sábado, 8 de enero de 2011

La Argentina del Centenario




Roberto Cortés Conde(Universidad San Andrés)
Publicado en LA NACION
Jueves 31 de diciembre de 2009


La celebración del Bicentenario ha dado lugar a un debate sobre los hechos de nuestro pasado. En los últimos tiempos, han aparecido opiniones críticas sobre los logros que se habrían alcanzado en el primer Centenario. Esta nota pretende llevar al lector una visión basada en la reconstrucción que ha hecho la historiografía económica de información estadística sobre datos más completos y confiables.

No fueron fáciles las primeras décadas de la vida independiente. Las esperanzas de los revolucionarios de que la ruptura con España y el fin del monopolio llevaran al progreso se vieron frustradas. La pérdida del Alto Perú tuvo efectos negativos. Todo el antiguo Norte, vinculado con la minería del Potosí, que había tenido un comercio muy activo y una red de ciudades importantes, como Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba, entró en decadencia, mientras que en el Litoral se desarrollaba una economía ganadera de exportación de cueros, cuyos beneficios no se extendieron al interior antiguo. Este quedó relegado y en la pobreza.

Los conflictos regionales produjeron interminables luchas, con pérdidas de riqueza y gastos militares que se restaron a la producción, todo lo cual se tradujo en un largo estancamiento. Un indicador de ello es que los ingresos fiscales entre los decenios 1810-19 y 1840-49, en pesos constantes, bajaron un 38 por ciento.

El Virreinato abarcó regiones extensas y heterogéneas, y fue viable mientras lo subsidió la plata del Potosí. Su tamaño en una economía pastoral con rudimentarios transportes fue un obstáculo para mantener unidas a las regiones. El gobierno de Buenos Aires no tuvo, con los ingresos de la Aduana, lo necesario para sostener fuerzas militares en las zonas más alejadas e imponer su autoridad sobre el vasto y despoblado territorio.

Para reemplazar la renta minera, el gobierno independiente fracasó en acordar con las provincias un nuevo régimen tributario con cargas y con beneficios que fueran aceptados. Como el sistema colonial no había creado instituciones representativas en las que los colonos votaran sus impuestos (como en el caso de las asambleas en las colonias norteamericanas), no existieron la práctica ni las instituciones para consensuar ese nuevo régimen y crear un Estado tributario que reemplazara al rentístico colonial. Más difícil, porque eran intereses distintos los del viejo Norte, los del Litoral y los de Buenos Aires.

Se había heredado una administración centralista y Buenos Aires, tras la Revolución, quiso continuarla, lo que despertó la resistencia del interior. Aquellas ciudades que, aunque pobres, tenían algunos recursos (las alcabalas), para no cederlos al gobierno central proclamaron su autonomía formal a partir de 1820. En la defensa de la percepción de las alcabalas, nació el federalismo argentino. A su vez, disputaron a Buenos Aires los únicos ingresos importantes: los de su Aduana, que, desde la disolución del gobierno central, en 1820, y salvo en la presidencia de Rivadavia, quedaron para esa provincia. Aun así, en tiempos de conflictos, fueron insuficientes, por lo que debió recurrirse al financiamiento inflacionario.

La escasez de recursos, resultado de la transición de una economía minera rica a una pastoral pobre, hizo imposible sostener una administración central. Fue muy difícil lograr consenso entre las regiones, lo que llevó a guerras que fueron el obstáculo mayor al crecimiento. Los caudillos fueron los que, dada la escasez de recursos, teniendo hombres y caballos, pudieron mantener una fuerza armada y ejercer, aunque en un ámbito limitado, su autoridad.

Cuando ya se desesperaba, debido al fracaso por lograr la unión nacional, hacia el fin de los años 40 del siglo XIX, fue claro para algunos, como Alberdi y Sarmiento, que una nueva tecnología de los transportes en el mundo (el ferrocarril y la drástica caída de los fletes marítimos) permitiría acercar la producción de las tierras argentinas a los mercados europeos y que la riqueza generada sería un incentivo para terminar con la pelea sobre los pobres recursos. Se requería estabilidad institucional y seguridad jurídica para atraer al país desierto hombres y capitales, y para ello se debía acordar con las provincias sobre la atribución de los poderes del Estado, cómo se lo financiaría y se distribuirían sus costos y sus beneficios.

El acuerdo, base del nuevo Estado tributario, se logró gracias a la influencia de Urquiza con los gobernadores, en San Nicolás, y fue plasmado en el artículo 4 de la Constitución. Pero fue Mitre, en 1862, quien entregó la Aduana de Buenos Aires al gobierno nacional, inaugurando un largo período de estabilidad y de crecimiento económico sobre la base de ese pacto fiscal, que perduró hasta 1930.

Se establecieron una Corte Suprema y una justicia federal para todo el país. Los impuestos basados en los derechos de importación no incidieron negativamente en los salarios, que fueron más altos que los europeos. Los de los obreros argentinos, en la década del 80 y en la primera del siglo XX, medidos en su respectivo poder adquisitivo, duplicaron a los de los italianos.

El progreso fue extraordinario. La población pasó de un millón de habitantes en 1850 a ocho millones en 1914. El área sembrada, de 500.000 a 24 millones de hectáreas. Las exportaciones subieron de 30 millones de pesos oro en 1870 a 389 millones en 1910. La red ferroviaria creció de 732 kilómetros en 1870 a 28.000 kilómetros en 1910, integrando los desiertos espacios argentinos. El crecimiento por habitante entre 1875 y 1913 fue de más del tres por ciento anual. Unos seis millones de extranjeros llegaron al país. Tres millones se volvieron, una gran parte porque el registro comprende a los golondrinas que venían para las cosechas, pero más de tres millones se quedaron.

Es cierto que no faltaron los problemas. Hubo en las primeras décadas del siglo XX tensiones políticas y protestas sociales que fueron fomentadas por un fuerte movimiento anarquista y se produjeron atentados a los que se respondió con el estado de sitio, pero lo mismo estaba ocurriendo en Europa, de donde provenían los inmigrantes con experiencia política y sindical.

Se han criticado las condiciones en que vivían los sectores más rezagados. Sin embargo, el historiador Eduardo Zimmermann cita informes oficiales que dicen que la tasa de mortalidad por mil habitantes había bajado del 22,98 en 1889-1898 a 16,5 en 1899-1907 y que la tasa de 15,2, de 1908 podía compararse favorablemente con las de Berlín (14,8), Londres (15,1) y Nueva York (18,6). Los salarios reales entre 1880 y 1913 aumentaron un 30%, aunque la distribución del ingreso no fue igualitaria, ya que el aumento del salario fue menor que el del producto por habitante.

Pero el crecimiento no se limitó a la economía. Lo más importante fue la revolución que se produjo en la educación. En 1869, el país tenía un 70% de analfabetos. En 1930, se habían reducido al 22 por ciento. La tasa de escolaridad primaria, que en 1870 era del 20%, en 1920 llegaba al 64 por ciento. (En Italia, para los mismos años, había pasado del 33 al 55 por ciento.)

Aun con el crecimiento notable del producto, el gasto en educación aumentó más: fue del 0,9% en 1882 al 2,3% en 1914. Lo más importante es que mientras el aumento de alumnos era mayor que el de la población, el presupuesto en educación crecía a una tasa más alta.

Miles de maestros de las escuelas normales fundadas por Sarmiento difundían las nociones básicas de lenguaje, aritmética y de la historia del país. Lo importante era que con el conocimiento se iba ganando libertad y dignidad.

A la altura del primer centenario, el país había cambiado. Era un país moderno. No mucho después llegaría la reforma electoral, la ley Sáenz Peña. La respuesta que dio el electorado al presidente que lo había instado a votar fue posible porque ya se trataba de una población mayormente alfabeta. Se estaba dando un proceso de movilidad que, salvo, en los Estados Unidos, había tenido pocos antecedentes en el mundo

Esa fue la Argentina moderna que heredamos.

En los siguientes cien años, el país atravesó por alternativas más complejas. La Primera Guerra Mundial había cambiado el esquema de comercio que le había sido tan favorable y en la posguerra surgieron movimientos antimodernos y autoritarios que echaron raíces en el país en las siguientes décadas.

La crisis de 1930 y el proteccionismo hicieron insuficiente un régimen impositivo basado en los derechos de importación. Las reformas posteriores no fueron exitosas, y el Estado, para sufragar gastos crecientes, apeló a recursos extratributarios (márgenes de cambio, inflación, desconocimiento de deudas), alegando razones de emergencia que se volvieron permanentes.

Lo usual fue que esas medidas no contaran con el consenso de los contribuyentes, que entendieron que los perjudicaban, por lo que reaccionaron disminuyendo la inversión, con fuga de capitales y usando menos la moneda local. Eso generó un conflicto de legitimidad que pesó negativamente en la inversión y afectó la estabilidad política y el crecimiento. Esto se reflejó en el retraso relativo del país respecto del mundo y en que desde la segunda mitad del siglo XX las fases de expansión no se sostuvieron, hasta hoy, por más de una década.

Pero todo esto requiere un análisis más detallado, por lo que lo será tema de otro artículo.


