transformaron a las "víctimas de la dictadura" en heroicos combatientes, y gradualmente reivindicaron sus objetivos y sus métodos. Horacio Verbitsky hizo una amplísima lista de "cómplices de la dictadura" y Hebe de Bonafini reclamó las armas y glorificó el terrorismo. La intransigencia fue arrinconando a muchos viejos defensores de los derechos humanos y descartando las ideas liberales originales, como el respeto a la vida.
Democracia y derechos humanos -ambos bastante distintos de los de 1983- volvieron a encontrarse en el gobierno de Néstor Kirchner. Desde 2003, la legitimidad del poder presidencial volvió de la mano del mando. Profundizando la senda de los 90, Kirchner concentró más autoridad, controló el Congreso, avanzó sobre la Justicia, subordinó a los medios y anuló las agencias de control. Con la caja fiscal construyó la base política del Gobierno y produjo los votos necesarios para sustentarlo. Mientras se reducía el espacio de la civilidad, la democracia republicana terminó de ser sustituida por el autoritarismo democrático.
La novedad estuvo en la justificación. La retórica neoliberal fue reemplazada por la nacional y popular, enriquecida con elementos de los años 70. El discurso oficial volvió a partir el campo político y a estigmatizar a los enemigos del pueblo, las "corporaciones destituyentes". El pluralismo de 1983 quedó sepultado por la renovada intransigencia facciosa, que sirvió de puente con el núcleo intransigente de los derechos humanos. Incómodos con la democracia, éstos se encontraron a gusto con una retórica afín con Carl Schmitt y con las prácticas de un caudillo mandón de provincia chica, con talento para apreciar las potencialidades políticas de una causa por la que nunca se había interesado.
Kirchner reabrió los juicios a los militares y abundó en gestos afines a la versión facciosa de los derechos humanos. Así interpeladas, las principales organizaciones dejaron la Plaza y se subieron a los balcones de la Casa de Gobierno. Abandonaron el elevado plano moral en el que habían nacido y asumieron sórdidas tareas políticas. Hebe de Bonafini fustigó con grosera violencia a los enemigos del Gobierno, y Estela de Carlotto encharcó su meritoria organización en el hostigamiento al Grupo Clarín. La integración se completó cuando este grupo, que conservaba la representación de los derechos humanos, se sumó al esquema de subsidios y corrupción instrumentado por el Gobierno. Fue emblemático que en Madres la tarea quedara a cargo de un parricida.
Así, los caminos de la democracia y los derechos humanos se reencontraron, en un punto muy lejano del original. A muchos esto les gusta. Para quienes nos sentimos a disgusto, nos queda la tarea de volver a reunirlos en el lugar adecuado. Por una parte -es bien sabido-, hay que reconstruir la democracia republicana, la ciudadanía y el pluralismo. Por otra, la sociedad civil debe construir y legitimar nuevas organizaciones de derechos humanos, liberadas del estrecho mandato inicial, pero no de su imperativo de fondo. Es cierto que hay muchos derechos nuevos, que son importantes. Pero también están los viejos. Hay aún muchas víctimas de la sorda violencia estatal y policial y hay otros derechos alienados en una sociedad con mucha hambre y muy poca ley. Alguien tiene que defenderlos.
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domingo, 24 de noviembre de 2013

30 años de democracia en Argentina: 1983-2013



Un importante sociólogo e historiador reflexiona a tres décadas de un acontecimiento crucial para la vida del país.
Juan Carlos Torre
La Nación, 5 de noviembre de 2013

 
Hoy hace 30 años era sábado. Un día más tarde, los diarios destacarían que durante toda la jornada cientos de personas se habían acercado a las oficinas del Registro Nacional de las Personas para retirar su documento de identidad. La muchedumbre había sido tal que la policía tuvo que intervenir para evitar incidentes. Hubo también numerosas personas que se desvanecieron como producto del agolpamiento en esa calurosa jornada de octubre, y como en ese tiempo nadie tenía teléfonos celulares no fue nada fácil avisar a sus familias. La urgencia de tanta gente por buscar sus documentos un sábado tenía una explicación. Era la víspera de un acontecimiento que esperaban con inocultable ansiedad: después de 10 años, casi 18 millones de argentinos iban a poder votar y escoger con su voto un rumbo político para el país que habitaban. Estaban, en fin, a las puertas de la ceremonia cívica que habría de devolver a quienes por tanto tiempo habían sido meros habitantes su condición de ciudadanos. El domingo 30 de octubre de 1983 los diarios porteños anunciaron con grandes titulares el evento a punto de culminar: "Se elegirá hoy en todo el país a las autoridades nacionales", se pudo leer en LA NACION; "Terminó la pesadilla", sentenció el diario Crónica; por su parte, Clarín prefirió una portada más lacónica y quizá más cercana al clima de ansiedad que nos dominaba: "Llegamos", tituló.

 

Permítanme que me introduzca en este testimonio. En una carta a una hermana mía residente en el extranjero, días más tarde escribí: "El 30 de octubre tomé el avión a las 10 de la mañana y viajé a Bahía Blanca, adonde tengo todavía fijado el domicilio. No quería perderme la ocasión. A las 13.30 voté por Alfonsín. A la noche regresé a Buenos Aires para comenzar con la vigilia del recuento de los votos. Muchos fueron los que se quedaron hasta las 5.30 de la madrugada, cuando se suspendió la información. Yo decidí a las 2 que la suerte estaba echada: el peronismo no superaba el 40% de los votos, y me fui a dormir. Como a todos aquí, el resultado de los comicios me sorprendió. La magnitud de la victoria de Alfonsín -que obtuvo el 52% de los sufragios frente al 40% que recibieron los peronistas- no estaba en mis cálculos. Si bien las encuestas preelectorales permitían entrever la posibilidad de un triunfo radical -por un margen más estrecho, es verdad-, quienes las hacían se resistían a creerlo. Tan arraigada ha estado entre nosotros la certidumbre de las mayorías electorales del peronismo que era difícil concebir un desenlace adverso".

 

"En una charla que di en mi reciente viaje a Nueva York, el 19 de octubre, sostuve -prosigue mi carta- que vivíamos en la víspera de un cambio político: era la primera vez que en casi 40 años el resultado de elecciones libres, sin proscripciones, se presentaba incierto. Ganara o perdiera -dije entonces- el peronismo estaba en tren de devenir una fuerza política más, dentro de un juego político más equilibrado. Sin embargo, en la charla de Nueva York no me atreví a descontar su derrota. El hecho es que se rompió el hechizo que pesaba sobre el país: Alfonsín ganó, el peronismo perdió. Una sensación de alivio se respira, porque los resultados electorales traen la promesa de un nuevo comienzo. Desde la noche del 30 de octubre nos interrogamos sobre lo que vendrá, con esa vaga esperanza que este país fabrica de tanto en tanto para mantenernos asociados a su destino justamente en el momento en que estábamos más que dispuestos a romper amarras y a declararlo un caso terminado, como muchos lo han venido haciendo a lo largo de los años eligiendo irse al extranjero. No me refiero al forzado exilio de tantos argentinos durante los años de la dictadura: me refiero más bien a esa hemorragia permanente de profesionales e intelectuales que han ido a buscar su destino fuera de la patria: me han dicho que en muchos hospitales de Nueva York hay un médico argentino. Porque he pensado más de una vez que la Argentina no tiene remedio, hoy estoy tironeado por ese estado de gracia que flota en el aire e invita a confiar una vez más en esa redención fugitiva que ahora se encarna en la figura de Alfonsín y también en la de tantos peronistas que se están levantando contra la soberbia de «los mariscales de la derrota». La reciente campaña electoral no se jugó en el plano de los programas de gobierno, sino que tuvo por eje visiones rivales de la convivencia política. Ganó aquel que prometía un orden político para un país en disgregación, la amistad cívica frente a la arrogancia de los ganadores de siempre, y fue esa promesa, la de un país habitable y decente en el marco del Estado de Derecho, la que movilizó el voto de la mayoría.

 

"Recuerdo con emoción el acto de cierre de la campaña de Alfonsín, que culminó cuando se preguntó, en forma retórica, por qué marchamos, por qué luchamos, y se respondió recitando párrafos del Preámbulo de nuestra Constitución: luchamos para «constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino». Recuerdo, digo, la vibración que me ganó todo el cuerpo al escuchar esas palabras en medio de la multitud que rodeó la Plaza de la República. Por cierto, una promesa semejante buscará realizarse en una situación política y económica que está lejos de ser propicia. Las hipotecas que dejó tras de sí la dictadura son grandes y urgentes: los desaparecidos, la derrota en Malvinas, la deuda externa. En un escenario semejante, la erosión de esa promesa es previsible, pero estoy convencido de que no debemos abandonarla porque ella habrá de ser nuestra coraza ante los avatares de la transición a la democracia."

 

Hasta aquí los párrafos de la carta que escribí a mi hermana para comentar los sucesos del 30 de octubre. Poco después leí en el diario Clarín un texto de Jorge Luis Borges que estaba en la misma sintonía de onda, pero, por supuesto, con una prosa más elocuente y certera.