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miércoles, 15 de diciembre de 2010

La marcha de las ideas



Democracia, progreso y república, tres conceptos que evidenciaron muchas veces en estos dos siglos de vida colectiva un divorcio entre el país legal y el país real
por Carlos Altamirano



LA NACION
Domingo 23 de mayo de 2010



Los aniversarios, en este caso el de los dos siglos de nuestra independencia, nos incitan a mirar de nuevo el camino hecho y al ejercicio de considerar lo que nos muestra el presente en relación con esa marcha colectiva.

Se ha dicho muchas veces que la historia de nuestras ideas políticas es la historia del divorcio entre esas ideas y la realidad efectiva del país. Concebidas para otras sociedades y adoptadas por minorías ilustradas que no querían pensar de acuerdo con la experiencia, sino con las luces del siglo, tales ideas y las constituciones que se inspiraban en ellas estaban reñidas con las costumbres del país. Digamos, para ser justos, que la existencia del desacuerdo entre doctrinas y hechos no resultaba algo desconocido por esas élites: ¿acaso la tesis de esa desconexión no fue el punto de partida declarado de los jóvenes ideólogos de 1837? Aprendieron en Tocqueville, además, que la ley era importante, pero que las costumbres -lo que hoy llamaríamos cultura política- eran más importantes que la ley. ¿Cómo ligar, entonces, el progreso, que era europeo, con las costumbres, que eran americanas? Pasada ya la edad juvenil, los más eminentes de aquella generación, Alberdi y Sarmiento, se aplicarían a pensar en los medios para constituir la nación. Es decir, los medios eficaces para producir otras costumbres, las que fueran no sólo compatibles sino favorables a los principios que, a juicio de estos intelectuales legisladores, se hallaban en la constelación originaria de la independencia del país: república, democracia, progreso. La acción de un caudillo, un hecho de la naturaleza americana, posibilitará después de Caseros que las ideas y los programas escritos comenzaran a ponerse en práctica. De ese proyecto de "una nación para el desierto argentino" -según el título de un célebre texto de Tulio Halperin Donghi- provino la constitución liberal que todavía nos rige, un segundo ciclo de población que alteró la Argentina criolla y la modernización económica y cultural del país.

La gran transformación verificada en el último tercio del siglo XIX hizo variar, no cancelar, la imagen de un hiato entre las dos esferas: la del lenguaje ideológico y las instituciones formales, por un lado, y la de los comportamientos, por el otro. A la hora del primer Centenario, el progreso económico aparecía como un hecho indudable, pero había insatisfacción en las élites ilustradas por la marcha de la vida política -en ella, se observaba, seguían imperando vicios del pasado-. La forma de gobierno era republicana, pero no lo eran las costumbres cívicas; se tenía república, pero ésta no era democrática. No había partidos de ideas, sino partidos personalistas, con sus jefes, séquitos y clientes. La excepción era el pequeño Partido Socialista. La reforma electoral propiciada por Sáenz Peña en 1912, con el propósito de superar estos vicios mediante el sufragio universal y obligatorio para democratizar la república, llevó al gobierno, cuatro años después, al radicalismo y a Yrigoyen. En la figura del líder radical y su mensaje redentor -la reparación del pueblo-nación contra el régimen usurpador-, sus adversarios percibieron la reaparición del viejo mal, el caudillismo con su acompañamiento plebeyo. La democratización electoral y el presidente que la simbolizaba desordenaron el antiguo juego político entre fracciones de la clase dirigente e hicieron surgir en la vida pública una hostilidad que se creía olvidada.

Para el líder radical, sus opositores no eran sino expresiones del viejo régimen que había agraviado a la república; para las fuerzas conservadoras y la mayor parte de la opinión ilustrada, la presidencia de Yrigoyen representaba la incompetencia, la demagogia y la interrupción de la tradición argentina de los gobiernos cultos. Las dudas sobre la madurez del pueblo para ejercer su soberanía no tardaron en volver e incluso se hicieron extensivas a la idea misma de la democracia electoral: ¿no se encontraba allí la raíz del mal? Algunos de los descontentos con las consecuencias del sufragio universal irán más allá. Como Leopoldo Lugones, quien sostendrá que el gobierno verdaderamente representativo, no según la letra de instituciones artificiales, sino según la realidad característica del temperamento nacional, era el gobierno fuerte, el de la dictadura. La reelección de Yrigoyen en 1928 movió a sus adversarios más aguerridos a buscar una espada salvadora, y en poco tiempo la convicción de que el golpe de Estado era la única alternativa para rescatar a la república se amplió a toda la oposición. Tuvimos el golpe, que abrió una larga crisis de legitimidad en el plano del sistema de gobierno.

El tema de la desconexión entre país legal y país real continuó. En los años treinta fue objeto de los nacionalistas, aunque no fueron los únicos en abordarlo. Pero no es necesario que sigamos reseñando ese proceso para volver sobre el presente y advertir que, pese a una marcha que fue incierta, agitada y por momentos violenta, aquellas nociones de la constelación originaria constituyen actualmente los criterios públicos en nombre de los cuales se juzga la aptitud de los gobiernos y el desempeño de los políticos. ¿Cuántos son los que dirían hoy que las nociones de democracia, progreso, república son referencias simbólicas inauténticas, ajenas a la índole de nuestro ser colectivo? No porque hoy ellas se correspondan con las costumbres políticas, sino porque estas costumbres no han engendrado un sistema de referencias ideales que pueda rivalizar con la legitimidad de aquéllas. Nuestra cultura política está hecha de hibridaciones y no podría describirse de acuerdo con los valores y las prescripciones institucionales, pero tampoco sin referencia a las nociones de ese lenguaje instituido.


Después de la tempestad

Por cierto, hay insatisfacción, incluso expresiones de rabia por la incompetencia, la irresponsabilidad o la venalidad de los representantes del pueblo. Todos recordamos aquellos días de furor, hacia fines del 2001 y los primeros meses del 2002, en que la Argentina parecía al borde de la fractura y gran parte de su población se hundía en la pobreza, cuando se pidió que se fueran todos. La idea de la crisis terminal era una de las más repetidas, aunque constituía una incógnita lo que sobrevendría después del final. No porque faltaran ideas para sacar a la Argentina de su decadencia y refundarla. Sobre todo en la imaginativa Buenos Aires, epicentro del voto "bronca" en 2001 y de las movilizaciones callejeras y las asambleas barriales. Como sabemos, cuando la tempestad cedió y se llegó a las urnas tras un sinuoso camino, concurrió a votar casi un 80 por ciento del cuerpo electoral.

La creencia en el "progreso argentino", que era una de las certidumbres en el momento del Centenario, se halla en crisis. Casi a diario leemos diagnósticos sobre nuestra decadencia prácticamente en casi todos los órdenes de la vida colectiva. Es cierto que la cuestión del país malogrado no es precisamente nueva, sino que ha alimentado nuestra literatura ensayística durante gran parte del siglo XX. La desazón por grandezas perdidas -o no logradas cuando estaban al alcance de la mano- ha sido tan recurrente como la creencia de que estamos condenados a la excelencia. Lo nuevo acaso sea que se ha perdido la jactancia, esa reputación nacional que sólo ha servido para alimentar los chistes sobre argentinos en todo el mundo. Ya no nos medimos con Europa o los Estados Unidos, como en el pasado: nuestros puntos de referencia para estimarnos se hallan hoy en América latina. No se ha renegado, sin embargo, del progreso como pauta del rendimiento colectivo o gubernamental, y hay más desenvoltura para definirse progresista que para declararse conservador. No es necesario creer que el progreso es una ley de la humanidad para sostener que es posible hacer progresos (en plural) y tener un país mejor.

De los fracasos y las caídas no hemos aprendido, sin embargo, la aptitud para la cooperación. La ley de la discordia, como la llamaba Joaquín V. González, ha caracterizado la vida pública nacional y la degradó demasiadas veces. Se dirá que la política no es equiparable a una conversación en que personas desinteresadas (o interesadas sólo en principios universales) intercambian ideas y frases, sino arena de acción, relaciones de poder y conflicto de intereses. Ninguna visión realista del mundo social podría ignorarlo. Tampoco se trata, sin embargo, de ennoblecer teóricamente la intolerancia y el viejo espíritu de facción. En las sociedades de regímenes democráticos no hay sólo diversidad de intereses, sino también pluralidad de puntos de vista respecto del bien común, cuya justicia sólo puede validarse en el espacio público. ¿Por qué no pensar que la reciprocidad de perspectivas diferentes puede enseñar a ver mejor las cosas, entre ellas, las convergencias? No es necesario renunciar a las convicciones para desarmar la hostilidad. Democracia y república podrían llevarse mejor.


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martes, 30 de noviembre de 2010

Bajo el signo de la discordia

En 1910, LA NACION celebró el Primer Centenario con un ensayo que hizo historia: El juicio del siglo , de Joaquín V. González. Para el Bicentenario, Natalio Botana retoma el espíritu de ese texto y asume el desafío de pensar los últimos cien años de la vida política argentina e imaginar lo que vendrá

Natalio R. Botana

Publicado en La Nación 23 de mayo de 2010


El 25 de mayo de 1910, Joaquín V. González publicó, en el suplemento que LA NACION dedicó al Centenario, un ensayo "crítico histórico" acerca del desenvolvimiento de la Argentina en su primera centuria. Escrito a la manera de Macaulay y Prévost-Paradol, El juicio del siglo pretendía extraer de nuestro pasado unas tendencias sociológicas que permitiesen comprender el porqué de "las llamas de las pasiones de cada época". Entre 1810 y 1910, en la Argentina se habían transformado la sociedad y la economía mientras que la política permanecía aferrada, según aquel polifacético hombre de Estado, jurista, historiador, sociólogo y educador, a un conjunto de problemas recurrentes.