Cito a continuación pasajes de aquel texto. "Escribí alguna vez -decía Borges- que la democracia es un abuso de la estadística: yo he recordado muchas veces aquel dictamen de Carlyle, que la definió como el caos provisto de urnas electorales. El 30 de octubre de 1983, la democracia argentina me ha refutado espléndidamente. Espléndida y asombrosamente. [.] Es casi una blasfemia pensar que lo que nos dio aquella fecha es la victoria de un partido y la derrota de otro. Nos enfrentaba un caos que, aquel día, tomó la decisión de ser un cosmos. Lo que fue una agonía puede ser una resurrección. La clara luz de la vigilia nos encandila un poco. Nadie ignora las formas que asumió esa pesadilla. El horror público de las bombas, el horror clandestino de los secuestros, de las torturas y las muertes, la ruina ética y económica, la corrupción, el hábito de la deshonra, las bravatas, la más misteriosa, ya que no la más larga, de las guerras que registra la historia. Sé harto bien que este catálogo es incompleto. Tantos años de iniquidad o de complacencia nos han manchado a todos. Tenemos que desandar un largo camino. Nuestra esperanza no debe ser impaciente. Son muchos e intrincados los problemas que un gobierno puede ser incapaz de resolver. Nos enfrentan arduas empresas y duros tiempos. Asistiremos, increíblemente, a un extraño espectáculo. El de un gobierno que condesciende al diálogo, que puede confesar que se ha equivocado, que prefiere la razón a la interjección, los argumentos a la mera amenaza. [.] No estaremos a merced de la bruma de los generales. La esperanza, que era casi imposible hace días, es ahora nuestro venturoso deber. Es un acto de fe que puede justificarnos", concluía Borges.

 

Con aquellas emociones de 1983, con las expectativas alumbradas el 30 de octubre, la historia argentina posterior hasta nuestros días ha sido por más de una razón motivo de decepción y desencanto. La experiencia de la decepción y el desencanto es una experiencia que conozco bien. Mi generación, la que accedió a la vida pública en la década de 1960, experimentó muy tempranamente un sentimiento de frustración frente a lo que el orden político existente -siempre al borde de la ilegalidad y aquejado por la falta de legitimidad- podía ofrecerle como lugar de realización personal. Ese sentimiento de frustración fue el caldo de cultivo de una variedad de actitudes, que fueron desde el cinismo político, esto es, la creencia en que la defensa de las instituciones políticas no valía la pena y que era mejor inversión replegarse sobre los intereses propios, aquí o en el extranjero, hasta la rebelión política que se convirtió poco a poco para muchos, y bajo la influencia de un clima ideológico de época, en la exaltación de la violencia como método para el logro de ideales políticos.

 

Vistas en perspectiva, tanto la indiferencia cívica como el recurso a las armas tuvieron, a mi juicio, mucho que ver con el advenimiento de la larga noche del horror que conocería el país y que el texto de Borges que les acabo de leer retrató con pinceladas duras y contundentes. Que no fueran las causas únicas, ya que un papel principal le correspondió a la dictadura, no exime a mi generación de la responsabilidad que le cupo en esa tragedia; una tragedia cuya magnitud los argentinos recién pudimos apreciar cuando luego del veredicto de las urnas, y tal como lo había prometido, Alfonsín ordenó el enjuiciamiento de las cúpulas militares y de los jefes de los movimientos guerrilleros.

 

Si he hablado de la responsabilidad de mi generación en esa tragedia argentina, a contramano de la mirada caritativa con que algunos contemplan hoy en día nuestro pasado, es porque el legado que debemos transmitirles a ustedes, jóvenes recién graduados que no vivieron esos años, es la consigna de "Nunca Más fuera de la ley" que, junto con el retorno de la democracia, se plasmó en el voto de octubre de 1983. Las conmemoraciones, como ésta que hacemos hoy, son operaciones políticas sobre la memoria que buscan en el pasado un mensaje pertinente a las necesidades del presente. He querido colocar bajo la evocación de 1983 la ceremonia de graduación porque es mi convencimiento que esta universidad no sólo es una incubadora de talentos y destrezas; ella también aspira a inculcar en ustedes y más allá de la decepción y el desencanto, la obstinación por la esperanza en una Argentina democrática siempre y siempre perfectible.

Les deseo muy buena suerte. Muchas gracias.
  