El texto, una cruza fecunda de la experiencia con la especulación teórica, desplegó ante el lector tres tendencias que habían marcado con su sello nuestro pasado: "la ley de las discordias civiles"; la "representación tácita" que perturbaba el ejercicio de la representación política; por fin, la configuración que iban adoptando el Estado y la sociedad. Para J. V. González, estas tres tendencias cerraban en 1910 un ciclo histórico. Para quien esto escribe, estas constantes bien podrían proyectarse hacia el siglo siguiente, entre 1910 y 2010, para intentar acaso otra exploración sobre "las llamas de las pasiones" de nuestra circunstancia.

De entrada nomás, el argumento de El juicio del siglo nos confronta con un "elemento morboso" que, al compás de los "odios de facción", sembraba "la semilla del odio" y arrastraba a los argentinos hacia el "vértigo sangriento de las querellas fratricidas". J. V. González creía que el rol pacificador de la Constitución Nacional podía encauzar los combates hacia "armonías cada vez más estrechas e íntimas." Nada de esto ocurrió entre 1930 y 1983. En el momento en que él escribía este ensayo, la Argentina parecía encaminarse por el itinerario de la reforma política que condujo al radicalismo a la presidencia en 1916, pero veinte años más tarde, en 1930, un golpe de Estado hizo trizas ese proyecto y abrió curso, hasta 1983, a una larga crisis de legitimidad. El signo de la discordia fue la irrupción en la política del poder irrestricto de las armas, una fuerza ligada a sectores civiles que, de allí en más, mostraría un creciente potencial.

Sobre el fondo del golpe de Estado se destacaba en 1930 la crisis económica que había despuntado un año antes, pero al lado de ese factor es posible advertir en esta caducidad del temperamento reformista el ánimo belicoso con que la opinión pública, azuzada por algunos diarios, comenzó a dividir el campo, como en el siglo XIX, en facciones antagónicas. Esas dicotomías no sólo cobraron entidad en las filas del antiguo conservadurismo, sino también en las del radicalismo (donde las principales fueron las del yirigoyenismo y antiyrigoyenismo) y en el seno del socialismo, los partidos que, junto con la democracia progresista, deberían haber servido de guía para apuntalar esa primera transición a la democracia. La "pasión de partido" y las "querellas domésticas", lejos de calmarse con la puesta en práctica del sufragio universal masculino, secreto y obligatorio, se exacerbaron hasta deponer una trabajosa legalidad constitucional que, con sus imperfecciones, ya tenía casi setenta años de duración ininterrumpida y a la cual J. V. González había rendido un fiel servicio.

Una rutina basada en el engaño
El golpe de 1930 significó el regreso al poder de la dirigencia desplazada en 1916, junto con sectores adictos provenientes del radicalismo y del socialismo. J. V. González no asistió a ese súbito cambio. Había muerto en 1923 , a los sesenta años, y tal vez la placidez que emanaba de aquellos prósperos años en que gobernaba Marcelo T. de Alvear no auguraba la tormenta que se avecinaba. El régimen que resultó de aquella fractura amalgamó de nuevo, durante trece años, la praxis de la proscripción y del fraude electoral que nuestro autor tanto temía. El rigor aplicado a los partidos de oposición adormeció las creencias públicas que aceptaban tácitamente esa rutina basada en el engaño.Sobre esta escenografía, en 1943 cayó el telón de un nuevo golpe de Estado, cercano en su origen a las fórmulas autoritarias que, por aquel entonces, campeaban en Francia y en la Península ibérica.

Nadie supuso en aquel momento que, tres años después, el peronismo iba a poner en marcha la transformación más ambiciosa de la Argentina: transformación desde el vértice del poder en el marco de una débil legitimidad de las instituciones políticas. Se disparó así una generosa legislación social cuyo vacío previo había presentido J. V. González en 1904, cuando presentó un proyecto de Código del Trabajo que no gozó de apoyo parlamentario. El peronismo colmó ese vacío con un ambicioso plan movilizador. Se acentuaron los sentimientos de igualdad y la movilidad social, y entraron a tallar en el repertorio de las valoraciones colectivas los derechos sociales. Los efectos de estos cambios escindieron las libertades públicas, férreamente controladas desde el Estado, de los sentimientos de igualdad por fin adquiridos en anchas franjas de la población. En los términos de Tocqueville, lejano maestro de J. V. González a través de Prévost-Paradol, ese caudaloso movimiento dividió la democracia en bandos irreconciliables. Para sus adherentes, el peronismo era la afirmación de la democracia en tanto conciencia igualitaria de participación; para quienes lo enfrentaban, el peronismo era la negación de las libertades.

Estas dicotomías sembraron otra "la semilla del odio". Se generalizó el odio al compás del incremento del autoritarismo sobre las libertades públicas y de la violenta interrupción del proceso político y social del peronismo con el golpe de Estado de 1955. Entonces "los odios de facción" llegaron a los extremos del bombardeo, el incendio y los fusilamientos. Para quienes recordamos aquel invierno de 1955, la ciudad olía a pólvora y cenizas. Tan implacable fue el odio acumulado que tuvimos que soportar el pasaje de casi treinta años, entre proscripciones, nuevos golpes militares a los presidentes civiles y mayores dosis de violencia, para que esos bandos maltrechos reconociesen en 1983 que la democracia era una obra común.

La instauración de 1983 implicaba ensamblar un pluralismo político, por fin amplio y sin cortapisas, con el deber de justicia. En la década anterior, los trágicos años setenta, la dialéctica del odio descendió hacia el infierno de la sistemática eliminación física de quien era considerado enemigo. Este quiebre de los resortes básicos de la convivencia se revistió con la peor de las justificaciones. El odio recíproco se vistió con ideologías de exterminio y la política se confundió con la guerra. Jamás en el siglo XX la política llegó a semejante nivel de indignidad, como si hubiesen estallado con estrépito los depósitos del encono abastecidos durante tantos años.

Ficciones electorales
1983 fue entonces un año decisivo a partir del cual tuvimos que superar la rémora de un sistema viciado de representación política. J. V. González lo calificó con el concepto de "representación tácita", aludiendo a la "ficción" electoral que montaban los "filibusteros" de la política. El reverso de este juego engañoso para desnaturalizar la sinceridad del sufragio fue la "centralización" del poder de la república en los presidentes y gobernadores de las provincias.

La dialéctica entre representación tácita y centralización no amainó en el siglo XX. J. V. González entreveía en esta tendencia una tradición "ejecutiva" negadora del registro propio de un "gobierno popular". En 1910, una parte de la dirigencia confiaba en que una reforma electoral podría al fin clausurar aquella tramoya y renovar la obsolescencia de un federalismo en el cual las provincias eran meras "estipendiarias del poder central".

La Argentina del Centenario había establecido por fin un Estado y consolidado sus límites territoriales. Hasta había perfeccionado su política exterior, a tono con las ideas de Alberdi, de acuerdo con "la ley suprema de la solidaridad internacional" (un principio que las ideologías nacionalistas, precursoras de la guerra de Malvinas, después desmentirían de plano), pero en cuanto a la política interna "el furor del mando" incrustado en el Poder Ejecutivo impondría más tarde una férula sólo doblegada parcialmente en las últimas décadas de democracia.

El desenvolvimiento de la reforma electoral hasta 1930, si bien alentó un ejercicio más abierto de la libertad política, reforzó la centralización en el Poder Ejecutivo mediante la aplicación continua de la intervención federal a las provincias. Este método fue acentuado por los gobiernos del radicalismo para desplazar a las oposiciones aún tributarias del antiguo orden conservador, o para dirimir conflictos en las filas oficiales. Luego del golpe de 1930, la ficción del sistema de "representación tácita" reapareció con nuevos bríos. Aunque el fraude fue su principal agente, el objetivo de los gobiernos en los años treinta fue el de invertir el sentido del control republicano. En lugar de que la oposición, con pleno acceso a las posibilidades de la alternancia, controlase al Gobierno, este debía, al contrario, controlar a las oposiciones asegurando su propia sucesión.

Esta matriz del control político se reprodujo en el curso del ciclo popular que comenzó en 1946. El peronismo dejó atrás la esclerosis que previamente había sufrido la participación ciudadana. Se amplió el padrón electoral, las mujeres obtuvieron el derecho al sufragio en 1947, las urnas rebosaron de votos. En cuanto al origen del poder, el peronismo tuvo pues una robusta legitimidad; en cuanto a su ejercicio, el vínculo entre el electorado y sus representantes se fusionó en el episodio más personalista del siglo XX, superior al yrigoyenismo pues el presidente disponía del resorte de la reelección inmediata e ilimitada estipulada por la reforma constitucional de 1949. El peronismo centralizó la conducción de los asuntos del Estado al paso que, gracias al control de las libertades de prensa y de reunión, impedía que las oposiciones se expresaran libremente, antes y después de la celebración de comicios regidos por sistemas electorales poco equitativos.

El personalismo, la imagen y realidad de un líder sobresaliente identificado con el pueblo reforzó en nuestra política "la tradición ejecutiva"; y lo que antes evocaba una trama oligárquica entre facciones rivales se transformó en un régimen donde la participación popular brotaba resueltamente. La soberanía del pueblo se desembarazó así de los límites republicanos y del condimento pluralista de la representación política. Esto lo entendió Juan D. Perón cuando regresó del exilio, asumió por tercera vez la presidencia en 1973, se desembarazó de las corrientes guerrilleras que antes había alentado y, sobre la base de una experiencia de odio y represiones, pactó acuerdos con la oposición.

No tuvo tiempo para ello. Más allá de su desaparición física y de una sucesión matrimonial partera del terrorismo de Estado, en la Argentina las raíces de la violencia crecían con fuerza. Una raíz se encontraba en el régimen de "representación tácita" que se impuso en el país a partir de 1955 y en "el furor del mando" que, en grados diferentes, encarnaron sendos capítulos de autoritarismo militar. La otra raíz estaba en las acciones tributarias de una nueva épica revolucionaria, con epicentro en Cuba, también dotadas de un "furor del mando" dispuesto a conquistar el poder a punta de fusil.

Tales fueron los legados de la democracia inaugurada en 1983. No fue sencillo y no lo es todavía. La "representación tácita" carece del arraigo de antaño. Reconcentrada en algunas provincias e intendencias, donde los gobernantes reproducen el ejercicio hegemónico del poder, el pluralismo de partidos que debería contrarrestar esta tendencia sigue siendo frágil. Esta situación se verifica no tanto porque las libertades públicas se hayan suprimido (todo lo contrario), sino por el hecho de que la tradición "ejecutiva" prosigue segando las reservas de autonomía de la sociedad civil. Con rastros del furor de antaño, los partidos gobernantes están recreando lo que J. V. González constataba como la "corrupción persistente de la práctica política". El unitarismo fiscal, que ha trastocado los principios del federalismo, es uno de los principales responsables de este estado de cosas, así como la transferencia de un amplio poder de decisión al Presidente por parte del electorado y del Congreso.

Los excluidos
¿Qué decir entre tanto de la sociedad? En El juicio del siglo la sociedad estaba expuesta a una asombrosa mutación. Más que un dato conservador de lo existente, la sociedad era un proyecto guiado por la inmigración y "la acción educativa de la democracia". Tal el horizonte, puesto que "todo el problema, el más hondo, el más primordial de los problemas, después de sancionada la Constitución, era comenzar por la enseñanza, la transformación del pasado para adoptarlo a las nuevas formas de vida".

Inspirado en estos propósitos, el Estado que proponía poner en forma J. V. González era una empresa educadora dotada de los atributos suficientes para soldar una triple escisión: la que existía entre los valores heroicos y guerreros del pasado y los mucho más pacíficos del presente; la que resultaba del inagotable caudal de inmigrantes que "permanecía ajeno a la esfera pública", y la que obedecía a la configuración de un Estado que, al concentrar la población en el área metropolitana, debilitaba a las provincias del interior.

En el primer caso, un relato proclive a resaltar la superioridad racial surge de estas páginas. Es una imagen que subraya las concepciones predominantes en las élites de hace un siglo. La sociedad del pasado estaba en efecto condenada a desaparecer, a medida que "los componentes degenerativos o inadaptables, como el indio y el negro" iban cediendo ante el influjo de la población blanca proveniente de las corrientes inmigratorias. No obstante, esa masa de recién llegados no se incorporaba a la vida política y, para colmo, tenía un costado perverso, fruto de la "irrupción informe y turbia de todo género de ideas, utopías y credos filosóficos".

Este choque se produjo con estrépito en el siglo XX. En contra de lo que pensaba J. V. González, el pasado regresó al compás de las grandes migraciones internas, semejantes por su dinamismo a la externas, que produjeron en las ciudades europeizadas por la inmigración desconcierto y rechazo. El "cabecita negra" reemplazó en el imaginario al inmigrante peligroso. Y mientras el impacto poblacional de la inmigración fue cerrando su parábola, integrándose en la sociedad civil y luego en la política, los sectores bajos de origen mestizo de la provincias tradicionales, cuyo ascenso alentaba J. V. González, permanecieron mucho más distantes, cuando no excluidos, de aquel proceso. A la vuelta de un siglo, la exclusión social se mide hoy también por el color de piel. Esta injusta situación en los años del Bicentenario habría desconcertado al optimismo de J. V. González. Fiel discípulo de John Stuart Mill, en cuanto a compartir la visión generosa que se cifra en un sistema educativo con "orientación utilitaria de la enseñanza" científica, técnica e innovadora, él apostaba con confianza por esa empresa dadora de capacidad ciudadana y apetito de progreso a una sociedad en formación.

El paso de las décadas fue mostrando los logros de aquel esfuerzo educativo y de un desarrollo científico que apuntaba al reconocimiento internacional con la obtención de tres premios Nobel en ciencias. Al mismo tiempo, la intolerancia de los regímenes autoritarios y la astenia fiscal del Estado durante el siglo XX, con su secuela de crisis, defaults e ineptitud en el diseño y aplicación de las leyes impositivas, fue dejando atrás aquel designio de mejorar con la educación pública la vida en común de poblaciones bien distribuidas a lo largo de nuestra geografía.

A la postre, esa deseable disposición de los recursos humanos, adaptada a los requerimientos del régimen federal, soportó en el siglo XX el peso desmesurado de la centralización urbana. J. V. González había percibido ese riesgo al advertir, en el tamaño desproporcionado de Buenos Aires, una "ciudad-estado" que no tenía parangón en el resto del país: un gigante demográfico, en efecto, absorbente e invertebrado. La ciudad de Buenos Aires fue en el siglo XX uno de los emblemas de la inmigración; el otro fue Rosario, con clases medias y movilidad social, mientras que las inmensas barriadas del Gran Buenos Aires, hoy con más de nueve millones de habitantes, sin servicios básicos ni acceso a la vivienda, representaban (lo hacen todavía de manera lacerante) la otra cara de las migraciones, aquella que llegaba desde el interior y ahora también desde varios países limítrofes.

Así se fueron extendiendo las luces y las sombras de las aglomeraciones urbanas. Dadas estas incógnitas, J. V. González confiaba en el gradualismo de la legislación social (un punto de partida que le fue negado, como hemos visto, en 1904) y en la promesa que yacía latente en el futuro desarrollo de las nuevas tierras del sur, en la vasta Patagonia. En los hechos, la legislación social se impuso en la Argentina con escaso gradualismo y, cuando llegó hasta el punto de su plena maduración, los derechos sociales se marchitaron porque el régimen fiscal que debía sostenerlos se derrumbó ante el vendaval de las crisis económicas. En la actualidad, el empleo resguardado por la legislación social y un poderoso sindicalismo sobrevive al lado de otra clase de empleo que carece de esas protecciones tan recomendadas en El juicio del siglo junto con la libertad sindical (hoy no reconocida en los hechos, aunque sí por la Corte Suprema de Justicia).

¿Qué quedaba en pie entonces del programa de colonizar por medio del trabajo la frontera del sur? J. V. González venía del norte, de La Rioja, de aquellos espacios de la vieja Argentina, el contorno de Mis montañas . El sur abría pues una oportunidad siempre que en aquellos territorios no se reprodujera la estructura rentística de los "latifundia". Paradojas de la historia: al paso de un siglo, la Patagonia se modificó, emporio de producción energética y de turismo. Mucho menos cambiaron los estilos de hacer política que, curiosamente, se reencontraron con las tradiciones del norte. Desde La Rioja a Santa Cruz, los hijos de inmigrantes reclamaron con éxito su condición ciudadana y ascendieron a las más altas responsabilidades, pero no dejaron de lado la matriz hegemónica, reeleccionista y personalista de la antigua política. La descripción de esta mezcla entre lo viejo y lo nuevo, entre herencias del pasado e innovaciones del presente, en una Argentina que inicia en el siglo XXI su tercera trayectoria, recupera una de la intenciones teóricas de El juicio del siglo : cambios y continuidades en un mismo fresco histórico para marcar nuestra futura carta de navegación.

En este escenario de procesos políticos, movilizaciones sociales ambiciosas y retrocesos no menos contundentes, la ética reformista que esbozó J. V. González quizás señale un camino, no para repetir servilmente lo que dijo sino para recuperar un espíritu atento a la combinación de los valores de libertad, justicia e igualdad. La defensa de la civitas democrática en este planeta globalizado, su recreación y asiento en las creencias públicas es ahora tan actual como en 1910. Además, la humanidad ha padecido en el siglo XX un pavoroso conjunto de consecuencias impredecibles. ¿Quién hubiese imaginado en 1910, con las creencias exultantes acerca del porvenir típicas de aquella época, que un lustro más tarde el mundo estaría envuelto en un exterminio en masa que aumentaría sin cesar? Son lecciones a no echar en saco roto. Porque la historia no está predeterminada de antemano, ahora sabemos que nuestro país no está inevitablemente arrojado al éxito ni tampoco condenado al fracaso. Estos itinerarios dependen de nosotros, de la libertad ciudadana que tanto padeció a lo largo del siglo XX. Razón de más, como sugería J. V. González, para retemplar el ánimo "bajo el amplio escudo republicano".