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viernes, 25 de octubre de 2013

Análisis de la orientación y gestión económica del Proceso

"Martínez de Hoz mató la sociedad del empate"

Entrevista con el historiador Marcelo Rougier

Por Martín Granovsky

Publicado en Página 12
2 de mayo de 2010
Investigador del Conicet y profesor titular de Historia Económica en la Universidad de Buenos Aires, autor de libros como Industria, finanzas e instituciones en la Argentina, Marcelo Rougier explica qué papel cumplió José Alfredo Martínez de Hoz, 85, abogado, durante casi cinco años ministro de la última dictadura militar: “Condujo una política económica global, con objetivos financieros, cambiarios, industriales y de ingresos, y esa política tuvo idas y vueltas pero generó un cambio profundo que terminó con el entramado social construido en torno de una industria en expansión en la que pesaban también los trabajadores”.
–Hay una discusión entre los investigadores –dice Rougier a Página/12 al comienzo de la entrevista–: ¿el proyecto de Martínez de Hoz era un plan completo de entrada o se fue definiendo con el tiempo? Prefiero hablar de las intenciones más gruesas y de los resultados más notorios: durante el período de Martínez de Hoz se produjo un cambio estructural de la Argentina y cambiaron las condiciones de distribución de la riqueza.
–Cambiaron para peor, dice usted.
–Sí, claro. Brutalmente: el salario de los trabajadores cayó un 40 por ciento a comienzos de la dictadura.
–¿Y cuánto cayó la participación del trabajo en la renta nacional?
–Tenemos datos de 1983, con la vuelta de la democracia. El número estaba en 30 por ciento. Fíjese hasta qué punto la política fue regresiva que con el gobierno militar hasta desapareció la estadística sobre lo que usted pregunta. Este dato y la caída, sí verificada, del salario real en tan poco tiempo sólo era posible en aquel momento con un régimen dictatorial. Isabel Perón y José López Rega ya habían intentado bajar drásticamente el salario con Celestino Rodrigo como ministro de Economía, pero el Rodrigazo no consiguió todos sus objetivos. Y no lo consiguió incluso en un contexto democrático teñido por los ataques de la Triple A. ¿Quién estaba detrás de Rodrigo? Ricardo Zinn, uno de los ideólogos de lo que vino después con el gobierno militar. ¿Qué factor impidió su triunfo absoluto? Los sindicatos, que tumbaron a Rodrigo. Ahí vemos una muestra de la tensión permanente que Martínez de Hoz, para ponerle un nombre a ese proceso, se propuso eliminar. Y una de las fuentes de la tensión eran los trabajadores, sus demandas, su deseo de conservar la participación en la renta nacional, su organización en sindicatos con poder de negociación, su aglutinación en el peronismo. Pero no solamente los trabajadores. Se trataba de un modelo completo.
–¿Cómo lo definiría?
–El tradicional modelo de sustitución de importaciones.
–¿Qué potencial explosivo tenía la intención de fabricar en la Argentina lo que podía fabricarse en la Argentina?
–Una industria extendida, que incluye a los industriales y también, otra vez, a los trabajadores y sus sindicatos. Un mundo. Aun en medio de años de caída, la participación del ingreso de los trabajadores en la renta en 1975 era de 35 por ciento, es decir cinco puntos más que a finales de la dictadura.
–Una de las imágenes de Martínez de Hoz es su cara antiindustrial.
–Maticemos. La caída de la industria fue global. Pero no completa. Cayeron las ramas más complejas, como la metalmecánica y la electrónica. Se desplomaron por la importación libre. Al mismo tiempo, Martínez de Hoz mantuvo los subsidios para sectores concentrados como los que producían y exportaban commodities industriales, productos básicos como acero y aluminio. No les fue mal a Techint, a Aluar, a Acindar, empresa de la que Martínez de Hoz había sido presidente, a las empresas de celulosa, a Papel Prensa. En esos casos el gobierno otorgó regímenes especiales con políticas de promoción y subsidios, a lo cual hay que agregar la caída salarial que redujo costos y el tipo de cambio alto que inicialmente garantizó competitividad.
–Pero, después de los primeros años, ¿la devaluación y la tablita cambiaria que impuso Adolfo Diz en el Banco Central no quitaron competitividad?