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Botana: "Bajo el signo de la discordia"



En 1910, durante el Primer Centenario, en el diario La Nación (Buenos Aires) fue publicado un ensayo que hizo historia: "El juicio del siglo", de Joaquín V. González. Para el Bicentenario, Natalio Botana retoma el espíritu de ese texto y asume el desafío de pensar los últimos cien años de la vida política argentina e imaginar lo que vendrá

Natalio R. Botana

Publicado en La Nación, 23 de mayo de 2010

El 25 de mayo de 1910, Joaquín V. González publicó, en el suplemento que LA NACION dedicó al Centenario, un ensayo "crítico histórico" acerca del desenvolvimiento de la Argentina en su primera centuria. Escrito a la manera de Macaulay y Prévost-Paradol, El juicio del siglo pretendía extraer de nuestro pasado unas tendencias sociológicas que permitiesen comprender el porqué de "las llamas de las pasiones de cada época". Entre 1810 y 1910, en la Argentina se habían transformado la sociedad y la economía mientras que la política permanecía aferrada, según aquel polifacético hombre de Estado, jurista, historiador, sociólogo y educador, a un conjunto de problemas recurrentes.

El texto, una cruza fecunda de la experiencia con la especulación teórica, desplegó ante el lector tres tendencias que habían marcado con su sello nuestro pasado: "la ley de las discordias civiles"; la "representación tácita" que perturbaba el ejercicio de la representación política; por fin, la configuración que iban adoptando el Estado y la sociedad. Para J. V. González, estas tres tendencias cerraban en 1910 un ciclo histórico. Para quien esto escribe, estas constantes bien podrían proyectarse hacia el siglo siguiente, entre 1910 y 2010, para intentar acaso otra exploración sobre "las llamas de las pasiones" de nuestra circunstancia.

De entrada nomás, el argumento de El juicio del siglo nos confronta con un "elemento morboso" que, al compás de los "odios de facción", sembraba "la semilla del odio" y arrastraba a los argentinos hacia el "vértigo sangriento de las querellas fratricidas". J. V. González creía que el rol pacificador de la Constitución Nacional podía encauzar los combates hacia "armonías cada vez más estrechas e íntimas." Nada de esto ocurrió entre 1930 y 1983. En el momento en que él escribía este ensayo, la Argentina parecía encaminarse por el itinerario de la reforma política que condujo al radicalismo a la presidencia en 1916, pero veinte años más tarde, en 1930, un golpe de Estado hizo trizas ese proyecto y abrió curso, hasta 1983, a una larga crisis de legitimidad. El signo de la discordia fue la irrupción en la política del poder irrestricto de las armas, una fuerza ligada a sectores civiles que, de allí en más, mostraría un creciente potencial.

Sobre el fondo del golpe de Estado se destacaba en 1930 la crisis económica que había despuntado un año antes, pero al lado de ese factor es posible advertir en esta caducidad del temperamento reformista el ánimo belicoso con que la opinión pública, azuzada por algunos diarios, comenzó a dividir el campo, como en el siglo XIX, en facciones antagónicas. Esas dicotomías no sólo cobraron entidad en las filas del antiguo conservadurismo, sino también en las del radicalismo (donde las principales fueron las del yirigoyenismo y antiyrigoyenismo) y en el seno del socialismo, los partidos que, junto con la democracia progresista, deberían haber servido de guía para apuntalar esa primera transición a la democracia. La "pasión de partido" y las "querellas domésticas", lejos de calmarse con la puesta en práctica del sufragio universal masculino, secreto y obligatorio, se exacerbaron hasta deponer una trabajosa legalidad constitucional que, con sus imperfecciones, ya tenía casi setenta años de duración ininterrumpida y a la cual J. V. González había rendido un fiel servicio.

Una rutina basada en el engaño

El golpe de 1930 significó el regreso al poder de la dirigencia desplazada en 1916, junto con sectores adictos provenientes del radicalismo y del socialismo. J. V. González no asistió a ese súbito cambio. Había muerto en 1923 , a los sesenta años, y tal vez la placidez que emanaba de aquellos prósperos años en que gobernaba Marcelo T. de Alvear no auguraba la tormenta que se avecinaba. El régimen que resultó de aquella fractura amalgamó de nuevo, durante trece años, la praxis de la proscripción y del fraude electoral que nuestro autor tanto temía. El rigor aplicado a los partidos de oposición adormeció las creencias públicas que aceptaban tácitamente esa rutina basada en el engaño.Sobre esta escenografía, en 1943 cayó el telón de un nuevo golpe de Estado, cercano en su origen a las fórmulas autoritarias que, por aquel entonces, campeaban en Francia y en la Península ibérica.

Nadie supuso en aquel momento que, tres años después, el peronismo iba a poner en marcha la transformación más ambiciosa de la Argentina: transformación desde el vértice del poder en el marco de una débil legitimidad de las instituciones políticas. Se disparó así una generosa legislación social cuyo vacío previo había presentido J. V. González en 1904, cuando presentó un proyecto de Código del Trabajo que no gozó de apoyo parlamentario. El peronismo colmó ese vacío con un ambicioso plan movilizador. Se acentuaron los sentimientos de igualdad y la movilidad social, y entraron a tallar en el repertorio de las valoraciones colectivas los derechos sociales. Los efectos de estos cambios escindieron las libertades públicas, férreamente controladas desde el Estado, de los sentimientos de igualdad por fin adquiridos en anchas franjas de la población. En los términos de Tocqueville, lejano maestro de J. V. González a través de Prévost-Paradol, ese caudaloso movimiento dividió la democracia en bandos irreconciliables. Para sus adherentes, el peronismo era la afirmación de la democracia en tanto conciencia igualitaria de participación; para quienes lo enfrentaban, el peronismo era la negación de las libertades.

Estas dicotomías sembraron otra "la semilla del odio". Se generalizó el odio al compás del incremento del autoritarismo sobre las libertades públicas y de la violenta interrupción del proceso político y social del peronismo con el golpe de Estado de 1955. Entonces "los odios de facción" llegaron a los extremos del bombardeo, el incendio y los fusilamientos. Para quienes recordamos aquel invierno de 1955, la ciudad olía a pólvora y cenizas. Tan implacable fue el odio acumulado que tuvimos que soportar el pasaje de casi treinta años, entre proscripciones, nuevos golpes militares a los presidentes civiles y mayores dosis de violencia, para que esos bandos maltrechos reconociesen en 1983 que la democracia era una obra común.

La instauración de 1983 implicaba ensamblar un pluralismo político, por fin amplio y sin cortapisas, con el deber de justicia. En la década anterior, los trágicos años setenta, la dialéctica del odio descendió hacia el infierno de la sistemática eliminación física de quien era considerado enemigo. Este quiebre de los resortes básicos de la convivencia se revistió con la peor de las justificaciones. El odio recíproco se vistió con ideologías de exterminio y la política se confundió con la guerra. Jamás en el siglo XX la política llegó a semejante nivel de indignidad, como si hubiesen estallado con estrépito los depósitos del encono abastecidos durante tantos años.

Ficciones electorales

1983 fue entonces un año decisivo a partir del cual tuvimos que superar la rémora de un sistema viciado de representación política. J. V. González lo calificó con el concepto de "representación tácita", aludiendo a la "ficción" electoral que montaban los "filibusteros" de la política. El reverso de este juego engañoso para desnaturalizar la sinceridad del sufragio fue la "centralización" del poder de la república en los presidentes y gobernadores de las provincias.

La dialéctica entre representación tácita y centralización no amainó en el siglo XX. J. V. González entreveía en esta tendencia una tradición "ejecutiva" negadora del registro propio de un "gobierno popular". En 1910, una parte de la dirigencia confiaba en que una reforma electoral podría al fin clausurar aquella tramoya y renovar la obsolescencia de un federalismo en el cual las provincias eran meras "estipendiarias del poder central".

La Argentina del Centenario había establecido por fin un Estado y consolidado sus límites territoriales. Hasta había perfeccionado su política exterior, a tono con las ideas de Alberdi, de acuerdo con "la ley suprema de la solidaridad internacional" (un principio que las ideologías nacionalistas, precursoras de la guerra de Malvinas, después desmentirían de plano), pero en cuanto a la política interna "el furor del mando" incrustado en el Poder Ejecutivo impondría más tarde una férula sólo doblegada parcialmente en las últimas décadas de democracia.

El desenvolvimiento de la reforma electoral hasta 1930, si bien alentó un ejercicio más abierto de la libertad política, reforzó la centralización en el Poder Ejecutivo mediante la aplicación continua de la intervención federal a las provincias. Este método fue acentuado por los gobiernos del radicalismo para desplazar a las oposiciones aún tributarias del antiguo orden conservador, o para dirimir conflictos en las filas oficiales. Luego del golpe de 1930, la ficción del sistema de "representación tácita" reapareció con nuevos bríos. Aunque el fraude fue su principal agente, el objetivo de los gobiernos en los años treinta fue el de invertir el sentido del control republicano. En lugar de que la oposición, con pleno acceso a las posibilidades de la alternancia, controlase al Gobierno, este debía, al contrario, controlar a las oposiciones asegurando su propia sucesión.

Esta matriz del control político se reprodujo en el curso del ciclo popular que comenzó en 1946. El peronismo dejó atrás la esclerosis que previamente había sufrido la participación ciudadana. Se amplió el padrón electoral, las mujeres obtuvieron el derecho al sufragio en 1947, las urnas rebosaron de votos. En cuanto al origen del poder, el peronismo tuvo pues una robusta legitimidad; en cuanto a su ejercicio, el vínculo entre el electorado y sus representantes se fusionó en el episodio más personalista del siglo XX, superior al yrigoyenismo pues el presidente disponía del resorte de la reelección inmediata e ilimitada estipulada por la reforma constitucional de 1949. El peronismo centralizó la conducción de los asuntos del Estado al paso que, gracias al control de las libertades de prensa y de reunión, impedía que las oposiciones se expresaran libremente, antes y después de la celebración de comicios regidos por sistemas electorales poco equitativos.

El personalismo, la imagen y realidad de un líder sobresaliente identificado con el pueblo reforzó en nuestra política "la tradición ejecutiva"; y lo que antes evocaba una trama oligárquica entre facciones rivales se transformó en un régimen donde la participación popular brotaba resueltamente. La soberanía del pueblo se desembarazó así de los límites republicanos y del condimento pluralista de la representación política. Esto lo entendió Juan D. Perón cuando regresó del exilio, asumió por tercera vez la presidencia en 1973, se desembarazó de las corrientes guerrilleras que antes había alentado y, sobre la base de una experiencia de odio y represiones, pactó acuerdos con la oposición.

No tuvo tiempo para ello. Más allá de su desaparición física y de una sucesión matrimonial partera del terrorismo de Estado, en la Argentina las raíces de la violencia crecían con fuerza. Una raíz se encontraba en el régimen de "representación tácita" que se impuso en el país a partir de 1955 y en "el furor del mando" que, en grados diferentes, encarnaron sendos capítulos de autoritarismo militar. La otra raíz estaba en las acciones tributarias de una nueva épica revolucionaria, con epicentro en Cuba, también dotadas de un "furor del mando" dispuesto a conquistar el poder a punta de fusil.

Tales fueron los legados de la democracia inaugurada en 1983. No fue sencillo y no lo es todavía. La "representación tácita" carece del arraigo de antaño. Reconcentrada en algunas provincias e intendencias, donde los gobernantes reproducen el ejercicio hegemónico del poder, el pluralismo de partidos que debería contrarrestar esta tendencia sigue siendo frágil. Esta situación se verifica no tanto porque las libertades públicas se hayan suprimido (todo lo contrario), sino por el hecho de que la tradición "ejecutiva" prosigue segando las reservas de autonomía de la sociedad civil. Con rastros del furor de antaño, los partidos gobernantes están recreando lo que J. V. González constataba como la "corrupción persistente de la práctica política". El unitarismo fiscal, que ha trastocado los principios del federalismo, es uno de los principales responsables de este estado de cosas, así como la transferencia de un amplio poder de decisión al Presidente por parte del electorado y del Congreso.

Los excluidos

¿Qué decir entre tanto de la sociedad? En El juicio del siglo la sociedad estaba expuesta a una asombrosa mutación. Más que un dato conservador de lo existente, la sociedad era un proyecto guiado por la inmigración y "la acción educativa de la democracia". Tal el horizonte, puesto que "todo el problema, el más hondo, el más primordial de los problemas, después de sancionada la Constitución, era comenzar por la enseñanza, la transformación del pasado para adoptarlo a las nuevas formas de vida".

Inspirado en estos propósitos, el Estado que proponía poner en forma J. V. González era una empresa educadora dotada de los atributos suficientes para soldar una triple escisión: la que existía entre los valores heroicos y guerreros del pasado y los mucho más pacíficos del presente; la que resultaba del inagotable caudal de inmigrantes que "permanecía ajeno a la esfera pública", y la que obedecía a la configuración de un Estado que, al concentrar la población en el área metropolitana, debilitaba a las provincias del interior.

En el primer caso, un relato proclive a resaltar la superioridad racial surge de estas páginas. Es una imagen que subraya las concepciones predominantes en las élites de hace un siglo. La sociedad del pasado estaba en efecto condenada a desaparecer, a medida que "los componentes degenerativos o inadaptables, como el indio y el negro" iban cediendo ante el influjo de la población blanca proveniente de las corrientes inmigratorias. No obstante, esa masa de recién llegados no se incorporaba a la vida política y, para colmo, tenía un costado perverso, fruto de la "irrupción informe y turbia de todo género de ideas, utopías y credos filosóficos".

Este choque se produjo con estrépito en el siglo XX. En contra de lo que pensaba J. V. González, el pasado regresó al compás de las grandes migraciones internas, semejantes por su dinamismo a la externas, que produjeron en las ciudades europeizadas por la inmigración desconcierto y rechazo. El "cabecita negra" reemplazó en el imaginario al inmigrante peligroso. Y mientras el impacto poblacional de la inmigración fue cerrando su parábola, integrándose en la sociedad civil y luego en la política, los sectores bajos de origen mestizo de la provincias tradicionales, cuyo ascenso alentaba J. V. González, permanecieron mucho más distantes, cuando no excluidos, de aquel proceso. A la vuelta de un siglo, la exclusión social se mide hoy también por el color de piel. Esta injusta situación en los años del Bicentenario habría desconcertado al optimismo de J. V. González. Fiel discípulo de John Stuart Mill, en cuanto a compartir la visión generosa que se cifra en un sistema educativo con "orientación utilitaria de la enseñanza" científica, técnica e innovadora, él apostaba con confianza por esa empresa dadora de capacidad ciudadana y apetito de progreso a una sociedad en formación.

El paso de las décadas fue mostrando los logros de aquel esfuerzo educativo y de un desarrollo científico que apuntaba al reconocimiento internacional con la obtención de tres premios Nobel en ciencias. Al mismo tiempo, la intolerancia de los regímenes autoritarios y la astenia fiscal del Estado durante el siglo XX, con su secuela de crisis, defaults e ineptitud en el diseño y aplicación de las leyes impositivas, fue dejando atrás aquel designio de mejorar con la educación pública la vida en común de poblaciones bien distribuidas a lo largo de nuestra geografía.

A la postre, esa deseable disposición de los recursos humanos, adaptada a los requerimientos del régimen federal, soportó en el siglo XX el peso desmesurado de la centralización urbana. J. V. González había percibido ese riesgo al advertir, en el tamaño desproporcionado de Buenos Aires, una "ciudad-estado" que no tenía parangón en el resto del país: un gigante demográfico, en efecto, absorbente e invertebrado. La ciudad de Buenos Aires fue en el siglo XX uno de los emblemas de la inmigración; el otro fue Rosario, con clases medias y movilidad social, mientras que las inmensas barriadas del Gran Buenos Aires, hoy con más de nueve millones de habitantes, sin servicios básicos ni acceso a la vivienda, representaban (lo hacen todavía de manera lacerante) la otra cara de las migraciones, aquella que llegaba desde el interior y ahora también desde varios países limítrofes.

Así se fueron extendiendo las luces y las sombras de las aglomeraciones urbanas. Dadas estas incógnitas, J. V. González confiaba en el gradualismo de la legislación social (un punto de partida que le fue negado, como hemos visto, en 1904) y en la promesa que yacía latente en el futuro desarrollo de las nuevas tierras del sur, en la vasta Patagonia. En los hechos, la legislación social se impuso en la Argentina con escaso gradualismo y, cuando llegó hasta el punto de su plena maduración, los derechos sociales se marchitaron porque el régimen fiscal que debía sostenerlos se derrumbó ante el vendaval de las crisis económicas. En la actualidad, el empleo resguardado por la legislación social y un poderoso sindicalismo sobrevive al lado de otra clase de empleo que carece de esas protecciones tan recomendadas en El juicio del siglo junto con la libertad sindical (hoy no reconocida en los hechos, aunque sí por la Corte Suprema de Justicia).

¿Qué quedaba en pie entonces del programa de colonizar por medio del trabajo la frontera del sur? J. V. González venía del norte, de La Rioja, de aquellos espacios de la vieja Argentina, el contorno de Mis montañas . El sur abría pues una oportunidad siempre que en aquellos territorios no se reprodujera la estructura rentística de los "latifundia". Paradojas de la historia: al paso de un siglo, la Patagonia se modificó, emporio de producción energética y de turismo. Mucho menos cambiaron los estilos de hacer política que, curiosamente, se reencontraron con las tradiciones del norte. Desde La Rioja a Santa Cruz, los hijos de inmigrantes reclamaron con éxito su condición ciudadana y ascendieron a las más altas responsabilidades, pero no dejaron de lado la matriz hegemónica, reeleccionista y personalista de la antigua política. La descripción de esta mezcla entre lo viejo y lo nuevo, entre herencias del pasado e innovaciones del presente, en una Argentina que inicia en el siglo XXI su tercera trayectoria, recupera una de la intenciones teóricas de El juicio del siglo : cambios y continuidades en un mismo fresco histórico para marcar nuestra futura carta de navegación.