–El punto importante es que, antes de la tablita, que comenzó a aplicarse en 1978, la industria no concentrada o se había reducido o había quedado fuera de combate. Vuelvo al comentario inicial: ¿todo fue diseñado así? Y otra vez elijo analizar con los datos concretos: más allá de las intenciones, de hecho quedó conformada una estructura destinada a durar en el largo plazo. ¿Cuál fue el resarcimiento para esos sectores concentrados que no habían desaparecido? La licuación de pasivos que les concedió en 1982 Domingo Cavallo, presidente del Banco Central. Quiere decir que en largo plazo esos sectores seguían fortaleciéndose. No se entiende la década del ’90 sin Martínez de Hoz en los ’70. Cuando Cavallo decía que era el padre del modelo, Martínez de Hoz decía que entonces él era el abuelo. Y que lo que cumplía Carlos Menem era lo que él hubiera querido hacer de haber podido con todo. Pero son momentos distintos. El modelo industrial argentino estaba enfermo. No muerto. El gobierno militar lo mató. La industria es un tejido, no solo una fábrica. Es un entramado social que pasó a mejor vida. Y Martínez de Hoz pudo hacerlo porque se lo permitió un contexto internacional de abundancia de capitales. Hasta cambió el rol del Banco Central.
–¿Cómo lo cambió?
–El Banco Central cambió de naturaleza. Dejó de desempeñar funciones que cumplía desde su fundación, en 1935, acompañando la industrialización en sus distintos momentos, regulando las tasas de interés y tratando de que fuesen bajas para que los industriales pudieseN obtener créditos baratos. Martínez de Hoz, en cambio, quería “sincerar la economía”, como lo decía él mismo con frecuencia. Una forma de sinceramiento, en su opinión, era liberalizar el sistema financiero. Si la tasa antes estaba reprimida, había que terminar con las medidas consideradas artificiales y dejar que el mercado actuase. Claro, en ese contexto el mercado actuó y la mayoría de los industriales perdieron acceso al crédito, mientras que los sectores concentrados se proveían de fondos en el exterior. La falta de crédito barato y la quiebra de empresas también fueron parte de un fenómeno disciplinador.
–Adolfo Canitrot, que después integró el equipo económico de Alfonsín, describió el programa de Martínez de Hoz como “disciplinario y restrictivo”.
–Y así fue. Canitrot comparte una característica con Aldo Ferrer, Marcelo Diamand y un tiempo después, todavía en dictadura, Jorge Schvarzer: ellos vieron el proceso del que estamos hablando y lo analizaron con esa precisión mientras ocurría. Canitrot lo dijo con claridad. La dictadura mató la sociedad del empate, donde los sectores concentrados avanzaban pero debían pelear con el resto de los industriales y contra el poder de los sindicatos. Todo eso en un contexto financiero de gran poder destructor.
–Ya mencionó la pérdida de funciones del Banco Central como garante de una tasa de interés baja. En tiempos de Martínez de Hoz se comenzó a hablar de “patria financiera”.
–Por un lado estaba la tablita, que aquietó la variable cambiaria y ató el peso al dólar casi hasta la devaluación de 1981, cuando Lorenzo Sigaut reemplazó a Martínez de Hoz como ministro. Por otro lado, las altas tasas de interés. Además, la disponibilidad internacional de capitales. Esa combinación permitió la entrada de capitales en abundancia y después el juego en el mercado financiero argentino, aprovechando las tasas altas. Ese fue el origen de la bicicleta financiera. De hecho hubo un subsidio a las entidades financieras, porque se incrementó tanto la tasa de interés para los créditos como la tasa que obtenía el titular de un plazo fijo. Pero, igual que en la industria, ese subsidio discriminó al sector financiero. El Banco Nacional de Desarrollo dejó de otorgar créditos a las empresas pequeñas y medianas y prestó a grandes grupos. La reforma financiera de 1977...
–...la que ahora proponen cambiar Martín Sabbatella y Carlos Heller en la Cámara de Diputados.
–La misma. Esa reforma liberalizó el mercado, trató de liquidar a las cooperativas y todo tipo de banca orientada a las pymes y a los industriales no concentrados y permitió el crecimiento gigantesco de la deuda externa. Dejó preparadas las condiciones que estallarían a comienzos de la democracia con la crisis de la deuda en toda América latina.
–Usted citó antes un sentimiento parecido a la envidia de Martínez de Hoz hacia Menem. Menem privatizó grandes empresas públicas, sobre todo YPF, y Martínez de Hoz no.
–Quiso. No pudo. Decía que privatizar es algo que se hace empresa por empresa. No lo logró con Siam. En el caso de YPF llegó a la privatización de servicios periféricos. Y en otras empresas se topó con barreras burocráticas.
–¿Sectores militares que no querían perder cuotas de poder propias?
–Sí. Y agreguemos las luchas interburocráticas y las contradicciones entre el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea. De todos modos, hubo otro intento más, cuando después de Sigaut asumió Roberto Alemann como ministro de Economía de Leopoldo Galtieri. Pero nunca se puede hacer todo en el momento que uno elige. De cualquier manera, y visto a la distancia, está claro que el gobierno militar, con Martínez de Hoz, logró introducir cambios drásticos que condicionaron duramente el futuro.
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