En este escenario de procesos políticos, movilizaciones sociales ambiciosas y retrocesos no menos contundentes, la ética reformista que esbozó J. V. González quizás señale un camino, no para repetir servilmente lo que dijo sino para recuperar un espíritu atento a la combinación de los valores de libertad, justicia e igualdad. La defensa de la civitas democrática en este planeta globalizado, su recreación y asiento en las creencias públicas es ahora tan actual como en 1910. Además, la humanidad ha padecido en el siglo XX un pavoroso conjunto de consecuencias impredecibles. ¿Quién hubiese imaginado en 1910, con las creencias exultantes acerca del porvenir típicas de aquella época, que un lustro más tarde el mundo estaría envuelto en un exterminio en masa que aumentaría sin cesar? Son lecciones a no echar en saco roto. Porque la historia no está predeterminada de antemano, ahora sabemos que nuestro país no está inevitablemente arrojado al éxito ni tampoco condenado al fracaso. Estos itinerarios dependen de nosotros, de la libertad ciudadana que tanto padeció a lo largo del siglo XX. Razón de más, como sugería J. V. González, para retemplar el ánimo "bajo el amplio escudo republicano".


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lunes, 18 de octubre de 2010

"Tocados por la manía de la independencia"


Por Miguel Ángel De MarcoPara LA NACION
Domingo 23 de mayo de 2010

El 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se enfrentó a los veteranos mamelucos franceses frente al Palacio Real y en sus proximidades, y les provocó contundentes pérdidas. Las mujeres usaron sus tijeras y los hombres sus navajas. El pueblo se alzaba contra el rey José I, impuesto por el invasor, mientras Fernando VII, tras abandonar cobardemente su patria para ponerse en manos de Napoleón, gozaba de un cómodo exilio en Valencais. Esa misma tarde, en las cercanías de la capital, un manifiesto escrito por otras manos pero firmado por los alcaldes de Móstoles llamaba a la resistencia a los españoles. Las tropas del emperador, al mando de Joaquín Murat, quebraron la resistencia de los oficiales del Cuartel de la Montaña y fusilaron a centenares de vecinos en la Moncloa. Si faltaran documentos escritos, bastarían los dramáticos lienzos de Goya para reflejar aquellos cruciales momentos.

Toda España se levantó contra el extranjero y, para armar la resistencia, constituyó un sistema de juntas provinciales y locales, unificadas, si esa expresión puede resultar valedera para el indomeñable localismo peninsular, por un órgano central. Mientras militares y pueblo enfrentaban a las tropas más disciplinadas de su tiempo y les infligían la derrota de Bailén, las noticias de lo ocurrido llegaban en lentos veleros a los distintos puntos del imperio, y despertaban el dormido anhelo de independencia de los americanos. Como diría Cornelio Saavedra en los días de mayo de 1810, "la breva estaba madura".

Los criollos y no pocos españoles del Nuevo Mundo querían sacudirse el yugo de los borbones que aplicaban un insufrible sistema centralista que repercutía en casi todos los actos de la vida pública y privada de los habitantes. Tal efervescencia había sido advertida por ministros lúcidos, como el célebre conde de Aranda, que a fines del siglo XVIII pretendió crear especies de reinos autónomos ligados a la metrópoli pero atentos a las conveniencias de respectivas realidades locales.Los reyes y sus favoritos ajustaron una y otra vez el incómodo yugo.

Si bien las personas letradas conocían y apreciaban a los autores del Siglo de las Luces y estaban al tanto de los fundamentos de la revolución de las colonias norteamericanas de 1776, como de los sucesos de la Francia republicana que destronó a Luis XVIII, la mayoría tenía motivos más concretos y cotidianos para el descontento. El absolutismo borbónico dejaba poco espacio a sus deseos de participar en el gobierno y en la vida económica.

En 1806,una expedición militar británica, cuyo objeto era abrir nuevos mercados para los excedentes de la Revolución Industrial y coadyuvar a los propósitos independentistas de los americanos residentes en Inglaterra encabezados por Miranda, fue expulsada por el pueblo de Buenos Aires tras pocos meses de dominio; un segundo intento, luego de hacer pie en Montevideo, resultó frustrado por los recién formados cuerpos de milicias de criollos y españoles. El vigor y entusiasmo de los vecinos en armas advirtió a éstos de su propia fuerza. Fueron los nuevos jefes, oficiales y soldados, que hasta hacía poco habían sido empleados, comerciantes, dependientes y peones rurales, quienes desalojaron del poder al virrey español Sobre Monte y pusieron en su lugar al héroe de la Reconquista, Santiago de Liniers.

Objetivos revolucionarios

Destronado Fernando VII y alzada España contra el invasor francés, casi todo el Imperio español quiso la independencia, y adoptó el sistema de juntas como paso intermedio para alcanzar ese objetivo.

A pocos días de producirse los sucesos que culminaron con el establecimiento del primer gobierno patrio, el comandante del Apostadero Naval de Montevideo, José María de Salazar, que como muchos otros altos funcionarios españoles no se engañó sobre los verdaderos objetivos de los revolucionarios, advirtió a sus superiores metropolitanos: "Todo está dislocado, el mal es muy grande y los remedios deben ser prontos y activos. No hay un cuerpo que no esté contagiado, y corrompidas sus costumbres religiosas y morales". E insistía: "Milicia, clero secular y regular, cabildos eclesiásticos y seculares, todos lo están más o menos y todos están también tocados de la manía de la independencia, y creyendo ver en ella todas sus felicidades, hasta el sexo femenil participa de esta locura. La maldita filosofía moderna, el trato con una multitud de extranjeros introducidos en estos países en estos últimos tiempos: ingleses, americanos, portugueses, y peores que éstos, franceses, italianos y genoveses [sic], esta es la verdadera peste de estos dominios que si no se extermina acabará de perderlos".
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jueves, 16 de septiembre de 2010

Bicentenario: mujeres que hicieron la historia

La presencia femenina tuvo un lugar destacado en los sucesos de Mayo y el papel de la mujer en la sociedad cambió drásticamente después de la Revolución, cuando se contemplaron sus derechos a la educación y a la cultura, pero también el derecho a elegir libremente en cuestiones de amor

María Saenz Quesada
Para LA NACION
Domingo 23 de mayo de 2010


El pensamiento de la Ilustración que en el siglo XVIII desafió la continuidad del Antiguo Régimen cuestionó la visión tradicional de la mujer. En coincidencia con estas ideas, un sector de avanzada de la Francia revolucionaria propuso -sin éxito- que se consultara a las mujeres acerca de las leyes que las concernían directamente. También se reclamó que la educación femenina fuera responsabilidad del Estado. Estos dos enfoques se difundieron a través de libros y periódicos.

En el virreinato del Río de la Plata, las primeras publicaciones de los criollos criticaron la costumbre de arreglar los casamientos entre familias sin darle lugar al amor, muy valorado por las nuevas tendencias del romanticismo. Por su parte, Manuel Belgrano recomendó vivamente que se educara a las mujeres, algo que constituía también una forma de reconocer a su madre, Josefa González Casero, sostén del hogar y entusiasta de la buena educación.

La defensa del derecho de las mujeres al amor, a la educación y la cultura, y fundamentalmente a una vida propia, tuvo una representante genuina en Mariquita Sánchez (1786-1868). Su lugar en la historia suele limitarse al de anfitriona de un salón refinado en el que se dieron cita las personalidades de la política, la ciencia y la cultura y en el que se habría cantado el Himno Nacional por primera vez. Pero más allá de esto, ella se convirtió en símbolo de la modernidad porque recurrió a la ley para defender su derecho a elegir marido contra la voluntad de sus padres.

Ese rol protagónico en la revolución de las costumbres la impulsó a participar más tarde en la conspiración de Mayo de 1810, junto con su esposo, Martín Jacobo Thompson. No se conocen datos concretos sobre su actuación, peroa algunas cartas suyas indican que estaba al tanto de los riesgos que se corrían, que temió por sus seres queridos y que apoyó desde un principio el cambio político.

Esta patriota de 1810 y su grupo de amigas del patriciado porteño se plantearon el tema de cuál sería el lugar de la mujer en la sociedad después de la Revolución. Según puede leerse en El Grito del Sud , pronto entendieron que el gobierno no había tomado ninguna medida dirigida a mejorar su educación: a "las madres, las esposas, las hijas, hermanas y compatricias de los americanos no les han debido hasta ahora un solo rasgo de atención y de liberalidad, no han podido conseguir que den una sola ojeada compasiva hacia ese sexo degradado inmemorialmente y que forma la más dulce mitad de su especie".

Las esperaba un largo camino. Por lo pronto, tuvieron que bregar ante el Primer Triunvirato para que Angelita Castelli no fuera castigada por haberse casado con el capitán Igarzábal sin el consentimiento paterno. En efecto, Juan José Castelli, el ultrarrevolucionario tribuno de Mayo, estaba enemistado con su futuro yerno porque éste era saavedrista y por lo tanto presunto adversario. Esta clase de dificultades fueron frecuentes en las luchas facciosas desatadas por la Revolución.

Amar en esos tiempos revueltos significaba para la mayoría la larga espera del marido ausente. Otras arriesgaban su reputación y su comodidad por estar junto al hombre amado. Fue el caso de María Josefa Ezcurra de Ezcurra, casada con un primo muy rico quien debido a su simpatía por la causa realista se marchó del país; ella aprovechó la ausencia y se jugó abiertamente por su amado Manuel Belgrano a quien acompañó a Tucumán. Tuvieron un hijo, Pedro Rosas y Belgrano.

Amazonas, indígenas y mestizas
El escenario de la guerra en las provincias norteñas, donde los ejércitos patriotas y realistas avanzaron y retrocedieron durante quince años, representó otro desafío para las mujeres. En Salta unas fueron realistas y otras patriotas. Atrapada en este dilema, Magdalena (Macacha) Güemes desobedeció a su marido (realista) y sirvió a la causa patriota que encabezaba su hermano Martín Miguel. El historiador Roberto G. Vitry aporta numerosos ejemplos de otras mujeres patriotas entre los que se destaca el de Martina Silva de Gurruchaga, quien formó a su costa un destacamento de soldados y mereció el reconocimiento de Belgrano.

Hubo casos excepcionales de guerreras, como la emblemática Juana Azurduy, teniente coronel del ejército de las Provincias Unidas. Esta rica propietaria en la provincia altoperuana de Charcas, y su marido, Manuel Ascensio Padilla, lideraron la "Guerra de las Republiquetas". A su lado lucharon "amazonas" indígenas y mestizas. Por otra parte, en la "guerra gaucha" abundaron las "bomberas", que aprovecharon su condición femenina para llevar informaciones en papeles que ellas no estaban en condiciones de leer porque eran analfabetas.

Fuera de los ejemplos sobresalientes, el grueso de las mujeres que acompañó a los ejércitos lo hizo de manera informal ("mamitas", "vivanderas"). Su símbolo histórico son las "Niñas de Ayohuma", lavanderas morenas, venidas de Buenos Aires. Aunque las crónicas de guerra apenas mencionen a esas mujeres humildes, su compañía resultaba imprescindible en fuerzas militares improvisadas sin servicios adecuados de sanidad y abastecimiento. No se las admitió en cambio en los ejércitos profesionales como el que formó San Martín en Cuyo. "No me entiendo con mujeres sino con soldados sujetos a la disciplina militar", decía el Libertador.

Todas estas historias no difieren sustancialmente de otros relatos de la independencia latinoamericana. La diferencia radica en la Argentina en el énfasis que los gobiernos patrios, pasado el momento inicial, pusieron en educar a las mujeres. A ese respecto la administración de Bernardino Rivadavia es un ejemplo: fundó en 1821 la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires con la misión de abrir escuelas de niñas en todos los barrios porteños y en las poblaciones de campaña. Sarmiento, como Jefe del Departamento de Escuelas del Estado de Buenos Aires (1855), recibió esa herencia y se aplicó a modernizarla y nacionalizarla. Esta fue la base sobre la que después se construiría el sólido edificio de la educación pública argentina, verdadera epopeya cívica protagonizada por las mujeres maestras.


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miércoles, 18 de agosto de 2010

"En 1810 no existía la idea de nacionalidad"


José Carlos Chiaramonte analiza las complejidades de la gesta revolucionaria y reflexiona sobre las preguntas que todavía despierta.
Pablo Mendelevich
Para LA NACION
23 de mayo de 2010


Cuando se memorizan -en pantalón corto- la tabla del dos, los verbos regulares, los nombres de las provincias y la Revolución de Mayo, uno supone que lo fundamental ya lo sabe. Sólo a la salida de la adolescencia el argentino medio descubre que las preguntas sobre la Revolución de Mayo sobrevivirán a todas sus certezas. Más tarde o más temprano, ¿quién no desconfía del cliché de French y Beruti y los paraguas, de la deposición del virrey Cisneros y del concepto glamoroso de la gesta revolucionaria por toda explicación de las complejidades de aquel 1810, año tan mentado, al cabo, como recóndito?

Resulta que el mito de la revolución fundante de nuestra historia como nación no tiene pleno aval académico. Asunto importante como pocos en un bicentenario, que no es otra cosa que una conmemoración de dos siglos apoyados en aquel hito, cuando comenzó todo. ¿Comenzó todo?

José Carlos Chiaramonte, director del Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani", es uno de los más importantes estudiosos de los orígenes de la nación argentina. Muchos de sus trabajos abordan esa cuestión. En síntesis, Chiaramonte se refiere al siglo XIX como de "fabricación" de naciones sobre la base de reinos, imperios, ciudades-repúblicas o confederaciones. Pero, aclara, la palabra nación no estaba asociada entonces a la idea de Estado independiente.

-¿Por qué usted ha sostenido que no hay nacionalidad preexistente hacia 1810?

-La historia de la formación de las naciones, no sólo la argentina, ha sido deformada por un enfoque ideológico que se suele llamar principio de las nacionalidades, que se difundió con el romanticismo. De acuerdo con esto, los estados nacionales existen como proyección de una nacionalidad preexistente. Los historiadores, tanto europeos como norteamericanos, han demostrado que esto no corresponde a la realidad de ninguna de las grandes naciones que hay en el mundo. Le digo más, en 1810 no existía siquiera el concepto de nacionalidad. En las primeras ediciones del diccionario de la Real Academia Española, del siglo XVIII, nacionalidad era una palabra que indicaba pertenencia a un Estado, nada más.
-¿Y el concepto de argentino?

-El desplome de la monarquía española origina un vacío de poder. En Hispanoamérica, en las principales ciudades surge un tipo de gobierno llamado juntas, que se proponen, justamente, ocupar ese vacío. El pueblo de Buenos Aires actúa como una de las tantas soberanías que surgen al caer la monarquía. La palabra argentinos era sinónimo de porteños. No de los nativos, porque las castas no cabían en esa denominación. Un español también era argentino mientras viviera en Buenos Aires.

-¿No había un sentimiento antiespañol?

-Había una disconformidad bastante grande, pero salvo una minoría que tenía intenciones de independencia, lo que la mayoría buscaba era cierto grado de autonomía política sin abandonar la pertenencia a la monarquía hispana. Es el estallido de la reacción española lo que va radicalizando la postura hasta llegar a la Independencia de 1816.

-¿En la cabeza de quiénes estaba esa idea cuando se produce la Revolución de Mayo?

-De muy poca gente. Pero de esto no hay pruebas fehacientes. La monarquía castellana había sucumbido ante Napoleón, pero nadie sabía qué iba a pasar: si Napoleón iba a ser el triunfador final, si iba a desaparecer, si los monarcas Fernando VII o Carlos IV iban o no a volver al trono. El panorama era muy incierto. Sacar al virrey era entonces algo transitorio, a la espera de saber qué pasaba en la corona. Era una medida imprescindible a juicio tanto de criollos como de españoles para constituir un gobierno local que, sin abandonar la monarquía, diera satisfacción a las pretensiones de tipo económico y político. La Primera Junta de Gobierno no es la Primera Junta de la nación que no existía sino una reunión de diputados que no eran como los actuales, "de la Nación", sino apoderados o procuradores de las entidades soberanas que los habían elegido, las ciudades. La ciudad fue la primera forma de soberanía independiente en toda Hispanoamérica.
-¿Diría que fue una revolución porteña?

-No, fue un movimiento iniciado por los porteños que, posteriormente, lograron la adhesión de una parte de los hombres del interior. Ese apoyo se resiente sobre todo cuando, a partir de la dictadura del Primer Triunvirato, la política de los hombres que están en Buenos Aires se hace hiriente para muchos pueblos del interior.

-Pero en Córdoba, la Revolución provoca una especie de contrarrevolución, ¿no?

-Sí, hay reacciones adversas tanto de quienes temen provocar la reacción española como de los que temen al poderío de Buenos Aires. Este es un fenómeno que se repite de Buenos Aires a México. El temor a lo que en palabras de la época se llamaba la Antigua Capital del Reino tiende a imponer sus criterios políticos al resto del territorio, los pueblos del interior, que resisten y temen esta supremacía.

-¿Usted coincide con la visión clásica que dice que el principal enfrentamiento ideológico era entre Saavedra y Moreno?

-No sé si el principal, pero sí existía ese fuerte enfrentamiento a partir de un estilo político realmente revolucionario. Aunque no sabemos qué hubiera sido Moreno si no hubiera desaparecido tan rápido. Un morenista como Monteagudo, diez años después, está de vuelta de las fantasías de 1810.

-¿Moreno sí era independientista?

-En los escritos de él están las dos versiones. En La Gaceta uno puede encontrar invocaciones de la autoridad de Fernando VII y párrafos que indican que posiblemente esas invocaciones eran como lo que se ha llamado "la máscara fernandista". Pero en muchos de los que invocaban la máscara de Fernando VII no se trataba de una máscara sino de una postura política real.

-¿Por qué razón en los Estados Unidos, con un territorio similar al del virreinato del Río de la Plata, se pudo constituir una nación y acá se desmembró en cuatro países?

-En Estados Unidos se formó primero una confederación y muy pocos años después se inauguró una nueva forma de Estado, el Estado federal. Es decir que se logró conciliar la pretensión de autonomía gobernada de cada Estado. Mientras que en el Río de la Plata se demonizó el concepto de confederación y los conflictos que esto originó duraron cuarenta años.

-¿Por qué en algunos textos, como el del Himno originario, figura el gentilicio argentino?

-Porque para hombres de Buenos Aires, aun en 1810, todo el territorio rioplatense era argentino en la medida en que dependía de Buenos Aires, no así para los del interior. Hay un trabajo mío que evalúa los artículos del Telégrafo Mercantil , el primer periódico rioplatense, donde la palabra argentinos es usada por algunos colaboradores porteños pero nunca por uno del interior. En 1831 en Corrientes, que era la más opositora a Buenos Aires, Pedro Ferré, el gobernador, acepta llamarse argentino. Pero esto sucede en la cúspide del liderazgo político. El pueblo argentino no va a existir hasta 1853.

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